Te amo, te odio, dame más…

Cuando el filósofo oficialista José Pablo Feinmann dijo que “Cristina quiere apropiarse de Francisco”, no la estaba criticando: la estaba describiendo.

Lo curioso es que no lo dijo en un cenáculo oficialista, sino en la televisión; para colmo, en un canal que el kirchnerismo considera “enemigo”. Ergo, proclamó que los gestos de la Presidenta no reflejan lo que piensa y siente sobre el pontífice, sino lo que calcula conveniente para su poder.

Por cierto, en los escenarios políticos, lo hipócrita es asustarse de la hipocresía. En este caso, lo que debe asustar es la proclamación de la duplicidad como método legítimo; el elogio público de la falsedad.

Aunque seguramente no es eso lo que quizo el autor de La sombra de Heidegger , el simple acto de describir lo que debería cuestionarse pone en evidencia que, ante una oposición monumentalmente inepta, hasta es posible ostentar hipocresía sin pagar precios políticos. Al contrario, Cristina obtendrá réditos de estar con y contra el Papa al mismo tiempo.

¿Por qué el doble juego y, sobre todo, la necesidad de revelarlo haciendo pública la voluntad de apropiación? Porque una mayoría (en especial, en las clases bajas) la votará por la foto en la que se la ve regalándole al Papa un mate en el Vaticano, mientras su núcleo duro de clase media la seguirá apoyando por entender que la verdadera mirada cristinista es la que expresan el periodista Horacio Vertbisky y el escritor Horacio González.

En el kirchnerismo, algunos quedaron acusando a Bergoglio de cosas horribles, mientras otros parecían volverse más papistas que el Papa, incluida la Presidenta. Por eso, oposición y periodismo crítico se apresuraron a sentenciar que la asunción de Francisco produjo lo que ningún otro acontecimiento había producido: la división del kirch­nerismo.

Ni siquiera la tragedia de Once dividió al oficialismo, pese a mostrar la dimensión criminal de la corrupción. ¿Pudo la designación 
de un papa argentino dividir lo indivisible?

En rigor, el kirchnerismo no se dividió ante el advenimiento de Francisco, sino que algunos siguieron de largo, arrastrados por 
la fuerza inercial, cuando Cristina dio un abrupto y copernicano giro sin dar explica­ciones.

Verbitsky y González quedaron en la minoría ilustrada que persistió en el re­pudio, mientras Hebe de Bonafini 
y muchos otros acompañaron el ­viraje de la Presidenta, cuya pri­mera reacción había evidenciado el profundo malestar que le causaba el encumbramiento de aquel a quien ella y su marido llamaban “jefe de la oposición”.

Kirchnerismo es verticalismo con alineación total. Demasiada gente fue expulsada por disidencias mínimas, como para dudar al respecto. Si quienes repudian a Bergoglio no expresaran un sentimiento de Cristina, callarían, cambiarían de posición acompañando el giro presidencial o serían expulsados y aborrecidos por la cúpula y el aparato mediático oficialista. Si nada de eso ocurre, es porque se cumple la voluntad de Cristina.

Por eso, es lógico pensar que ella quiere que se siga repudiando a Bergoglio, mientras se presenta ante las multitudes embriagadas de fervor religioso como devota de Francisco, el papa del que procura “apropiarse”.

Dichos y hechos.

¿Cuál es la verdadera Cristina? ¿La que dice que “el odio afea a las personas” o la que usa el odio político como instrumento de construcción de poder, dividiendo para reinar?

Juan José Campanella deparó en que la Presidenta dijo su discurso contra el odio en el mismo puñado de días en que renovaban el millonario contrato de 6-7-8 . Para el director de El secreto de sus ojos , ese programa (y sus réplicas en medios estatales y paraestatales de todo el país) inoculó odio contra periodistas y contra toda persona conocida que cuestione al Gobierno o contradiga el relato kirchnerista.

La cuestión es simple: el vasto aparato mediático oficialista no lincharía la imagen pública de nadie, si Cristina no quisiera tales linchamientos. Nadie habría puesto niños a escupir fotos de periodistas en la vía pública si pensara que la Presidenta lo considera un acto violento y deplorable. De hecho, no pronunció crítica ni descalificación alguna contra esas y otras manifestaciones de aborrecimiento. Y aunque las hubiera criticado, los hechos dicen lo contrario, y en el kirchnerismo los hechos son las expulsiones ante mínimos disensos.

Por cierto, el doble discurso es la regla en la dirigencia política. No es que todos lean a Maquiavelo (deberían), sino que obras como El príncipe y La mandrágora pa­recen inspiradas en buena parte de los dirigentes argentinos (y del mundo). Lo grave de la Presidenta es que expresa el paroxismo de la duplicidad, al exhibir sin pudor las contradicciones.

El discurso contra el odio, no lo oculta; al contrario, lo expone en actitudes miserables. Todos los diarios críticos anunciaron en sus portadas de Internet la muerte de la periodista Susana Viau, menos el diario del que fue pionera y en el que trabajó 20 años.

Se había formado en el marxismo, pagó con el exilio su militancia izquierdista, era brillante y de honradez inexpugnable, pero le criticaba al Gobierno su corrupción y autoritarismo. Por eso ningunearon su muerte los medios oficialistas, incluido el que le debía tantas memorables páginas.

Con dignidad, la despidieron por cuenta propia los trabajadores de Página 12 ; pero, como el resto del aparato mediático oficialista, la línea editorial cumplió con el miserable diktat del aborrecimiento.

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