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El asesinato de Jamal Khashoggi: Trump socio de la barbarie

La ambigüedad del presidente de Estados Unidos frente al salvaje crimen de un disidente saudita en un consulado salpicó de sangre a la Casa Blanca.

Socios y aliados. Donald Trump flanqueado por el rey saudí Salman bin Abdulaziz. Su hijo sería el autor intelectual del crimen. Foto: DPA
El corazón de Trump es verde como el dólar y como la bandera de Arabia Saudita. Aquellas ganancias descomunales en los negocios personales, sumadas a los 110 mil millones de dólares en armamentos que Riad acordó comprar a Estados Unidos, más la funcionalidad geoestratégica del príncipe heredero al juego de Washington en el tablero del Oriente Medio, bloquearon el razonamiento de Trump a la hora de reaccionar por el asesinato cometido en un consulado saudita.

En su cabeza, la Razón de Estado se mezcló con las propias. Por eso tardó en rechazar la insostenible primer versión de Riad sobre lo ocurrido: Jamal Khashoggi se retiró, vivo y entero, de la sede diplomática, afirmó el reino. Finalmente, se percató de que su complicidad con semejante asesinato necesitaba de un esfuerzo mayor de los responsables y les hizo decir que lo ayuden a ayudarlos. Eso fue a plantear Mike Pompeo al mismísimo palacio real de Riad. El secretario de Estado los convenció de que no podían sostener lo insostenible. Era imprescindible que aceptaran la muerte en el consulado y que buscaran chivos expiatorios para deslindar responsabilidades. No fue fácil convencerlos ni siquiera de tan poco.

Al principio, aceptaron reconocer la muerte dentro del consulado pero culpando a Qatar, el pequeño Estado al que Mohamad Bin Salman mantiene totalmente bloqueado. Finalmente, la Fiscalía Saudita publicó una admisión nebulosa y llena de vacíos. De este modo, Washington fue alcanzado por uno de los crímenes políticos más salvajes y torpes que se hayan cometido. El rey y el príncipe sacrifican chivos expiatorios en el altar de la buena relación con Occidente. Pero sólo Trump está dispuesto a simular que cree que los asesinos actuaron por su cuenta.

Nada menos que Ahmad al Asiri, número dos del Istakhbarat; Maher Mutreb, poderoso coronel de ese oscuro aparato de inteligencia, y Saud al Qahtani, principal consejero de la casa real y del príncipe heredero, comandando un escuadrón de agentes que viajó a Estambul a capturar o matar a Khashoggi, jamás pueden haber actuado a espaldas de los dueños del poder. Y los únicos dueños del poder son el rey Salman bin Abdulaziz al Saud y su hijo Mohamed.
Hasta el ultraconservador Ted Cruz dejó en claro que no hay forma de dejar impune este crimen sin manchar de sangre la bandera de las barras. También los gobiernos británico, alemán y francés exigieron a Arabia Saudita respuestas serias.

KHASHOGGI. Era miembro de una familia poderosa, cuyo giro a la democracia se mostraba en sus columnas en The Washington Post. Foto: DPA
Pruebas. La Casa Blanca sabe que Turquía tiene las pruebas del asesinato y que no puede mostrarlas sin mostrar, al mismo tiempo, que había sembrado micrófonos en el consulado saudí. Lo increíble del caso Khashoggi no es que el reino del desierto cometa un crimen político. De una monarquía absolutista y teocrática no deben sorprender actos de ese tipo. Lo que sorprende es la impudicia con que actuó. La víctima era un disidente notable, miembro de una familia poderosa, cuyo giro a la democracia liberal se mostraba nada menos que en sus columnas en The Washington Post. Estaba radicado en Estados Unidos; organizaba campañas para denunciar violaciones de Derechos Humanos en el reino y crímenes de guerra en Yemén. Tenía particular inquina con el príncipe que detenta y ostenta el poder. Con todo eso, si se atrevió a ir al consulado es porque estaba seguro de que jamás podrían matarlo en una sede diplomática. Después de la embajada en Ankara, la capital, la sede más importante es el consulado en Estambul, la principal ciudad turca. Además, por la guerra en Siria, donde turcos y sauditas quedaron en veredas opuestas, el gobierno de Erdogán está enfrentado a Riad.

Ese régimen podía eliminarlo de mil modos, pero optó por la vía de mayor riesgo: emboscarlo en un consulado situado en territorio enemigo. El príncipe ya había desafiado exitosamente al estupor mundial varias veces. Con decenas de países y organismos de Derechos Humanos exigiéndole que no fusile a Nimr Baker al Nimr, lo mismo ejecutó al clérigo más influyente de la comunidad chiita saudí. Después involucró al reino en el conflicto yemení, bombardeando poblaciones para masacrar a los hutíes que luchan contra los aliados de Riad.

En el medio, arrestó al primer ministro libanés Saad Hariri cuando viajó a Arabia Saudita para realizar consultas. Estos hechos y el salvaje crimen en el consulado sólo parecen explicarse por la embriaguez de impunidad de un joven que nació y creció en el poder absoluto, y pasó a controlarlo antes de desarrollar algún tipo de pudor o inteligencia práctica que lo contenga.

Enriqueciendo a Donald Trump cuando aún era sólo un empresario, cautivando al yerno de este con masivas compras de armamentos, y conteniendo la proyección iraní en Oriente Medio (colaborando con Israel en la inteligencia), Mohamed bin Salmán sencillamente llegó a convencerse de que cualquier crimen le era posible sin tener que dar cuentas a nadie.

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Con Donald Trump en baja, Barack Obama hace campaña

Las legislativas cobran importancia ante la eventualidad de un impeachment para el presidente, que sigue sumando denuncias.

Todas las alarmas se encendieron al mismo tiempo. Además, lo hicieron de las formas más insólitas. Un funeral, una carta anónima y el discurso de un ex presidente fueron los inesperados canales que expresaron la magnitud del riesgo que afrontaría Estados Unidos.
Ese riesgo tiene nombre y apellido: Donald John Trump. Y lo que arriesga Norteamérica es nada menos que su democracia. Lo dijo con todas las letras Barack Obama, al hablar en la universidad de Illinois que le entregó una distinción por considerar que su gobierno gozó de salud ética.

Allí, rompiendo una de las tradiciones no escritas pero férreamente cumplidas de la política estadounidense, el ex presidente dijo “nuestra democracia” está en peligro.

En Estados Unidos, los presidentes no sólo tienen el límite constitucional de dos mandatos. También tienen el límite que les impone la tradición política: al dejar el Despacho Oval, deben guardar silencio sobre el gobierno que lo sucedió y, de ser posible, de los subsiguientes, dedicándose a dar conferencias, crear bibliotecas o fundaciones, y a mediar en diferendos de otros países.

Obama cumplió la regla durante dos años y, si ahora la rompe, no es por vocación de transgresor sino porque la realidad que percibe le parece demasiado grave como para quedarse atado a una tradición.
Para quien sigue siendo el principal referente del Partido Demócrata, resulta imprescindible que en las elecciones legislativas de noviembre los conservadores pierdan la mayoría que tienen en el Congreso, porque el Partido Republicano ha renunciado a evitar que Trump destruya la institucionalidad.

Funeral mediático. Es posible leer el mismo mensaje en las ceremonias que John McCain diseñó para su propio funeral. De por sí, es increíble que alguien utilice sus últimas fuerzas para organizar sus exequias, como hizo el senador por Arizona antes de pedir a los médicos que cesaran el tratamiento y lo dejaran morir.

Aún más sorprendente fue leer el mensaje que su autor quiso dar a los norteamericanos a través de esa ceremonia póstuma. Un mensaje claro y contundente contra todo lo que representa Trump en la política y la sociedad de Estados Unidos.

Fue el mismísimo McCain quien llamó a Obama para pedirle que dé un discurso en la capilla ardiente. En la lista de oradores incluyó otros demócratas, como el ex vicepresidente Joe Biden. Y la lista de invitados, que tenía más demócratas, incluidos Bill y Hillary Clinton, contenía una omisión y una prohibición.

El republicano que perdió la elección contra Obama, omitió invitar nada menos que a quien había sido su compañera de fórmula, la ex gobernadora de Alaska Sarah Palin. Algo que puede leerse como una autocrítica póstuma por haber aceptado que los extremistas del Tea Party le impusieran el postulante a la vicepresidencia.

No obstante al récord de lo increíble lo batió con la prohibición de que Trump estuviera presente en sus funerales. Jamás un legislador norteamericano manifestó entre sus últimos deseos que no dejen participar de las ceremonias fúnebres nada menos que al presidente.
Ese deseo manifiesto convirtió el funeral en una denuncia demoledora contra el magnate neoyorkino. Quien había dejado dicho que le impidieran acercarse a su féretro era el militar y político más respetado de Estados Unidos. Un héroe de la dignidad y la decencia. El único republicano que se atrevió a decir que Trump es una “vergüenza” para los norteamericanos y quien lo acusó de racista y xenófobo, quiso que su muerte mostrara, por contraste, la vileza del hombre que ocupa el Salón Oval.

Condecorado como héroe de guerra por haber rechazado que el vietcong lo liberara antes de soltar también a los demás marines que estaban apresados en el mismo campo de concentración, el viejo senador de Arizona mostró al presidente como un personaje miserable. En rigor, fue el propio jefe de la Casa Blanca quien expuso sus bajezas cuando, en uno de sus choques con McCain, dijo que no debía ser considerado un héroe porque en la guerra de Vietnam había sido capturado por el enemigo.

McCain había perdido la batalla por la candidatura republicana con George W. Bush y la batalla por la presidencia con Obama, pero convirtió su muerte en una batalla triunfal porque con las invitaciones, las no invitaciones y la prohibición, levantó la bandera del diálogo, la búsqueda de consensos y el respeto por el adversario que deben imperar en una democracia. Las antípodas de Trump y su receta populista que considera a la oposición, a la prensa crítica y a todo aquel que lo cuestione, como “enemigos” que merecen aborrecimiento.

Presente negro. Entre el funeral de McCain y el discurso de Obama, hubo otro insólito golpe contra la imagen del presidente. En una carta publicada por The New York Times, un alto funcionario del gobierno que no quiso dar su nombre describió a Trump como un “amoral” propenso a tomar decisiones desastrosas.

Según la carta, varios miembros prominentes de La Casa Blanca se han conjurado para impedir, actuando desde las sombras, la mayor cantidad posible de estropicios presidenciales.

Un escrito anónimo carecería de valor si no fuera porque el diario que lo publicó es uno de los más prestigiosos de Estados Unidos y su dirección editorial dio fe de que el autor es, efectivamente, un alto funcionario del gobierno.

En la historia norteamericana hay antecedentes de conspiraciones políticas de todo tipo, pero esta modalidad desopilante no tiene precedentes. Mientras en el partido oficialista el silencio fue la regla que sólo McCain se atrevió a romper, en la cúpula del gobierno existe un grupo de prominentes republicanos que dicen conspirar contra el presidente por el bien de los Estados Unidos.

La economía es el músculo de Trump. Si bien fue la administración Obama la que revirtió en crecimiento la recesión iniciada con la crisis de las hipotecas subprime, el proteccionismo implementado por el actual presidente fortaleció notablemente el alza en los principales indicadores.

Lo que se verá en las próximas elecciones legislativas es si el crecimiento económico alcanza para contrapesar el peor de los problemas del gobierno: la personalidad y la naturaleza del propio Donald Trump.

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Cumbre borrascosa

Helsinki ha sido el escenario de cumbres cruciales. El interés mundial de sus agendas resultaba claro y contundente.

La de 1975 entre Gerald Ford y Leonid Brezhnev fue la cumbre de la “distensión”, palabra clave para llevar calma al planeta a esa altura de la Guerra Fría y de la carrera armamentista.

La que sostuvieron en 1990 George Herbert Walker Bush y Mijail Gorbachov planteaba nada menos que el fin de la Confrontación Este-Oeste.

Mientras que la cumbre entre Bill Clinton y el primer presidente de la Rusia post-soviética, Boris Yeltsin, debía completar la compleja tarea cuyo diseño habían iniciado Bush padre y el impulsor de la Perestroika: el traspaso a Rusia de las ojivas nucleares y los misiles de mediano y largo alcance del arsenal soviético que estaba repartido en otros estados que integraron la URSS, como Ucrania y Kazajistán.

Esta vez la agenda de Helsinki resultaba difusa. Por cierto, resolver qué rol tendrá Bashar el Asad en el futuro Siria, no es un tema menor. Tampoco son temas menores Corea del Norte y la guerra comercial con China.

Pero el tema central no ha sido ninguno de esos, sino la injerencia rusa en el proceso electoral norteamericano, para que Donald Trump llegase a la Casa Blanca. Y lo que dijo al respecto el magnate neoyorkino al salir de la reunión, es tan absurdo que despierta sospechas.

Una vez más, Trump rechazó que haya habido injerencia del gobierno ruso; algo sobre lo que, teóricamente, él no debiera pronunciarse hasta que concluyan las investigaciones que lleva adelante la justicia estadounidense.

Muchos actos de Trump son funcionales a los planes de Putin. Patear el tablero del G-7 en Quebec tras reclamar que Rusia vuelva a esa mesa de potencias económicas; embestir contra los socios europeos de la OTAN como hizo en la última cumbre de la alianza atlántica, así como sabotear la unión aduanera que Teresa May pretende mantener con la UE promoviendo al eurófobo Boris Johnson co-mo premier británico, son actos funcionales al juego geoestratégico de Vladimir Putin. Es posible suponer que la cuestión central abordada en Helsinki de manera hermética fue cómo maquillar el verdadero e inconfesable vínculo entre los dos presidentes.

Ese vínculo tan inconfesable como inocultable, configura una extraña e inédita doble relación: una cosa es la relación entre el Estado norteamericano y el Estado ruso y otra cosa es la relación entre Trump y Putin.

El Estado ruso y Putin son una misma cosa. Pero no es así en el caso del Estado norteamericano y quien hoy ocupa la presidencia.

Para muchos demócratas y algunos republicanos co-mo John McCain, no es descabellado imaginar a Trump como una marioneta del jefe del Kremlin.

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La jugada oculta

Hasta hace pocos meses, Kim Jon-un sacudía los sismógrafos asiáticos con pruebas nucleares subterráneas y despeinaba el cielo japonés con misiles. Pero pasó en un santiamén del armamentismo amenazante a los apretones de mano con los archienemigos de su régimen.

¿Cómo se explica este giro copernicano? ¿Por qué Trump y Kim pasaron de insultarse y lanzarse amenazas apocalípticas, a un encuen-tro sin antecedentes en la historia?

Con solo plantear el objetivo de tener bombas atómicas, el creador del régimen Kim Il-sung logró a principios de los 90 que Estados Unidos retirara sus armamentos nucleares de Corea del Sur.

George Herbert Walker Bush no era precisamente una paloma. Lanzó la “Tormenta del Desierto” que liberó Kuwait de la invasión iraquí, además de aplastar en Panamá al régimen de Noriega. Sin embargo, en 1991 el presidente surcoreano Rho Tae-Woo anunció que las ojivas norteamericanas habían sido retiradas.

Kim cumplió su parte del acuerdo, pero su hijo y sucesor, Kim Jong-il, no tardó en reiniciarlo para causar nuevas negociaciones en las que conseguir lo que la economía colectivista de planificación centralizada ya no podía producir.

¿Está jugando ese mismo juego Kim Jong-un? Si es así, con esta cumbre en Singapur logró lo que no habían logrado su abuelo y su padre: pararse en el centro mismo del escenario mundial. Pero después del encuentro comenzará a correr el reloj hasta el inexorable momento en que todo vuelva a punto cero.

La otra posibilidad es que el nieto del fundador, o bien por propia decisión o bien presionado por China, esté dispuesto a insertar en el mundo al huraño régimen que nació tras la retirada de Japón en 1945. Con ese propósito, primero puso en valor una negociación mediante la vigorosa carrera armamentista de los últimos dos años. No obstante, también es probable que negociar la desnuclearización no sea una decisión voluntaria del líder norcoreano, sino una imposición de China. ¿Por qué? Porque a esta altura de la historia, Corea del Norte ya no tiene para Beijing el mismo valor geoestratégico que tuvo décadas atrás, cuando se sentía demasiado débil como para tener en su frontera nororiental un aliado de Washington con bases norteamericanas en el territorio.

De ser así, lo que negociará Kim será exactamente lo que Xi Jinping quiera que negocie. Y la exigencia para desnuclearizarse será una significativa reducción de la presencia militar estadounidense al sur del Paralelo 38. Y algo más: que Trump le imponga al nacionalista primer ministro nipón Shenzo Abe, desistir de su plan de rearmar a Japón para que vuelva a ser una potencia militar en Asia.

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Las fichas de Putin en el G-7

Trump volvió a dejar a la vista su funcionalidad a los designios de Vladimir Putin.

Cuestiona y debilita a la OTAN, aísla a Estados Unidos sacándolo de acuerdos trascendentes como el de París sobre cambio climático, abortando la proyección comercial norteamericana hacia el área de influencia china en el Pacífico, destrozando el Nafta y declarando la guerra comercial a los aliados tradicionales de Washington.

Esa última acción dominó la cumbre del G-7 en Canadá, de la que Trump se retiró antes del final para eludir las críticas que se disponían a hacerle Trudeau y Macron. Pero antes de dar el portazo, tuvo otro de esos gestos que lo muestran como una ficha del jefe del Kremlin en el tablero geopolítico: reclamó que Rusia vuelva a sentarse en esa mesa de grandes potencias, de la que fue expulsada por la anexión de Crimea.

El Grupo de los 7 fue impulsado por el canciller alemán Helmut Schmidt y el presidente francés Giscard DEstaing durante la crisis mundial de comienzos de la década del 70. Y Estados Unidos siempre valoró la importancia del grupo que nació con cinco miembros, sumando luego a Italia y Canadá.

Tras la desaparición de la Unión Soviética, el G-7 pasó a ser G-8 por la incorporación de Rusia. Pero la suspendieron por apropiarse de la Península del Mar Negro y armar a los separatistas del Este de Ucrania. Volver a esa mesa de potencias sin haber hecho concesiones sobre la cuestión ucraniana, es un objetivo prioritario de Putin. A favor de ese objetivo actuó Trump, al pedir que el G-7 reincorpore a Rusia, volviendo a ser el G-8.

Al aporte del presidente norteamericano, se sumó el nuevo gobierno de Italia, que debutó en el G-7 reclamando que se levanten todas las sanciones que rigen sobre Rusia. Y no fue una sorpresa para nadie. La coalición entre la extrema derecha y el antisistema ha dejado ver desde el comienzo su decisión de convertir a Moscú en aliado estratégico de Roma.

En la primera propuesta de gobierno que la Liga y el Movimiento 5 Estrellas elevaron al presidente Mattarella, proponían como ministro de Economía a Paolo Savona, un partidario de romper con Bruselas, abandonar el euro y desenterrar la lira.

El poderoso ministro del Interior Matteo Salvini lleva años proclamando su admiración por Putin, además de apoyar el Brexit y resaltar la afinidad de su partido con el Frente Nacional francés, adherente también al líder ruso.

Meses atrás, mientras repetía como eslogan de campaña que “Italia debe dejar de ser una colonia alemana”, Salvini agregó a su lista de ídolos a Donald Trump. Y en esta cumbre del G-7 en Canadá, ambos hicieron su aporte al mentor y referente que tienen en el Kremlin.

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Estados unidos potenció el conflicto: Fiesta con funerales

Netanyahu, su esposa Sara, Ivanka y su esposo Jared. Selfie frenta a la embajada de Estados Unidos en Jerusalén.

La inauguración de la embajada norteamericana en Jerusalén tuvo como contracara protestas y medio centenar de muertes.

Netanyahu, su esposa Sara, Ivanka y su esposo Jared. Selfie frenta a la embajada de Estados Unidos en Jerusalén.
Bella, sonriente y vestida a la moda, Ivanka Trump descubría una placa imponente con el nombre de su padre, en la puerta de la embajada que se estaba inaugurando. En ese mismo instante y por esa misma razón, miles de palestinos protestaban y soldados israelíes les disparaban, matando a más de medio centenar.

Seguramente, Hamas alentó la marcha hacia la frontera para que se produjera el enfrentamiento y corriera sangre palestina. Los cadáveres de su pueblo son los misiles que Hamas lanza contra la imagen de Israel en la opinión pública mundial. Pero en este caso, lo increíble es la gratuita escusa que implica haber elegido un día inadecuado para hacer algo equivocado.

En el discurso televisado de Trump en el acto inaugural de la embajada norteamericana en Jerusalén, Donald Trump habló como si el traslado de la sede diplomática fuese un acto suyo a favor de los israelíes. No es así. Leer más

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Trump rompe el acuerdo nuclear

La gravedad de que Washington abandone un compromiso asumido y que Irán estaba cumpliendo. Falacias en el argumento de Trump.

Trump cumplió otra de sus promesas de campaña. Pero eso no es precisamente bueno. Lo mejor que podría pasar con muchas de sus promesas electorales, es que no las cumpla.

Por caso, habría sido bueno que no cumpla lo que prometió sobre los inmigrantes. Pero está cumpliendo y por eso hay miles de deportaciones que los devuelven a esos países a los que Trump llama “agujeros de mierda”. También habría sido bueno que faltara a su compromiso de amurallar la frontera con México, o retirar a Estados Unidos de acuerdos como el de París sobre cambio climático.

En lugar de esos razonables incumplimientos, el magnate inmobiliario ha cumplido sus promesas más demagógicas y extremistas. Y eso es malo para los norteamericanos ni para el mundo.

Tampoco es bueno para el mundo que haya tomado una decisión coherente con su demoledora crítica electoralista al acuerdo nuclear con Irán. Sin pensar que a ese pacto lo firmaron los líderes de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Rusia y China, además de Obama, a quien profesa un aborrecimiento oscuro y viscoso, el presidente norteamericano lo ha descripto como una reverenda estupidez que no sirve para nada.

Sin embargo, haber ofendido a las potencias descalificando el acuerdo de ese modo, no fue lo peor. Lo peor fue que actuara en consecuencia. Además del pacto por el que la OIEA lleva años monitoreando la actividad nuclear de Irán, lo que ha quedado herido de muerte es la negociación y el acuerdo como instrumentos para evitar conflictos. Leer más

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Leña al fuego

Unos lloran lo que otros festejan. Ese punto de partida explica el laberinto trágico en el que deambula la historia de la relación palestino-israelí.

Hace setenta años, en el Museo de Arte de Tel Aviv, David Ben Gurión anunciaba la creación del Estado judío. Al mismo tiempo, y contra esa fundación decidida en la ONU mediante una resolución que imponía también la creación de un Estado palestino, comenzó la guerra de los vecinos árabes contra el país recién nacido. Ese conflicto implicó para la población palestina la Nakba: catástrofe.

En aquella primera guerra árabe-israelí desatada en 1948, centenares de aldeas palestinas desaparecieron en desplazamientos que alcanzaron al setenta por ciento de la población, según las estadísticas árabes.

En la desventura palestina tuvieron responsabilidad los países árabes que rechazaron la resolución de Naciones Unidas para la creación de los dos Estados, lanzando la primera de varias guerras. Pero está claro que, al cumplirse 70 años de aquellos acontecimientos con la cuestión palestina sin resolver, aunque por esa falta de resolución haya culpas en todas las partes del conflicto, inaugurar la embajada de Estados Unidos en Jerusalén resulta una provocación absolutamente innecesaria. Un acto que solo puede agravar el tránsito por estos días ardientes, en los cuales, además, comienza el Ramadán. Leer más

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Justificación insuficiente

Un argumento implícito y otro explícito apuntalan la decisión de Trump. Pero los dos parecen insuficientes para justificarla.

El explícito tiene dos componentes. El primero es que se trata de un acuerdo incompleto porque no abarca ni los misiles iraníes ni la presencia militar iraní en Siria. Lo que responden sobre esto los defensores del acuerdo, es que se negoció la cuestión nuclear. Las otras cuestiones, sin dudas preocupantes, pueden ser negociadas posteriormente.

El segundo componente del argumento explícito es que el régimen mintió al negar, desde un principio, que su plan nuclear contuviera un programa militar secreto. A esta tesis la apuntala Benjamín Netanyahu, mostrando unos archivos iraníes obtenidos por el Mossad. Esos archivos revelan que Irán tenía un plan secreto, a pesar de las veces que lo negó. Al respecto, se debe señalar que el informe no dice que Irán “tiene”, sino que “tuvo” ese plan. Lo segundo es que eso no es ninguna novedad. De hecho, si las potencias que negociaron con la teocracia persa le hubieran creído cuando lo negaba, entonces no habrían tenido razones para negociar y buscar un acuerdo que permitiera evitar que Irán produjera un arsenal nuclear.
Si negociaron hasta que Teherán aceptó ponerse bajo observación permanente de los expertos de la ONU en cuestiones nucleares es, precisamente, porque nunca le creyeron al régimen. En rigor, ningún Estado responde “si” a la pregunta de si tiene un programa secreto para fabricar bombas atómicas. Por eso es un plan “secreto”. Esa es la razón por la cual, cuando se trata de regímenes oscuros, hay que negociar hasta que desistan del plan y se dejen inspeccionar. Leer más

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La euforia y la duda

La desmesura es el rasgo de este acercamiento norcoreano a los enemigos que hasta hace poco amenazaba con bombas termonucleares y misiles intercontinentales. Si algo faltaba para confirmarlo es la desopilante propuesta del presidente surcoreano: dar el Nobel de la Paz a Trump.

El presidente que más dañó la imagen de Estados Unidos en el mundo por sus gestos y pronunciamientos racistas, por equiparar a manifestantes antirracistas con miembros del Ku Klux Klan, por su desprecio a países a los que llama “agujeros de mierda”, por las deportaciones masivas, por levan- tar un muro y denostar a los mexicanos, sería para Moon Jae-in merecedor del pre- mio que recibieron Luther King y Mandela.

Por cierto, también lo recibieron muchos líderes controvertidos. Pero la pregunta es: ¿cuál habría sido el aporte de Trump al giro norcoreano? ¿Haber dicho que “devastaría” con misiles su país? ¿Cree Moon Jae-in realmente que esa amenaza de genocidio hizo cambiar a Kim Jong-un? Leer más

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