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Efecto Bolsonaro: los que salen del placar

No sería la primera vez que una sociedad atemorizada por incertidumbres, entra en pánico y se refugia en el autoritarismo.

Jair Bolsonaro está sacando del placar un conservadurismo oscuro y viscoso en toda la región. También en Argentina empiezan a sentirse legitimados por la avalancha de votos que obtuvo el ultraderechista brasileño, sectores que no pueden ocultar una excitación revanchista.

Igual que los de los demás países latinoamericanos, los bolsonaristas argentinos son nostálgicos de las dictaduras y partidarios de una mano dura policial que actúe libre de ataduras legales.

Para ellos, quienes defienden las garantías del Estado de Derecho son lo mismo que los “hipergarantistas” que consideran a la violencia delictiva como una consecuencia justificable del capitalismo.

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Elecciones en Brasil: el abismo en las urnas

Sólo Haddad, candidato de Lula, puede impedir la victoria de la ultraderecha.

Lo que parecía una pesadilla escalofriante sin chances de volverse realidad, empezó a convertirse en un riesgo cierto.

Jair Bolsonaro era como un cuento de terror demasiado fantasioso para ser creíble. Una amenaza demasiado vulgar y tremebunda para materializarse. Eso que asusta pero sin hacer perder la calma, por la imposibilidad de que pueda salir de la ficción. Al fin de cuentas, Brasil es un país lo suficientemente importante como para no saltar a los brazos de un energúmeno con pocas luces y demasiadas sombras. Sin embargo las encuestas muestran que el monstruo puede pasar de la dimensión de la pesadilla a la dimensión de la realidad.

El apologeta de torturadores y de sicarios que cazan “meninos da rúa” tiene chances ciertas de convertirse en presidente de una potencia gigantesca y de máxima gravitación regional. Lo único que alivia el temor de quienes valoran la democracia liberal, es que Fernando Haddad, el sustituto de Lula, también tiene grandes chances de terminar siendo el presidente de Brasil.
Siempre habrá personas que miran con desprecio a los más pobres; gente a la que le gusta sentirse superior y aborrece a las minorías raciales y sexuales. Esa gente necesita convencerse de que la diferencia entre su país y los del mundo desarrollado, son la gente pobre y los políticos que deciden usar fondos del Estado para mantenerla. Según esas franjas de la sociedad el país sería desarrollado, moderno y opulento si no fuera por “la chusma” y por los políticos que necesitan que haya pobres para construir poder sobre la demagogia financiada desde las arcas públicas.

A esa gente le habló siempre Jair Bolsonaro. De esas canteras de egoísmo social salieron los votos que convirtieron a ese gris capitán del ejército en un legislador obtuso con discurso cargado de violencia y desprecio hacia los pobres, los negros, los homosexuales, los liberales, los socialdemócratas y los izquierdistas. Leer más

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El sucesor resistido

No son muchos los políticos que debieron desistir de una candidatura con todas las encuestas vaticinándoles el triunfo.

Nadie sabe qué se siente en semejante circunstancia, pero es comprensible que Lula se haya aferrado a su postulación hasta la última instancia. Más aún si esa segura victoria le hiciera posible recuperar su libertad.

A sólo un par de horas de vencer el plazo de inscripción de fórmulas, el ex mandatario anunció, finalmente, la candidatura presidencial de Fernando Haddad. Si el plazo vencía, el PT quedaba fuera de competencia.

La resistencia a deponer la candidatura fue tan grande, que la renuncia fue llegando en dosis. En la mañana del último día, hubo una carta del líder PT que deslizaba un reconocimiento implícito de la sucesión en la fórmula presidencial. “Mi voz es la voz de Haddad”, decía en una línea. Horas más tarde, la admisión del sucesor como cabeza de lista se hizo explícita e inequívoca.

Pero..¿era realmente Lula quien se aferraba a una candidatura que ya había sido institucionalmente sentenciada?

Fue el ala sindical del partido la que se aferró con más fuerza a la esperanza de que, al cabo de tantos recursos interpuestos en todas las instancias existentes, alguno lograría salvar la postulación del líder que proviene del gremialismo metalúrgico.

Ese sector sindical presionó a los juristas del PT para que buscaran por todos los medios salvar la candidatura de Lula.

El esfuerzo traspasó fronteras razonables, porque dejó al partido sin fórmula clara cuando la campaña electoral ya estaba lanzada. ¿Por qué tanta insistencia? Entre otras razones, porque el PT no es un cuerpo homogéneo y Haddad representa a sectores que nada tienen que ver con el poderoso brazo sindical.

Los jefes del aparato gremial del partido sienten que, si ese miembro del sector intelectual venciera, para ellos la realidad no sería tan diferente que con la victoria de cualquier otro candidato, con excepción de Bolsonaro, el ultraderechista que amenaza con una ola de macartismo.

La pregunta es si el sindicalismo petista pondrá, de ahora en más, toda la energía que se reservaba para una campaña de su líder natural. Lula querrá que inviertan en el nuevo candidato la misma energía electoral que habrían invertido en él, porque de llegar al Planalto quien fue su ministro de Educación y alcalde paulista, habrá una esperanza de ser liberado por un indulto presidencial.

La otra pregunta es si el PT está aún a tiempo de hacer que Haddad succione la masa de votos que arrastra Lula. En la caza de ese caudal de sufragios, el socialista Ciro Gomes picó en punta.

De momento Gomes, quien inició su carrera política en la centroderecha y desembocó en la centroizquierda que no se deja absorber por el PT, es quien se perfila para acceder al ballotage. Y quien logre disputar la segunda vuelta con Bolsonaro, lo más probable es que la gane.

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Brasil dividido: la presencia silenciosa de Lula

El reciente episodio volvió a dejar a la vista una puja por la libertad del ex presidente que parte a la justicia brasilera.

La celda de Lula se abrió y cerró varias veces en un mismo día. El tironeo entre jueces parecía la escena grotesca de una comedia de enredos, pero era la consecuencia de una situación política objetiva y compleja.

El hombre que quedó en medio de una batalla judicial es la figura más popular de Brasil, y podría pasar de su celda en Curitiba a la residencia presidencial del Palacio la Alborada si lo dejaran ser candidato en las elecciones de octubre.

El problema principal del juez Sérgio Moro, ​estrella del Lava Jato no es que otro magistrado ordene la excarcelación del ex mandatario mientras él se toma vacaciones. El problema es que buena parte de los brasileños no creen que el asunto del tríplex de Guarujá justifique el encarcelamiento de Lula. Nunca resultó claro que las pruebas esgrimidas por el juez de Curitiva alcancen para demostrar que la empresa OAS le pagó a Lula favores políticos con esa propiedad de lujo. Al fin de cuentas, el líder del PT nunca la habitó. Tampoco lo hizo algún familiar o allegado suyo.

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Grieta brasilera: Reinventando a Lula

La izquierda ahora idolatra al líder que cuestionaban, y los liberales critican a quien elogiaban. Ninguno lo describe acertadamente.

El encarcelamiento de Lula puso a las grietas de toda Latinoamérica a supurar rencores y delirios. El obrero que llegó a la presidencia de Brasil, comenzó a ser manipulado ni bien los jueces supremos le bajaron el pulgar. Cada bando interpreta, desde sus filias y fobias, al líder del Partido de los Trabajadores (PT). Y esas interpretaciones deforman la realidad.

Curiosamente, para las izquierdas que abrazaron el populismo agresivo y para las derechas recalcitrantes, Lula da Silva es un izquierdista de alto voltaje que hizo populismo desenfrenado. Los dos extremos del arco político coinciden en el mismo error. Unos describen lo que aman y los otros describen lo que odian, pero ninguno describe al verdadero Lula.

El verdadero es el que gobernó con lucidez y pragmatismo. No se parece a Fidel Castro ni a Hugo Chávez. Se parece, más bien, al líder socialdemócrata que reafirmó a España en el capitalismo con Estado de Bienestar, incorporándola a la OTAN para que pueda ser parte de la Comunidad Europea.

Lula fue el Felipe González de Brasil. O sea, el socialdemócrata pragmático que supo sacar de la pobreza a millones de personas, sin atacar a las empresas sino, por el contrario, entusiasmando al empresariado para que se vuelque de lleno a la inversión. Cuando Fernando Henrique Cardoso transitaba su segundo y último mandato, sabía que su mejor sucesor sería Lula, porque un gobierno del PT que no se apartara de los lineamientos macroeconómicos que él había comenzado a trazar desde que era ministro de Hacienda del presidente Itamar Franco, era lo que faltaba para consolidar la confianza de los inversores y del capitalismo mundial en el rumbo de Brasil. Leer más

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Saltando en la cornisa

Aplicando la disyuntiva de Max Weber, los magistrados podían actuar desde la “ética de la convicción” o desde la “ética de la responsabilidad”.

En el primer caso, apegados al Derecho, le correspondía decidir, sin que importen las consecuencias sociales y políticas, entre el principio constitucional de la libertad hasta que se hayan agotado todos los recursos que presente el condenado, y el fallo según el cual corresponde la prisión sin dilaciones después de una condena en segunda instancia.

En el caso de decidir desde la “ética de la responsabilidad”, correspondía dar lugar al pedido de habeas corpus presentado por Lula. Esa opción no implicaba impunidad (la cantidad de causas y el peso de algunos fallos muestran la prisión como un destino inexorable), sino simplemente un respiro más en una situación política asfixiante.

El nivel de tensión es tan alto, que por momentos Brasil parece caminar al borde de una guerra civil. Colaboran a ese clima explosivo la popularidad del expresidente y la situación del presidente actual.

La atmósfera no estaría tan cargada si Michel Temer hubiese sido destituido de la presidencia y sentado en el banquillo de los acusados, como ha intentado hacerlo dos veces, sin éxito, la Justicia del Brasil.

Que Temer siga en el cargo no se debe a inacción judicial, sino al blindaje legislativo con que lo sostiene una mayoría de legisladores entre los que abunda el temor a ser juzgados en el marco del Lava Jato.

Si en lugar de permanecer en un cargo que parece ocupar a modo de guarida, Temer estuviera destituido como Dilma Rousseff y ante los jueces que investigan corrupción, como Lula, entonces el clima social y político de Brasil no sería tan agobiante. Y agravando el momento, el alto mando militar emitió pronunciamientos que recuerdan la antesala del golpe de 1964.

El tuit del jefe del ejército, general Villas Boas, diciendo que los militares comparten el “repudio a la impunidad” es, en el mejor de los casos, irresponsable, y en el peor, golpista.

Sacude la institucionalidad que el jefe del ejército se pronuncie de un modo institucionalmente desubicado. También que varios generales se hagan eco con pronunciamientos aún más oscuros. El momento no podía ser peor para el despiste de los militares.

Con manifestantes a favor y en contra de Lula, con un clima social enrarecido, con un presidente sospechado y protegido por una legislatura desprestigiada, no parecen darse las condiciones para que sea encarcelado un expresidente aún muy popular, en la antesala de unos comicios que lo tienen como favorito en las encuestas.

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Lula, y los riesgos que enfrenta Brasil

Que Lula quede fuera de la contienda electoral de la forma en que está ocurriendo, no es una buena noticia para Brasil y tampoco para Latinoamérica. La histeria de la política de este tiempo, que divide todas las sociedades en bandos que se aborrecen, está empujando al líder de la izquierda del Brasil a un sitio que hace mucho había abandonado: la radicalidad.

Lula no era el Chávez ni el Fidel Castro brasileño. Por eso, la consigna más gritada por la izquierda dura, a fines de los ’90, era “Chávez sí, Lula no”.

Luiz Inacio Lula da Silva era el Felipe González del gigante sudamericano. El socialista andaluz fue quien sacó al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) del marxismo y lo hizo socialdemócrata, convirtiéndolo en la fuerza política que gobernó España y la llevó a la prosperidad y a la integración europea.

Sin Felipe González, la transición democrática española, su ingreso a una Europa que mientras imperó el franquismo la marginaba, y su construcción de prosperidad capitalista, no se hubiesen concretado con tanto éxito. No sólo por el liderazgo y la cintura de estadista que tuvo “Felipillo”, sino porque el gobierno del PSOE le mostró al mundo empresarial que también la izquierda española avalaba el modelo político-económico de la Europa occidental, por lo tanto la vía hacia el modelo europeo estaba garantizada.

Lula fue uno de los invitados extranjeros al congreso en el que el PSOE resolvió abandonar el marxismo y el rechazo a que España entre a la OTAN, entre otras cosas. El entonces joven sindicalista brasileño dijo que ese mismo giro político era el que él pretendía para su partido. Leer más

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El triunfo de la decadencia

Cuando le preguntaron cómo hicieron los dirigentes de partidos tan disímiles para firmar el pacto de la Moncloa, uno de los negociadores respondió: “porque todos estuvimos dispuestos a conceder más de lo que obtendríamos”. Leer más

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Hipocresía de Cristina por la caída de Dilma

La destitución de Dilma Rousseff, ¿fue un golpe de Estado? La acusación de haber maquillado las cifras para ganar la reelección de 2014, traspone la legalidad, porque el juicio político sólo puede abordar la gestión en marcha y no una anterior. Pero las otras acusaciones, si bien descaradas porque apuntan a prácticas que han realizado todos los gobiernos, son válidas para un impeachment. Leer más

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Brasil: los Juegos Olímpicos tapan la crisis

En medio de su crack político, el gobierno de Temer se fortalece con cada partido de las Olimpíadas. Leer más

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