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España se pone revisionista y barre la herencia de Franco

Lo que implica para el país europeo la decisión de desalojar al dictador de su tumba en el Valle de los Caídos.

Será la tercera muerte de Franco. La primera ocurrió aquella madrugada de noviembre del 75, cuando se detuvo el corazón del anciano dictador en una habitación del hospital La Paz. La segunda fue cuando el Borbón que había elegido como sucesor para mantener en pie su régimen, lo traicionó convirtiendo España en una democracia y legalizando a las fuerzas políticas que él demonizaba. Y la tercera muerte del “generalísimo” ocurrirá en los próximos meses, cuando finalice la vida simbólica que aún le quedaba: su tumba en el Valle de los Caídos.

España dará un paso histórico. Su democracia lleva cuatro décadas a la sombra del monumento que rinde culto a una dictadura. Cuando en 1940 ordenó la construcción del mausoleo que corona la sierra de Guadarrama, Francisco Franco justificó los costos de esa obra faraónica diciendo que sellaría la unidad de la nación que se había partido en la guerra civil, porque allí yacerían combatientes de ambos bandos enfrentados. Pero mentía.

En realidad, lo que había comenzado a construir era su propio monumento, de grandilocuencia acorde a su megalomanía y a su deseo de eternizarse y de prolongar su régimen autocrático. No sólo era falso que la obra, concluida en 1959, pretendiese reconciliar las dos Españas que se habían desangrado entre 1936 y 1939. Lo que pretendía “el caudillo” era todo lo contrario: perpetuar en la dimensión simbólica la derrota de los republicanos. El imponente mausoleo simbolizó el pie del triunfador sobre el cadáver del vencido.

Los combatientes republicanos que yacen en esa montaña, fueron exhumados de fosas comunes y enterrados allí sin consentimiento de sus familias. La construcción de la abadía, su gigantesca cruz y las tumbas, demandó casi 20 años y el trabajo forzado de miles de presos políticos. Al menos quince republicanos murieron allí, como mano de obra esclava.

Con la escusa de levantar un monumento a la “reconciliación de España”, Franco levantó su propio monumento. El homenaje arquitectónico a su victoria y a su larga dictadura. La sola existencia del Valle de los Caídos constituye un agravio a la democracia, porque el hombre al que rinde culto fue cruel en los campos de batalla y cruel en el ejercicio del poder.

Masacrar y torturar para sembrar terror fue el método que utilizó, primero, en la Guerra del Rif, y luego en la guerra civil. Siendo un joven oficial, hizo que las divisiones de la Legión Española que comandaba en Marruecos perpetraran atrocidades contra las tribus que se habían rebelado en las montañas del norte del país africano. Las mismas técnicas de terror utilizó cuando el gobierno de la República lo convocó, en 1934, para sofocar la insurrección obrera en Asturias. Y luego en los seis años de la guerra que inició en 1936 contra el Estado republicano.

Por cierto, la otra parte también cometió excesos y, de haber ganado, es posible que el sector apoyado por Stalin hubiera cambiado la república por el totalitarismo. Pero el que triunfó fue Franco. Fue él quien instaló un Estado fascista, lo alineó lo Hitler y Mussolini, sobreviviendo a las derrotas de Italia y Alemania gracias a su habilidad diplomática.

La dictadura de Francisco Franco no fue menos cruel que sus técnicas de guerra. Censura, fusilamientos y persecución ideológica. Esa crueldad está homenajeada en el Valle de los Caídos.

Levantar la lápida de 1500 kilos para sacar el sarcófago de Franco no completa el desagravio a la democracia que implica su mausoleo. Para muchos españoles, también habría que exhumar los restos de José Antonio Primo de Rivera, el ideólogo del falangismo, que es la versión española y ultra-católica del fascismo.

El gobierno encabezado por el PSOE considera que Primo de Rivera, quien había girado hacia la moderación y el diálogo en sus últimos meses de vida, al haber sido fusilado por republicanos al inicio de la Guerra Civil también debe ser considerado víctima de aquel conflicto.

Lo que sí habría que remover para que esa tumba colectiva sea verdaderamente un monumento que reconcilie a las dos Españas, es la abadía y la cruz de 150 metros, posiblemente la más alta del mundo. Además de cuestionar la monarquía, si algo unificó al arco político republicano, que abarcaba desde liberales hasta anarquistas y marxistas, era la secularidad en la concepción del Estado.

En ese país creado por dos reyes fundamentalistas que conquistaron el territorio con inquisición y “guerra santa”, el espíritu republicano contenía la convicción de que la iglesia debía separarse del Estado. En ese espíritu convivían católicos partidarios del laicismo político, con agnósticos y ateos. Mientras que la ideología falangista que los derrotó a sangre y fuego era una mezcla de corporativismo fascista y nacionalismo ultra-católico.

La dictadura de Franco impuso una constitución confesional, claramente diferenciada de las constituciones laicas y las eclécticas. La iglesia católica fue parte del Estado que imponía un moralismo censurador. Es por eso que, un monumento verdaderamente reconciliador, no debiera tener símbolos religiosos, y en particular católicos, como rasgo arquitectónico dominante. Esos símbolos representan sólo a uno de los bandos. Por lo tanto implican dominación, no reconciliación.

También habría sido mejor que a la decisión de sacar a Franco del Valle de los Caídos la hubiera acordado todo el arco político. Mariano Rajoy y el PP tuvieron la gran oportunidad de haber redimido ante la historia a la fuerza política que desciende del falangismo franquista a través de Manuel Fraga Iribarne. Perdieron la posibilidad de hacerlo en el 2017, regalándole a Pedro Sánchez la lapicera para inscribir su nombre en un capítulo histórico.

El actual jefe de Gobierno no llegó al cargo por el voto de la gente sino por el voto de censura a Rajoy. Se apoya en una minoría ínfima que le da muy poco margen de maniobra. Pero para realizar la exhumación que lo dejará en la historia, le alcanza con el apoyo parlamentario de la izquierda anti-sistema (Podemos), sumada al que le darán, sin dudarlo, los partidos catalanes y vascos, representantes de las dos comunidades que más padecieron el centralismo castellanizante de Franco.

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El PSOE en su laberinto

Rajoy no podía seguir porque el fallo de la justicia en la “Trama Gürtel” había sentenciado su gobierno a la debilidad.

Esa suerte de versión española del caso Odebrecht estuvo acompañada por otros escándalos, como el que poco antes había precipitado la caída de la presidenta de la comunidad madrileña Cristina Cifuentes, por la falsificación de un título de posgrado y la aparición de un video que la mostraba robando cosméticos en un negocio.

El fallo judicial sobre la Trama Gürtel fue el tiro de gracia. Por primera vez una fuerza política, el Partido Popular, fue declarado responsable de una mega operación de corrupción. El presidente conservador actuaba como si no hubiese pasado nada y esa negación de la realidad fue el síntoma de una patología seria.

Su éxito en la recuperación económica lo hacía creer invulnerable. Pero el fallo expuso su talón de Aquiles y Pedro Sánchez disparó con puntería.
La perseverancia es una característica del nuevo jefe de Gobierno. Ese rasgo le permitió, primero, vencer la resistencia de la cúpula socialista para poder convertirse en el secretario general del PSOE.

Y, a renglón seguido, salir del coma político en el que había caído tras llevar al viejo partido de los socialdemócratas hacia el peor resultado electoral de su historia.

Cuando vio el flanco débil de Rajoy, el cadáver político resucitó y se lanzó a la batalla hasta abatirlo, en lo que constituye la primera moción de censura que prospera y destituye un gobernante español. Pero si Sánchez ganó la titánica pulseada, fue también por otro de sus rasgos: la temeridad.

Para la ofensiva final, tejió alianzas que sólo parecen servir para derribar un gobierno derechista; mientras que, para sostener un gobierno que llegó sin haber ganado una elección, dan la impresión de ser inviables. El propio Sánchez pareció advertirlo durante el debate previo a la votación. Si pidió siete veces a Rajoy que dimitiera, probablemente fue por entender que con semejantes aliados no podría gobernar.

Si Rajoy dimitía, se disolvía la cámara y había elecciones anticipadas. En cambio, destituido por una moción de censura, queda un gobierno liderado por Sánchez que debe completar el actual periodo legislativo.

¿Es posible gobernar con los presupuestos elaborados por el gobierno conservador destituido, teniendo como socio principal al partido anti-sistema y pro-chavista Podemos?

Podrá Pedro Sánchez mantener el férreo compromiso de su partido con la unidad de España, si lo sostiene una coalición en la que hay partidos separatistas vascos y catalanes?

Entre los votos que lo hicieron presidente están los de Euskal Herria Bildu, un remanente de Herri Batasuna, que fue brazo político de ETA. También lo ayudaron a encumbrarse el PdeCat y Esquerra Republicana, las principales fuerzas del separatismo antimonárquico que se mantiene desafiante en Cataluña.

En síntesis, la barca que el temerario líder socialista armó para hundir a Rajoy y desembarcar en el poder, es tan precaria que parece navegar hacia el naufragio.

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El enigma catalán

Los separatista se empecina en mantener el liderazgo de Puigdemont, a pesar de haber chocado “el Proces” y fugarse a Bélgica.

Tal Si el capitán de un barco lo conduce hacia una tempestad y, en plena deriva, en lugar de aferrarse al timón para llevarlo al puerto prometido o de hundirse con su nave en el naufragio, lo que hace es escapar en un bote salvavidas, no habría mucho que discutir: sería juzgado como un cobarde que traiciona su deber y perdería el grado de capitán y el derecho a conducir barcos.

Por eso es difícil entender el debate en el que se hundieron los separatistas catalanes tras la elección de diciembre. Carles Puigdemont se parece al capitán que abandona la nave en medio de la tempestad. Sin embargo, la mayoría parlamentaria se empantanó en una discusión desopilante, por tratar de mantener a Puigdemont en el timón que había dejado girando a la deriva.

Cataluña quedó sin gobierno durante meses, debido a que los partidos que la chocaron contra el artículo 155 de la Constitución española, en lugar de discutir las metas y los instrumentos de la nueva gestión, se enredaron discutiendo cómo salvar a Puigdemont.
Ocurre que la fuerza política del líder fugado, se empecinó en mantenerlo al frente del gobierno. El Partido Democrático, surgido del reciclaje de Convergencia Democrática, la agrupación catalanista creada por Jordi Pujol, hizo que la coalición que lidera, Junts per Catalunya, se empeñara en sostener el poder de Puigdemont.

Atravesando la frontera del absurdo, propuso primero la investidura vía Skype del líder refugiado en Bélgica. Puigdemont aparecería en una pantalla instalada en el Parlament, asumiendo como jefe de la Generalitat. Y a través de esa vía gobernaría.

Como era de esperar, el Tribunal Constitucional rechazó una presidencia ejercida desde Bruselas. Entonces, las huestes separatistas propusieron investirlo como “presidente simbólico” y crear una presidencia efectiva en suelo catalán. Leer más

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La dura crítica a Macri en España

Buena onda. Salvo el episodio de Iñigo Errejón (Podemos), la visita de Macri tuvo buena repercusión en España | Foto: infobae.com

¿Qué impacto tuvo el duro cuestionamiento del partido Podemos a Mauricio Macri en España? ¿Produjo algún daño en la imagen del Presidente? ¿Opacó su visita haber sido atacado en el hemiciclo de Las Cortes por una de las máximas figuras de la fuerza política que nació del movimiento de “los indignados”? Leer más

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España y su antisistema (fenómeno global)

Madrid 12-02-2017 Clausura Asamblea de Ciudadanos de Podemos Vistalegre II En la foto Pablo Iglesias Imagen Juan Manuel Prats

La diferencia entre España y países como Francia, Holanda, Italia, Austria, Gran Bretaña y Bélgica es, entre otros, que el antisistema en esos estados está en la ultraderecha, mientras que en España está en la izquierda. El “rupturismo” que en Francia lleva el nombre de Le Pen; en Holanda el de Wilders; en Austria el de Hofer y en Gran Bretaña el de Farage, en España se llama Pablo Iglesias. Leer más

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Cataluña en la duda

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El contradictorio triunfo de los independentistas y el ascenso de una fuerza contraria al nacionalismo y a los partidos tradicionales.

Cataluña lleva tiempo deshojando la margarita. No dice “me quiere, no me quiere” sino “la quiero, no la quiero”, porque no tiene en claro si quiere seguir en España, o irse.

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El otoño del monarca

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La abdicación de Juan Carlos, tras las de Beatriz de Holanda y Alberto de Bélgica, confirma que hoy los reyes europeos tienen que ganarse el cargo todo el tiempo. Leer más

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