Yo te amo, yo tampoco

 


Abjurar de Scioli se vuelve un acto superfluo en el contraste con la defensa que se hace de Boudou. El peronismo nunca entendió por qué Cristina convirtió en vicepresidente a quien consideran un arribista.
“Je t’aime… moi non plus ”, que se traduce como “yo te amo… yo tampoco”, es el paradójico título de la canción que Serge Gainsbourg grabó en 1969, contando su amor tan íntimamente no correspondido por Brigitte Bardot. Pero también podría ser la frase que define la extraña relación política de Daniel Scioli y Cristina Fernández. “Yo te amo”, le susurra permanentemente el gobernador a la Presidenta; “yo tampoco”, le responde ella una y otra vez.

La diferencia de Scioli con Gainsbourg (quien tituló su tema inspirado en la frase de Salvador Dalí: “Picasso es comunista, yo tampoco”) es que el autor de aquel tema que escandalizó por su sensualidad voluptuosa estaba perdidamente enamorado de su amante, por entonces casada con el magnate y play boy Günter Sachs. En cambio, el motonauta peronista simula un amor menos creíble que el desprecio con que lo trata el kirchnerismo.

Scioli ama falsamente a quien lo desprecia verdaderamente. Y, con caricias y mordiscos, llevan una década bailando la obscena danza de un aborrecimiento íntimo.

No se equivoca Carta Abierta en su descripción del gobernador bonaerense. Así como tiene el gusto artístico más cerca de Pimpinela que de Fito Páez, al criterio político lo tiene más cerca de Carlos Menem y Carlos Ruckauf que de Néstor y Cristina.

Tampoco se equivoca el grupo que se pronuncia desde la Biblioteca Nacional al considerar que estaría más cómodo ideológicamente junto a Sergio Massa. Lo que no dicen esos pronunciamientos epistolares es por qué Néstor Kirchner, el líder al que mitifican, puso siempre a Scioli en las candidaturas más importantes.

El gran beneficiado en las listas kirchneristas ha sido, precisamente, ese menemista mal camuflado, que habla como si leyera folletos turísticos o frases hechas que suenan como elogios al empleado del mes.

Lo planteó con agudeza el periodista Carlos Pagni, pero no tuvo respuesta.

Si Daniel Scioli es lo que Carta Abierta dice que es, entonces desde qué ética política actuó Kirchner al convertirlo, primero, en su vicepresidente y, después, en el gobernador más poderoso del país por encabezar la provincia más populosa, rica y gravitante.

Con qué ética ideológica se abrazó Kirchner a las candidaturas testimoniales de Massa y de Scioli, en aquella elección legislativa de 2009.

No hay una tercera posibilidad: si Scioli es lo que Carta Abierta dice que es, entonces el “nestornauta” era un falsificador ideológico, un adulterador político que cometía “malversación electoral”.

Mitos en derrumbe

Abjurar de Scioli se vuelve un acto superfluo en el contraste con la defensa que se hace de Amado Boudou. El peronismo nunca entendió por qué Cristina convirtió en vicepresidente a quien muchos consideran un arribista. Y más allá del aparato de propaganda que lo victimiza como perseguido por haber acabado con las administradoras de fondos de jubilaciones y pensiones (AFJP), nadie cree que la citación a indagatoria que le hizo el juez Ariel Lijo sea parte de una conspiración opositora.

Lo único que se le puede cuestionar al magistrado de la causa Ciccone es que anunciara su sísmica decisión el día después del acuerdo con el Club de París. La buena noticia económica duró poco en los titulares, porque por primera vez un vicepresidente quedó judicialmente sospechado de corrupción.

No obstante, lo acordado con el Club de París también pone en evidencia contradicciones del discurso oficialista. Una década anunciando la erradicación del ajuste y del endeudamiento, para terminar ajustando y endeudando.

La Presidenta es una experta en explicaciones sofisticadas que disfrazan de triunfos los reveses, pero suena como habría sonado el emperador japonés Hirohito describiendo de manera triunfal el acuerdo que su enviado firmó en 1945, sobre la cubierta del acorazado Missouri: la capitulación.

Este parece un tiempo desmitificador. Quizá pronto se desmorone el mito de que fue Kirchner quien, a partir de 2003, revirtió en ascenso la caída de la economía. También fue un artículo de Carlos Pagni, minuciosamente rico en datos y precisiones, el que señaló eso tan evidente que el discurso y la propaganda habían logrado ocultar: al derrumbe económico lo revirtió en robusto crecimiento la presidencia interina de Eduardo Duhalde.

No fue Kirchner sino su antecesor quien inició la escalada, con la devaluación que hizo Remes Lenicov y encauzó Roberto Lavagna. Precisamente por eso, el apoyo de Duhalde y el anuncio de que Lavagna continuaría al frente de la economía fueron las cartas que convirtieron a Kirchner en presidente.

La oposición se acuerda bien de esa historia, pero no le gusta recordarla en público por una razón mezquina: no quiere reconocer ningún mérito al peronista que fabricó las victorias de Menem y de Kirchner.

La historia de Duhalde tiene muchos capítulos negros, desde la intendencia de Lomas de Zamora hasta la forma con que trepó a la cima del poder. Pero la verdad es que fue esa efímera gestión la que inició el crecimiento, afianzado luego a fuerza de consumismo febril y precios siderales de la soja.

En la guerra por las retenciones, donde el Gobierno empezó a apartarse del camino de los superávits gemelos, Kirchner puso a Scioli sobre un escenario beligerante. Por entonces, nadie lo acusaba de ser un menemista mal camuflado.

Fue bastante después cuando empezó la danza obscena en la que el gobernador dice “yo te amo” y el kirchnerismo le responde “yo tampoco”.

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