Una dirigencia que ha fracasado

Grande o pequeño, el de Argentina es un Estado ausente. Una burocracia inútil.De repente, cuando nadie esperaba oír de su boca nada que brillara por la franqueza o por la lucidez, Eduardo Duhalde dijo algo inmensamente cierto: “Soy parte de una dirigencia de mierda, que ha fracasado”.

Del autor de “un país condenado al éxito” y “el que depositó dólares recibirá dólares”, ahora llega lo más cercano a la verdad que haya dicho en su vida.

Es probable que lo haya dicho porque la política lo dejó “al lado del camino, fumando el humo mientras todo pasa”. Si aún tuviera peso, pudiera influir y manejar los hilos, es posible que se hubiera callado. O que, como sus colegas dirigentes, siguiera hablando con clichés, como si de verdad quisiera “ayudar a la gente” o construir justicia y prosperidad social.

Aunque con las excepciones que confirman la regla, este exintendente, exgobernador, exlegislador nacional, exvicepresidente y expresidente forma parte de una dirigencia que “ha fracasado” porque busca el poder como un fin en sí mismo y lo usa para preservarlo y para construir más poder.

Una dirigencia que maneja con impúdica arbitrariedad su porción de poder, sea cual fuere, usando los fondos públicos para la autopromoción, para el enriquecimiento propio o para acrecentar su órbita de influencia.

En síntesis, una dirigencia que, como las demás decadentes dirigencias argentinas (gremial, profesional, empresarial, religiosa, etcétera), refleja la escasa conciencia y exigencia de la sociedad que se somete a su arbitrariedad y a su medianía.

Demócrito dijo que prefería “entender una causa antes que ser el rey de Persia”. En la política argentina, no hay Demócritos sino reyezuelos persas.

Estirpe en extinción

En el mismo puñado de días en los que Duhalde filosofaba con infrecuente honestidad, un país lejano y diminuto recibía a estadistas de todo el mundo para despedir a un político.

La historia de Shimon Peres es la de esa clase de líderes que escriben la Historia. Y la suya es la historia de Israel. Llegó con la inmigración askenazí de fines del siglo 19 y principios del 20; trabajó en un kibutz, la incubadora socialista en la que se gestó Israel. Integró la Haganá, organización que luchó por la creación del Estado judío; militó en el Mapai, movimiento izquierdista que se transformó en el Partido Laborista, y, liderado por David Ben Gurion, fundó el país en 1948.

Cumplió roles en todas las guerras y en casi todos los gobiernos. Fue primer ministro, presidente y el canciller que diseñó la negociación secreta en Oslo para avanzar hacia la creación de un Estado palestino.

Su historia tiene páginas oscuras y capítulos inconclusos, como el del Estado palestino, bloqueado por el gobierno extremista de Benjamin Netanyahu. Pero es, en definitiva, la historia de su país, porque Shimon Peres perteneció a una estirpe en extinción. En todo el mundo, es reemplazada por demagogos populistas y dirigencias formateadas en el marketing .

El mismísimo Israel –que produjo líderes de la estatura de David Ben-Gurion, Golda Meir, Menajem Beguin, Yitzhak Rabin y el propio Peres– lleva tiempo en manos de “halcones” como Benjamin Netanyahu y Avigdor Lieberman.

No obstante, si aún existe y tiene tanto vigor es porque tuvo grandes estadistas. En cambio, a la Argentina le faltó dirigencia de esa estirpe y le sobró la de los demagogos y la de los formateados en el marketing .

Pero lo imprescindible es entender que, como dice la escritora española Rosa Montero, la clase dirigente no es un injerto sino un exudado de la sociedad.

Con contadas excepciones, el país fue fértil pariendo dirigencias mediocres y arbitrarias. Los que se sienten nacionalistas de izquierda posan de superioridad moral, pero se arrodillan en los altares de líderes megalómanos, autoritarios y corruptos.

Los que se sienten de centroderecha consumen discursos insustanciales. Y los que siguen los “valores” del radicalismo y el peronismo llevan tiempo siguiendo espejismos.

¿El resultado? Un país invadido y carcomido por el narcotráfico; con violencia social y delincuencial, además de niveles siderales de pobreza después de un período excedentario inéditamente largo debido a los altos precios de las commodities .

Grande o pequeño, el de Argentina es un Estado ausente. Una burocracia inútil.

¿Qué otras cosas puede tener una sociedad que acepta la ineptitud, la corrupción y la arbitrariedad dirigencial?

Fuente: La voz del interior

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