Un silencio que se escucha

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Las visitas de un Papa a un centro de homeless y un presidio en Estados Unidos, pueden leerse desde la vocación cristiana de acompañamiento a los marginados de todo tipo; pero también puede leerse como un gesto crítico hacia el sistema que produce tales secreciones sociales.

Sobre todo si el Papa en cuestión es el autor de Laudato si, la encíclica que critica de manera directa y aguda al capitalismo.

Por cierto, el anticapitalismo es un rasgo de la Iglesia cuya doctrina social inspiró el peronismo juvenil de Jorge Bergoglio. La pregunta es si sus encuentros con los marginados del sistema económico que tiene a Estados Unidos como principal emblema y bastión, no debieron estar precedidos por encuentros con los marginados del sistema político cubano: los disidentes. Así como el sistema económico norteamericano deja gente afuera de la prosperidad que genera, el régimen de partido único produce exclusión política. El papa Francisco no hizo mal en reunirse con los excluidos del capitalismo. Pero esa reunión resaltó el encuentro que no tuvo en Cuba y que habían gestionado infructuosamente a través de la Iglesia cubana numerosas organizaciones disidentes.

También los marginados del régimen de partido único tenían el derecho de ser escuchados por el Sumo Pontífice. La explicación que dio en el avión que lo trasladó a Washington, diciendo a los periodistas que lo acompañan en la gira que la visita a Cuba no contemplaba audiencias con ninguna representación sectorial de la sociedad, impone necesariamente otra pregunta: ¿por qué en EE.UU. hubo encuentros con sectores que visibilizan el lado oscuro del sistema, si ese tipo de encuentros no habían ocurrido en Cuba? Quizá, la respuesta de Francisco a la pregunta que le repitieron en el avión que lo llevó desde un sistema al otro, es que el acercamiento de la Iglesia y Cuba, iniciado por Wojtila a fines de los noventa, implicó la primera apertura del régimen castrista, que fue en lo religioso, pero fue posible por un acuerdo entre aquel Papa y Fidel: habría más libertad religiosa y más protagonismo de la Iglesia local, si esta y el Vaticano se abstenían de pronunciarse sobre la política en la isla.

Fidel cumplió su parte del acuerdo y también lo hicieron Juan Pablo II y sus dos sucesores. El problema del actual pontífice es que el cumplimiento tiene un precio si, a renglón seguido, se visita EE.UU. y se muestra que allí no rigen restricciones a sus actos y sus pronunciamientos.

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