Violencia política en aumento

Llevaba sólo un año en el gobierno y empezaba a hablar como si lo estuvieran atacando. Hasta entonces, la escuálida minoría que tenía en el Congreso no complicaba su gestión, porque las otras fuerzas apoyaban el grueso de sus iniciativas.

Sin embargo, en el discurso de Néstor Kirchner se describía como un gobernante decidido a enfrentar a supuestos poderes que lo atacaban valiéndose de la clase política y de los medios de comunicación.

Sonaba raro porque, hasta el momento, lo que aquel presidente tenía era, en términos generales, un considerable acompañamiento. Pero Kirchner hablaba como un líder acorralado y dispuesto a dar batalla. “Dicen que soy un pingüino”, repetía, como si se refiriera a un insulto. En rigor, ni era un insulto ni se lo decía nadie. La imagen del pingüino fue creada y difundida por el aparato de propaganda en ciernes.

El hecho es que aquella recurrente descripción de una confrontación que no estaba ocurriendo hizo que en estas columnas quien escribe se preguntara: “Si el kirchnerismo se victimiza y es agresivo cuando nadie lo acosa y le va bien, ¿cuán agresivo será si de verdad está acosado y las cosas le van mal?”.

La beligerancia empezó a alcanzar extremos delirantes al producirse los primeros choques reales contra su voluntad: propició la asfixia económica de Uruguay cuando Tabaré Vázquez lo enfrentó por la papelera Botnia. Y equiparó las cosechadoras de las protestas rurales con los falcones verdes de la dictadura.

Lo que hacía Kirchner era de manual. Las recetas para los liderazgos demagógicos que, siguiendo al pensador alemán Carl Schmitt y a sus posteriores recicladores de izquierda y derecha, construyen poder sobre la división de la sociedad y la confrontación entre las partes enfrentadas.

Ese método de construcción se exacerbó tras la “guerra” de las retenciones. Y alcanzó el paroxismo en la presidencia de Cristina Fernández.

El aparato de propaganda ya funcionaba a la perfección y estaba abocado a dos objetivos: el culto personalista del matrimonio y la demonización de sus adversarios y críticos, denostando además a la parte de la sociedad que siente rechazo por los liderazgos personalistas, la política escenificada, el discurso maniqueo y el ejercicio del adoctrinamiento.

Agresiones

Como todavía el país estaba bendecido por los excedentes que dejaban los excepcionales precios internacionales de los productos primarios y la oposición sólo mostraba negligencia y fragmentación, la pregunta seguía siendo la misma: si el kirchnerismo es agresivo con tanto viento a favor, ¿cómo sería esa agresividad si la realidad se le volviera en contra?

El odio visceral inoculado en “la grieta” por el aparato de propaganda y los dispositivos periodísticos montados en canales estatales y paraestatales de todo el país, manejados por comisarios políticos, ya habían provocado un odio equivalente en la vereda opuesta al kirchnerismo. Y en este tiempo, la vieja pregunta comienza a tener respuesta: la violencia política.

Mientras se suceden agresiones físicas contra periodistas, Cristina, esta vez acorralada de verdad, ensaya la emulación de gestas épicas, como si fueran equivalentes. Organiza un “17 de octubre” para el caso de que fuera detenida, cuando aquella gesta peronista de 1945 fue muy distinta. A Juan Domingo Perón lo habían encarcelado por cuestiones políticas, no por corrupción, y la masiva protesta fue espontánea y totalmente obrera.

Por otra parte, favorece a Cristina que su primer juicio sea por un caso tan discutible, en términos jurídicos, como el del dólar futuro. Su carta será intentar un efecto como el que tuvo Fidel Castro cuando se defendió a sí mismo en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada.

En aquel proceso de 1953, el abogado y líder rebelde expuso de manera brillante un argumento en el que denunciaba el autoritarismo y la corrupción del régimen contra el cual se levantó en armas. En el final de su alegato, pidió al tribunal que no lo absolviera porque a él lo absolvería la historia.

Cristina se inspirará en aquella histórica alocución, pero la diferencia es oceánica. Castro de verdad se había levantado en armas contra una dictadura brutal y corrupta –la de Fulgencio Batista–, mientras que los problemas más graves de Cristina con la Justicia son por la corrupción que explicaría el inconcebible crecimiento de la fortuna familiar.

Fuente: www.lavoz.com.ar

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