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El asesinato de Jamal Khashoggi: Trump socio de la barbarie

La ambigüedad del presidente de Estados Unidos frente al salvaje crimen de un disidente saudita en un consulado salpicó de sangre a la Casa Blanca.

Socios y aliados. Donald Trump flanqueado por el rey saudí Salman bin Abdulaziz. Su hijo sería el autor intelectual del crimen. Foto: DPA
El corazón de Trump es verde como el dólar y como la bandera de Arabia Saudita. Aquellas ganancias descomunales en los negocios personales, sumadas a los 110 mil millones de dólares en armamentos que Riad acordó comprar a Estados Unidos, más la funcionalidad geoestratégica del príncipe heredero al juego de Washington en el tablero del Oriente Medio, bloquearon el razonamiento de Trump a la hora de reaccionar por el asesinato cometido en un consulado saudita.

En su cabeza, la Razón de Estado se mezcló con las propias. Por eso tardó en rechazar la insostenible primer versión de Riad sobre lo ocurrido: Jamal Khashoggi se retiró, vivo y entero, de la sede diplomática, afirmó el reino. Finalmente, se percató de que su complicidad con semejante asesinato necesitaba de un esfuerzo mayor de los responsables y les hizo decir que lo ayuden a ayudarlos. Eso fue a plantear Mike Pompeo al mismísimo palacio real de Riad. El secretario de Estado los convenció de que no podían sostener lo insostenible. Era imprescindible que aceptaran la muerte en el consulado y que buscaran chivos expiatorios para deslindar responsabilidades. No fue fácil convencerlos ni siquiera de tan poco.

Al principio, aceptaron reconocer la muerte dentro del consulado pero culpando a Qatar, el pequeño Estado al que Mohamad Bin Salman mantiene totalmente bloqueado. Finalmente, la Fiscalía Saudita publicó una admisión nebulosa y llena de vacíos. De este modo, Washington fue alcanzado por uno de los crímenes políticos más salvajes y torpes que se hayan cometido. El rey y el príncipe sacrifican chivos expiatorios en el altar de la buena relación con Occidente. Pero sólo Trump está dispuesto a simular que cree que los asesinos actuaron por su cuenta.

Nada menos que Ahmad al Asiri, número dos del Istakhbarat; Maher Mutreb, poderoso coronel de ese oscuro aparato de inteligencia, y Saud al Qahtani, principal consejero de la casa real y del príncipe heredero, comandando un escuadrón de agentes que viajó a Estambul a capturar o matar a Khashoggi, jamás pueden haber actuado a espaldas de los dueños del poder. Y los únicos dueños del poder son el rey Salman bin Abdulaziz al Saud y su hijo Mohamed.
Hasta el ultraconservador Ted Cruz dejó en claro que no hay forma de dejar impune este crimen sin manchar de sangre la bandera de las barras. También los gobiernos británico, alemán y francés exigieron a Arabia Saudita respuestas serias.

KHASHOGGI. Era miembro de una familia poderosa, cuyo giro a la democracia se mostraba en sus columnas en The Washington Post. Foto: DPA
Pruebas. La Casa Blanca sabe que Turquía tiene las pruebas del asesinato y que no puede mostrarlas sin mostrar, al mismo tiempo, que había sembrado micrófonos en el consulado saudí. Lo increíble del caso Khashoggi no es que el reino del desierto cometa un crimen político. De una monarquía absolutista y teocrática no deben sorprender actos de ese tipo. Lo que sorprende es la impudicia con que actuó. La víctima era un disidente notable, miembro de una familia poderosa, cuyo giro a la democracia liberal se mostraba nada menos que en sus columnas en The Washington Post. Estaba radicado en Estados Unidos; organizaba campañas para denunciar violaciones de Derechos Humanos en el reino y crímenes de guerra en Yemén. Tenía particular inquina con el príncipe que detenta y ostenta el poder. Con todo eso, si se atrevió a ir al consulado es porque estaba seguro de que jamás podrían matarlo en una sede diplomática. Después de la embajada en Ankara, la capital, la sede más importante es el consulado en Estambul, la principal ciudad turca. Además, por la guerra en Siria, donde turcos y sauditas quedaron en veredas opuestas, el gobierno de Erdogán está enfrentado a Riad.

Ese régimen podía eliminarlo de mil modos, pero optó por la vía de mayor riesgo: emboscarlo en un consulado situado en territorio enemigo. El príncipe ya había desafiado exitosamente al estupor mundial varias veces. Con decenas de países y organismos de Derechos Humanos exigiéndole que no fusile a Nimr Baker al Nimr, lo mismo ejecutó al clérigo más influyente de la comunidad chiita saudí. Después involucró al reino en el conflicto yemení, bombardeando poblaciones para masacrar a los hutíes que luchan contra los aliados de Riad.

En el medio, arrestó al primer ministro libanés Saad Hariri cuando viajó a Arabia Saudita para realizar consultas. Estos hechos y el salvaje crimen en el consulado sólo parecen explicarse por la embriaguez de impunidad de un joven que nació y creció en el poder absoluto, y pasó a controlarlo antes de desarrollar algún tipo de pudor o inteligencia práctica que lo contenga.

Enriqueciendo a Donald Trump cuando aún era sólo un empresario, cautivando al yerno de este con masivas compras de armamentos, y conteniendo la proyección iraní en Oriente Medio (colaborando con Israel en la inteligencia), Mohamed bin Salmán sencillamente llegó a convencerse de que cualquier crimen le era posible sin tener que dar cuentas a nadie.

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El show de la paz

Donald Trump planea reunión con el líder norcoreano y alimenta su propia candidatura a una distinción impensada.

Poco después de haber estado despeinando el cielo japonés con misiles que sobrevolaban Hokkaido, y de haber sacudido los sismógrafos asiáticos con detonaciones subterráneas que incluyeron una bomba termonuclear, Kim Jong Un fue elogiado por Donald Trump y recibido con abrazos y besos por el presidente surcoreano.

La desmesura caracteriza al insólito acercamiento del líder de Corea del Norte a los países que poco antes había amenazado con un ataque que los convertiría en “infiernos ardientes”. Confirmando la extraña desmesura, el presidente surcoreano propuso a Trump para el Nobel de la Paz.

Aunque esa distinción se hayan otorgado a varios personajes cuestionables, resulta desopilante que, para Moon Jae In, el premio que recibieron Mandela y Luther King deba entregarse al hombre que más dañó la imagen de Estados Unidos por sus xenófobas políticas inmigratorias, por sus gestos y pronunciamientos racistas, por insultar a países pobres llamándolos “agujeros de mierda” y por denostar a los mexicanos.

¿Cuál habría sido, según el presidente Moon, el aporte de Trump al cambio de Kim Jong Un? ¿Haber amenazado con “devastar” Corea del Norte? ¿Una amenaza de genocidio se premia con un Nobel? ¿Fue aquel exabrupto lo que causó el giro norcoreano? ¿Por qué Kim sacrificaría su arsenal firmando un acuerdo con Trump, justo cuando está por sacar a Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán?
Más lógico es pensar que, si de verdad hay un cambio y no una actuación como las que tantas veces hicieron su padre y su abuelo, se debe a que China por primera vez aplicó sanciones, en lugar de simularlas. Corea del Norte no puede subsistir sin el petróleo que le envía China y sin que Beijing le compre su carbón. Y Xi Jinping apretó al líder norcoreano porque éste lo desafió asesinando a un protegido de China: su hermano Kim Jong Nam.

Desmesurado. El encuentro de los líderes coreanos debía ser sobrio. Al fin de cuentas, quien cruzaba la frontera es considerado un criminal atroz. Fue Corea del Sur la que denunció que, al asumir, ejecutó a su tío Jang Song Taek haciéndolo devorar por 120 perros hambrientos. Seúl también reveló centenares de asesinatos en sus recurrentes purgas y dijo que, a un ministro que se durmió durante un discurso suyo, lo hizo fusilar con un cañón antiaéreo.

A esos crímenes los denunció el país cuyo presidente recibió al supuesto monstruo con abrazos, sonrisas y fotos tomados la mano.

Debió primar la sobriedad pero primó la euforia. Kim fue recibido como si fuera un héroe de la paz y no el hombre que hizo asesinar a su hermano en el aeropuerto de Kuala Lumpur. Tanto espectáculo da la sensación de un gran acto publicitario. Las estrellas de esa publicidad son Moon, Trump y el líder norcoreano al que se brindó el escenario mundial para que su imagen de dictador totalitario sea reemplazada por la de pacificador.

La desmesura parece ocultar algo. Por caso, un acuerdo entre los tres para montar un espectáculo que los promocione como grandes estadistas. Y sobre la desnuclearización prometida se verá después.

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Importancia y riesgos del llamado de Trump

Trump debió dejar atrás la figura de Michael Flynn por sus lazos con Rusia | Foto: Reuters

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Cristina, no Macri, es el espejo de Trump

Miradas opuestas. ¿Quién encarna la figura de Trump en la Argentina? | Foto: archivo turell.com.ar

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Trump: Asunción con luz y sombras

Foto: Evan Golub/ZUMA Wire/dpa (Vinculado al texto de dpa “MediodÌa de viernes, inicio de la era Trump” del 17/01/2017).

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Ford, la inédita victoria que obtuvo Trump

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Trump y la política de las “dos Chinas”

Mao Tse-tung, Zhang Yufeng y Richard Nixon | Crédito: Oficina de fotos de la Casa Blanca de Estados Unidos (1969 – 1974) / White House Photo Office (1969 – 1974) [Dominio Público], vía Wikimedia Commons.

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