Tiempos violentos

Cristina mantiene un discurso sobreideologizado. Y Macri lo enfrenta con un discurso vaporoso y superfluo.

Este es un tiempo de “tibios vomitados por Dios”. La Norteamérica de Donald Trump muestra que la violencia que irradia el discurso se vuelve acción violenta en la sociedad. También lo empieza a evidenciar el Brasil del fenómeno Jair Bolsonaro.

Reduciendo a una simplificación algunas claves de su filosofía política, Edmund Burke explicó que “lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada”. A veces, el maniqueísmo puede ser un antídoto eficaz contra el maniqueísmo.

Quizá no había “buenos” en la elección que empoderó a Trump ni en el proceso electoral brasileño. Pero seguramente había “menos peores”. El problema es que este tiempo favorece a “los peores”. El discurso irresponsable y violento vence a la palabra equilibrada.

En el caso de Argentina, esa palabra fue eclipsada por el discurso insustancial del macrismo y por el discurso ideologizado del kirchnerismo. Ambos, hasta aquí, han resultado mutuamente funcionales. Pero el éxito de Bolsonaro con un mensaje violento está excitando a varios que creen vislumbrar el camino electoral hacia la presidencia. Personajes grotescos convencidos de que la fórmula contra el abolicionismo delirante es la mano dura libre de ataduras legales empiezan a brotar y convocan como compañeros de fórmula a otros portadores de mensajes violentos.
También comienzan a hacer cálculos electorales economistas de análisis lúcido pero con retórica de altísima agresividad.

En los mercados electorales, lo que cotiza es la violencia verbal. Descalificar rinde dividendos políticos. Insultar rinde aun más. Si tanto la televisión pasatista como la periodística amasan rating poniendo gente a pelearse a gritos, ¿por qué no amasar votos insultando y descalificando?

La violencia verbal y la ideológica son redituables hoy. John Carlin habla de “calentamiento político global”. El proceso que describe el escritor londinense está calcinando valores como tolerancia, pluralismo y diversidad. Las urnas quedan a la sombra de energúmenos que, con gestos y con palabras, irradian desprecio por “el otro”.

Excitados por fenómenos como Bolsonaro y Trump, hacen cálculos electorales los impresentables y los portadores de discursos violentos, porque los vientos globales soplan en ese sentido y porque el juego de mutua funcionalidad entre macrismo y kirchnerismo puede no ser, como creen muchos, la compuerta que les cierre el paso, sino la grieta por donde ingrese la opción antisistema.

Lo que está claro es que Mauricio Macri fracasó en su política económica y da un volantazo de dudoso resultado en la recta final de su mandato, mientras Cristina Fernández, además de corrupción a gran escala, representa una insustentable distribución de renta (no de riqueza) que al bajar la marea de la soja prolongó su agonía pagando con descapitalización.

Como puede deducirse de un interesante análisis de Jorge Fontevecchia, el fracaso de Macri puede medirse en el endeudamiento que contrajo porque nunca llegaron las inversiones que había anunciado; deuda que, además, no sirvió para reducir el déficit, la inflación y la pobreza. A su vez, la falacia económica del kirchnerismo puede medirse en la descapitalización que produjo, por caso, en la extracción y distribución de hidrocarburos cuando ya no hubo una renta excedentaria extraordinaria para distribuir.

A eso se suma la pobreza discursiva de ambos. Cristina mantiene un discurso sobreideologizado que parece inspirado en viejos manuales de adoctrinamiento. Y Macri lo enfrenta con un discurso vaporoso y superfluo, que parece inspirado en libros de autoayuda. En eso acertó Graciela Camaño.

La violencia fuera y dentro del Congreso tiene que ver con el recargado discurso kirchnerista y, posiblemente, con necesidades incendiarias de Cristina. Pero también con las pavorosas incapacidades y las insoportables levedades del gobierno de Macri.

Aporta a esta violencia la Iglesia Católica lavando con agua bendita las manchas de corrupción en personajes turbios como Hugo Moyano y su hijo Pablo; sindicalistas de altísima agresividad que también creen ver una puerta entreabierta para llegar al poder y ya cuentan con el apoyo de iglesias evangélicas (el líder camionero es evangélico), que ahora buscan reforzar con la bendición del Papa.

Muchos tomaron con humor la desopilante ceremonia en la que Gildo Insfrán se hizo bendecir por pastores exaltados que clamaban a Dios que siguiera dando “el poder” al gobernador formoseño. El ultra-conservadurismo religioso latinoamericano, que tiene a grupos católicos y a iglesias evangélicas como cabeza de lanza, es retrógrado y oscuro, pero hay que tomarlo en serio.

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