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Déficit de autocrítica

Mostró una actitud distinta. Manejó de otra manera las pausas y los énfasis. Pero en algunas cuestiones sustanciales, Mauricio Macri repitió falencias. Por caso, una descripción de las causas del tembladeral en la que el peso recae sobre los factores externos y sobre la demagogia oportunista que han mostrado muchos dirigentes opositores, a lo que se sumó el “efecto cuaderno” que le mostró al mundo la radiografía del gigantesco y voraz tumor de corrupción que ha padecido la Argentina.

Todo eso es parte de la explicación, pero si el gobierno tuvo que encerrarse un fin de semana en la quinta presidencial de Olivos a reinventarse y volver sobre sus pasos en muchas de sus políticas y convicciones, es porque ha cometido muchos más errores que los tímidamente admitidos, y porque, hasta la eyección del dólar hacia la estratósfera, todo el gabinete estaba más desconectado de la realidad que con los pies en la tierra.

El discurso del presidente tuvo más gesticulación que contenido profundo. También tuvo más señalamientos de las culpas ajenas que admisión de las culpas propias. Una faltante que, en esta instancia, expresa negligencia y la persistencia del ensimismamiento que arrastró al gobierno hasta estas encrucijadas.

Por cierto, la autocrítica es un déficit que no tiene solo el gobierno de Macri. El kirchnerismo recurre a sus conocidas ecuaciones ideológicas para liberarse de toda culpa satanizando al “macrismo neoliberal”, mientras el resto del peronismo actúa como si no tuviera nada que ver con la patológica debilidad económica y la desconfianza que el mundo le tiene a la Argentina. Los medios de comunicación electrónicos cubren los sismos financieros con un sensacionalismo frenético que potencia el pánico social y las escaladas del dólar. La especulación política y periodística es la regla, no la excepción. También lo son la irresponsabilidad y el oportunismo. La justicia, la prensa, las dirigencias sectoriales, la casi totalidad de los políticos y el gobierno que encabeza Macri, son los componentes de una ecuación con resultado negativo. Todos debieran hacer una autocrítica de dimensión oceánica y nadie la hace. Argentina es el país donde todos señalan con dedo acusador y nadie se golpea el pecho. Pero ayer, en su discurso, el que tenía más obligación de golpearse el pecho que de apuntar el dedo acusador, era el presidente. No lo hizo.

Anunció medidas significativas pe-ro menos que las esperadas. Y sobre la reformulación del gobierno eliminan-do y fusionando ministerios, llama la atención que en un equipo que cometió tantos errores, el “director téc-nico” haya realizado más cambios de posición y de roles, que cambios de jugadores.

Con la misma gente, Macri empieza otro partido. Los ojos del país siguen puestos en el dólar.

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Victorias derrotadas de Macri y del Papa

Macri siente que ganó. Que el sólo hecho de habilitar un debate que nadie se había atrevido a abrir, lo deja en la historia con letras mayúsculas.

Habría sido de ese modo si entre los sepultureros de la Ley no hubiera tantos senadores del oficialismo. Los discursos más lúcidos a favor de la legalización del aborto, fueron pronunciados por miembros de Cambiemos. Pero también eran de la fuerza gobernante los senadores que dijeron los discursos más obtusos.

La vicepresidenta es otra de las razones por las que Macri no puede sentirse ganador. La arbitrariedad con la que condujo el debate en el Senado y la violencia verbal que reveló un indiscreto micrófono abierto, mostraron un lado agresivo y oscuro de la mujer que en su momento aportó humanidad a la imagen de Macri.

Lo más probable es que de haberse realizado un referéndum, la mayoría de los argentinos habría votado como en su momento votaron las catoliquísimas Italia, Portugal e Irlanda. Pero votaron los senadores y el resultado es que Argentina mantiene una legislación redactada y aprobada en 1921.

¿Esto implica que ganó el Papa? Podría ser de ese modo, si se tiene en cuenta que Francisco en persona encabezó una campaña fuertísima para impedir la aprobación de la Ley sobre interrupción del embarazo. Describió como “nazis” a quienes defienden la legalización, presionó a medios de comunicación y a los senadores, mientras sus obispos emitían documentos señalando que si el Congreso aprobaba la Ley Argentina sería una “dictadura”.

A la pulseada política sin duda la ganó el Papa argentino. Ha demostrado el poder que él y la iglesia tienen sobre el Estado. Pero cuando una religión impone sus convicciones a través del poder que ejerce sobre el Estado, es porque está perdiendo influencia sobre la conciencia de las personas, que es el ámbito en el que debe actuar la prédica religiosa.

El Papa logró una victoria paradójica porque deja a la vista el constante retroceso de su influencia en la conciencia de la gente. La victoria de la iglesia estaría en que las mujeres no quieran abortar; y no que exista una ley que se los prohíba. Si hubiera estadísticas sobre la filiación religiosa de las mujeres que interrumpen sus embarazos, quedaría a la vista que la prédica de la iglesia no gravita en las personas. Por eso se vale del Estado y de las leyes, un terreno en el cual el debate debiera ser secular.

Es posible que esta demostración de poder que hizo el Papa sobre el Estado y sus leyes, tenga un efecto contraproducente y haga crecer el rechazo a la injerencia religiosa en la política y en la legislación, acrecentando el reclamo de un Estado decididamente secular que ya no pague sueldos a la jerarquía eclesiástica ni privilegie el rol del catolicismo en la sociedad, como lo hace la Constitución.

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Tinelli y la calidad política

El ingreso de outsiders a la política se da de dos maneras: o por decisión propia del outsider o como caballo de Troya de la dirigencia tradicional.

Se trata de un fenómeno mundial y tiene que ver con las incertidumbres y temores, en un tiempo marcado por la evolución tecnológica vertiginosa y la transformación permanente que esta produce en las economías y en la sociedad.

Como la clase política no puede modificar esa realidad, las sociedades buscan salvadores fuera de las dirigencias políticas, confundiendo el éxito personal con la posibilidad de cambiar exitosamente la realidad.

Trump y Berlusconi serían dos ejemplos de out-siders que se zambulleron en la política por decisión propia. Mientras que Menem, en los 90, fue el impulsor de los caballos de Troya argentinos.

En la leyenda que relataron Homero en la Odisea y Virgilio en la Eneida, por no poder trasponer los muros de la ciudad que sitiaban, los griegos hicieron el caballo de madera en el que entraron ocultos quienes abrieron las puertas a la invasión.

El cantante Palito Ortega y el automovilista Carlos Reutemann fueron dos de los muchos vehículos para sortear la muralla que ya empezaba a separar a los políticos de la sociedad. Leer más

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Bitácora de la corrupción K

Fue como encontrar una bitácora en la que un navegante detalla minuciosamente sus travesías. Pero en este caso, la nave era un auto y la travesía era el repetido recorrido que el chofer hacía llevando millones de dólares desde empresas a la Casa Rosada, la Quinta de Olivos y el mismísimo departamento porteño del matrimonio Kirchner.

En Argentina, nadie medianamente informado se sorprendió por lo que tan detalladamente describía en sus cuadernos el chofer que trasladaba los millonarios sobornos. El esquema de la corrupción kirchnerista carecía de sofisticación.

Quien hubiese escuchado la razón por la que Roberto Lavagna dejó de ser ministro de Economía de Néstor Kirchner, o quien hubiese calculado grosso modo la insólita multiplicación de las fortunas de los empresarios bendecidos con la obra pública, no tendría razón para sorprenderse. Sin embargo, la bitácora del chofer que llevaba el dinero desde los sobornadores a los sobornados, debiera tener el peso de la imagen de José López lanzando por la tapia de un convento bolsos con millones de dólares en efectivo. Para el gran público, la letra escrita en un cuaderno es menos explícita que la filmación donde aparecen López, monjas, bolsos y una ametralladora. Pero para Cristina, su difunto marido, el ministro de la obra pública y las empresas que multiplicaron por mil sus capitales, el cuaderno del chofer es aún más lapidario. Leer más

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Macri jaqueado por el Papa

Si, poco antes de comenzar el debate en Senado, el Gobierno tuvo que decir algo que debiera ser obvio, “el presidente no vetará la Ley del Aborto”, es porque el Papa le había exigido vetarla.

En su homilía del lunes, el arzobispo de La Plata reclamó el veto presidencial si el Senado aprobara la Ley. Y monseñor Víctor Fernández es lo suficientemente allegado a Francisco como para dejar en claro que, a semejante pronunciamiento, sólo puede hacerlo si el Papa argentino quiere que lo haga.
Paralelamente, en el tedeum y demás principales homilías de la fecha patria (el 9 de Julio es el Día de la Independencia) el cardenal Poli y los obispos lanzaban ataques simultáneos contra el proyecto de legislación que ayer comenzó a debatir el Senado. Para que la presión sobre el gobierno resulte más asfixiante, mezclaron sus discursos con pronunciamientos políticos de tinte nacionalista y contra las medidas de ajuste que el gobierno intenta aplicar.

Con otras palabras, pero de manera elocuente, los discursos de los altares describieron un presidente neoliberal, encabezando un gobierno de los ricos que oprime a los pobres y se arrodilla ante el FMI.

En esta “madre de todas las batallas” que lanzó la iglesia, empujada por el caudillismo que ejerce el Papa en su país, el mensaje político y el mensaje antiabortista fueron dos brazos de una tenaza. Y a la presión la completó, de manera explícita, el arzobispo de La Plata reclamando el veto.
El mensaje completo parece decirle a Macri que la iglesia tiene llegada e influencia en el con-urbano bonaerense y en todas las villas y barrios humildes del país, advirtiéndole que puede colaborar a la calma social ante el ajuste aplicado por el gobierno, o empujar masas a las calles.
Una actitud u otra, dependen de que Macri vete o no la ley que aprobaría el Senado.

Para el presidente, cumplir esa exigencia del pontífice equivaldría a inmolar su debilitado liderazgo en una capitulación humillante. Una cosa es vetar una ley sobre tarifas surgida por iniciativa opositora y a contramano del Presupuesto, y otra muy distinta es vetar una ley cuyo debate ha sido habilitado por el propio presidente.

El tono de la iglesia es contundente. La casi totalidad de los políticos que rechazan el aborto hablan de “salvar las dos vidas”, evitando pronunciamientos agresivos sobre un tema tan inflamable, mientras en los altares retumban palabras como “asesinato” y “crimen”.
El Papa le ha dicho “jaque” a Macri, intentando encerrarlo en una opción de hierro: inmolar su liderazgo con una rendición inaceptable y denigrante para vegetar en el poder hasta el final del mandato, o afrontar un sismo social que podría derribarlo.

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Aborto legal: una mala noticia para el papa Francisco

La votación en Diputados refleja la pérdida de gravitación de la Iglesia. Un repaso por los países de raigambre católica, donde se aprobó la legalización.

La votación de los diputados sobre el aborto fue una derrota para el Papa. Fundamentalmente porque el resultado terminó reflejando la posición predominante de la sociedad.

Incluso es probable que la diferencia entre las porciones sociales que se contraponen respecto del aborto sea mayor que la que se reflejó en la Cámara Baja.

Ergo, lo que evidenció la votación es la lenta pero constante pérdida de influencia de la Iglesia Católica en la sociedad, mientras que la aprobación final de la legalización le restaría un espacio más de gravitación sobre las leyes.

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El país en la rueda del hámster

La mayoría en las clases media y media baja ya no cree en las frases entusiastas ni en las certezas impostadas.

Lo óptimo es que la sociedad perciba a la economía como un tren que marcha sobre rieles. Las vías implican un rumbo que ha sido trazado para que la marcha conduzca a un destino predeterminado.

En las antípodas, está la peor de las percepciones: la sociedad ve a la economía como la rueda en la que gira un hámster, que corre sin avanzar hacia ningún lado.

El gobierno de Mauricio Macri nunca logró que la economía fuera percibida como el tren que marcha sobre rieles. Pero, hasta la corrida del dólar, lograba al menos que la mayoría no la percibiera como la rueda en la que el roedor corre inútilmente.

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Los caballeros de la mesa ratona

Desde el vamos, se advirtió que la herencia era tan grave que el pos-kirchnerismo necesitaba un acuerdo nacional.

Las correcciones y las decisiones acertadas no salen de los brindis triunfales, sino de los malos tragos que producen los errores cometidos. Brindar por triunfos puede embriagar, mientras que un trago amargo puede despertar la lucidez de la humildad.

El mal trago financiero parece haber sacudido la embriaguez que fue ensimismando a Mauricio Macri en una mesa que se achicó, dejando afuera a gente valiosa que procuraba entendimientos con la oposición.

Golpeado por la realidad, el Presidente miró más allá de quienes lo rodean, llamó a los propios que había marginado y habló por primera vez de un “gran acuerdo nacional”.

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Sin luz al final del túnel

Hasta aquí, a Macri lo ayudó el alivio de dejar atrás una “egocracia” agobiante. Pero ese alivio empieza a no alcanzar. Para que el resplandor aparezca, Macri deberá mirar más allá del pequeño círculo que lo rodea.

El mayor desafío para Mauricio Macri es que aparezca la luz al final del túnel. Nadie pretende fulgores que encandilen. Ni siquiera luminosidad suficiente para no andar a tientas. Sólo que aparezca, de una vez por todas, esa bendita luz al final del túnel.

Según el Presidente, iba a aparecer en el segundo semestre del primer año. De ahí en más, crecería e iluminaría de a poco el trayecto por el túnel. En esa instancia, ya no habría dudas de que el rumbo elegido era correcto y que, en la desembocadura, un sol radiante disiparía las tinieblas.

Nada de eso ocurrió. Y a esta altura, la persistente oscuridad empieza a resultar insoportable. Sobre todo para la clase media. El Gobierno descargó en ella el peso del ajuste.

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La colonización de la historia

Más desoladora que la orfandad del 2 de abril es la colonización del 24 de marzo, sin que nadie salga al cruce de los usurpadores.

Una conmemoración queda huérfana, mientras que otra es apropiada por colonizadores políticos. La recordación de Malvinas está a la sombra de la encrucijada que plantea en la memoria nacional. Más allá del heroísmo de soldados y de oficiales, y más allá del valiente profesionalismo de los pilotos, el 2 de abril evoca el temerario aventurerismo de un dictador incompetente y su régimen criminal.

Más allá de los derechos argentinos y de una ocupación británica que ni siquiera se encargó de poblar las islas, la operación ordenada por Leopoldo Galtieri fue un crimen más de la dictadura contra la sociedad, empezando por los soldados y los oficiales que murieron en el archipiélago.

Pero la peor encrucijada para la memoria está en el hecho de que la derrota fue mejor que una improbable victoria, porque de haber conseguido algo que se pareciese a un triunfo, se habría prolongado la dictadura que, además de exterminar personas, exterminó la economía de producción. Leer más

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