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Grieta brasilera: Reinventando a Lula

La izquierda ahora idolatra al líder que cuestionaban, y los liberales critican a quien elogiaban. Ninguno lo describe acertadamente.

El encarcelamiento de Lula puso a las grietas de toda Latinoamérica a supurar rencores y delirios. El obrero que llegó a la presidencia de Brasil, comenzó a ser manipulado ni bien los jueces supremos le bajaron el pulgar. Cada bando interpreta, desde sus filias y fobias, al líder del Partido de los Trabajadores (PT). Y esas interpretaciones deforman la realidad.

Curiosamente, para las izquierdas que abrazaron el populismo agresivo y para las derechas recalcitrantes, Lula da Silva es un izquierdista de alto voltaje que hizo populismo desenfrenado. Los dos extremos del arco político coinciden en el mismo error. Unos describen lo que aman y los otros describen lo que odian, pero ninguno describe al verdadero Lula.

El verdadero es el que gobernó con lucidez y pragmatismo. No se parece a Fidel Castro ni a Hugo Chávez. Se parece, más bien, al líder socialdemócrata que reafirmó a España en el capitalismo con Estado de Bienestar, incorporándola a la OTAN para que pueda ser parte de la Comunidad Europea.

Lula fue el Felipe González de Brasil. O sea, el socialdemócrata pragmático que supo sacar de la pobreza a millones de personas, sin atacar a las empresas sino, por el contrario, entusiasmando al empresariado para que se vuelque de lleno a la inversión. Cuando Fernando Henrique Cardoso transitaba su segundo y último mandato, sabía que su mejor sucesor sería Lula, porque un gobierno del PT que no se apartara de los lineamientos macroeconómicos que él había comenzado a trazar desde que era ministro de Hacienda del presidente Itamar Franco, era lo que faltaba para consolidar la confianza de los inversores y del capitalismo mundial en el rumbo de Brasil. Leer más

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Falsificando a Lula

El caso Lula prueba que la mirada politizada deforma la realidad para adecuarla a la convicción o a la conveniencia propia.

Las izquierdas populistas y las derechas recalcitrantes coinciden en describir un Lula que no se parece al verdadero ni al que describían la intelectualidad izquierdista y el empresariado liberal cuando era el presidente.

Las izquierdas criticaban al Lula presidente y ahora aman al Lula encarcelado, describiéndolo al revés de cómo lo describían al concluir su segunda presidencia. Del mismo modo, los empresarios que elogiaban al Lula presidente (por entonces también elogiado por el FMI y por las potencias de Occidente) ahora aborrecen al Lula encarcelado y lo describen al revés de cómo describían al líder metalúrgico que completaba dos mandatos.

El intelectual de izquierda Atilio Borón calificaba los gobiernos de Lula como “posibilismo conservador” y otro intelectual de izquierda, el politólogo europeo especializado en Chile y en movimientos contestatarios latinoamericanos, Franck Gaudichaud, analizaba sus dos mandatos llegando a la conclusión de que Lula había “renegado de los ideales del PT para poner la estabilidad macroeconómica y los intereses del capital muy por encima”.

Por esos mismos gobiernos, el empresariado brasileño y la elite liberal de Occidente lo felicitaban por su pragmatismo, tan exitoso para fortalecer la inversión privada como para generar una vigorosa movilidad social ascendente, que elevó millones de pobres a la clase media. El verdadero Lula no se parece al que están describiendo ahora izquierdas y derechas igualmente ideologizadas. Tampoco se parece al que él mismo está describiendo, en la victimización que le impone la circunstancia.

Izquierdistas, populistas y derechistas recalcitrantes coinciden en describir un Lula radicalizado que nunca existió, pero que quizá empiece a existir ahora, forzado por las circunstancias. Gobernando, Lula fue un Felipe González brasileño, cuyo pragmatismo inteligente lo hizo tener al liberal Antonio Palocci en el Ministerio de Hacienda y al también liberal Henrique Meirelles al frente del Banco Central. Así como “Felipillo” consolidó el capitalismo español al mismo tiempo que generó desarrollo con equilibrio social, Lula sacó de la pobreza a decenas de millones de brasileños, sin perjudicar a la empresa privada ni perseguir a críticos y opositores como hacen siempre los populismos y los liderazgos ideológicos. Se lo puede cuestionar, pero no se puede reinventar lo que ocurrió en la realidad.

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Saltando en la cornisa

Aplicando la disyuntiva de Max Weber, los magistrados podían actuar desde la “ética de la convicción” o desde la “ética de la responsabilidad”.

En el primer caso, apegados al Derecho, le correspondía decidir, sin que importen las consecuencias sociales y políticas, entre el principio constitucional de la libertad hasta que se hayan agotado todos los recursos que presente el condenado, y el fallo según el cual corresponde la prisión sin dilaciones después de una condena en segunda instancia.

En el caso de decidir desde la “ética de la responsabilidad”, correspondía dar lugar al pedido de habeas corpus presentado por Lula. Esa opción no implicaba impunidad (la cantidad de causas y el peso de algunos fallos muestran la prisión como un destino inexorable), sino simplemente un respiro más en una situación política asfixiante.

El nivel de tensión es tan alto, que por momentos Brasil parece caminar al borde de una guerra civil. Colaboran a ese clima explosivo la popularidad del expresidente y la situación del presidente actual.

La atmósfera no estaría tan cargada si Michel Temer hubiese sido destituido de la presidencia y sentado en el banquillo de los acusados, como ha intentado hacerlo dos veces, sin éxito, la Justicia del Brasil.

Que Temer siga en el cargo no se debe a inacción judicial, sino al blindaje legislativo con que lo sostiene una mayoría de legisladores entre los que abunda el temor a ser juzgados en el marco del Lava Jato.

Si en lugar de permanecer en un cargo que parece ocupar a modo de guarida, Temer estuviera destituido como Dilma Rousseff y ante los jueces que investigan corrupción, como Lula, entonces el clima social y político de Brasil no sería tan agobiante. Y agravando el momento, el alto mando militar emitió pronunciamientos que recuerdan la antesala del golpe de 1964.

El tuit del jefe del ejército, general Villas Boas, diciendo que los militares comparten el “repudio a la impunidad” es, en el mejor de los casos, irresponsable, y en el peor, golpista.

Sacude la institucionalidad que el jefe del ejército se pronuncie de un modo institucionalmente desubicado. También que varios generales se hagan eco con pronunciamientos aún más oscuros. El momento no podía ser peor para el despiste de los militares.

Con manifestantes a favor y en contra de Lula, con un clima social enrarecido, con un presidente sospechado y protegido por una legislatura desprestigiada, no parecen darse las condiciones para que sea encarcelado un expresidente aún muy popular, en la antesala de unos comicios que lo tienen como favorito en las encuestas.

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Lula, y los riesgos que enfrenta Brasil

Que Lula quede fuera de la contienda electoral de la forma en que está ocurriendo, no es una buena noticia para Brasil y tampoco para Latinoamérica. La histeria de la política de este tiempo, que divide todas las sociedades en bandos que se aborrecen, está empujando al líder de la izquierda del Brasil a un sitio que hace mucho había abandonado: la radicalidad.

Lula no era el Chávez ni el Fidel Castro brasileño. Por eso, la consigna más gritada por la izquierda dura, a fines de los ’90, era “Chávez sí, Lula no”.

Luiz Inacio Lula da Silva era el Felipe González del gigante sudamericano. El socialista andaluz fue quien sacó al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) del marxismo y lo hizo socialdemócrata, convirtiéndolo en la fuerza política que gobernó España y la llevó a la prosperidad y a la integración europea.

Sin Felipe González, la transición democrática española, su ingreso a una Europa que mientras imperó el franquismo la marginaba, y su construcción de prosperidad capitalista, no se hubiesen concretado con tanto éxito. No sólo por el liderazgo y la cintura de estadista que tuvo “Felipillo”, sino porque el gobierno del PSOE le mostró al mundo empresarial que también la izquierda española avalaba el modelo político-económico de la Europa occidental, por lo tanto la vía hacia el modelo europeo estaba garantizada.

Lula fue uno de los invitados extranjeros al congreso en el que el PSOE resolvió abandonar el marxismo y el rechazo a que España entre a la OTAN, entre otras cosas. El entonces joven sindicalista brasileño dijo que ese mismo giro político era el que él pretendía para su partido. Leer más

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