Archivo de Etiqueta Argentina

El objetivo es sembrar miedo

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Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inoculado el miedo al cambio”. En este lúcido pensamiento de Octavio Paz está la clave que, en Argentina, la oposición y la prensa crítica no han detectado aún.

Si bien detectaron la burda campaña de miedo lanzada desde las usinas kirchneristas, consideran que sólo está apuntada a los votos indecisos y la franja despolitizada que votaría a Macri en el balotaje, para persuadirlos mediante el temor de que no lo hagan. En realidad, la campaña del miedo a que gane el candidato de Cambiemos está también, tal vez principalmente, apuntada a las bases kirchneristas. No se trata de convencerlas de que no voten a Macri, porque ya están convencidas de que, aunque a desgano, deben votar a Scioli. De lo que se trata es de enervar esas bases para que sientan un triunfo de Macri como un golpe de Estado que dieron Clarín y Lanata contra el modelo “nacional y popular”, mediante “campañas” mediáticas “contra los candidatos de Cristina”. Leer más

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Las razones de Francisco para posponer su visita a la Argentina

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Las intrigas y embestidas que encuentra en el Vaticano. El papa en su laberinto.

Más vale tarde que nunca. El Papa, finalmente, se dio cuenta de que había una promesa que no podía cumplir sin meterse en un berenjenal. Sabe que la visita a la Argentina es una deuda. Pero también sabe que, en su país, la política es particularmente inescrupulosa y todo se usa para escalar, mantenerse a flote o para arrojar contra el adversario. Hasta un pontífice argentino sirve para mostrarse ganador y bendecido por la gracia del santísimo.

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Cristina, la heroína “egócrata”

Cristina

El ególatra es quien se glorifica a sí mismo, mientras que el “egócrata” es quien, además, convierte su ego en la centralidad del poder. En la “egocracia”, el poder se ejerce desde el ego del gobernante.

“Egocracia” es la palabra que inventó José Nun para describir al gobierno argentino, que para Lula da Silva está dirigido por “una heroína”.

En su libro Sentido común y política , el prestigioso politólogo al que Néstor Kirchner nombró secretario de Cultura de la Nación, habló de “egocracia” para explicar por qué la Presidenta se sitúa sobre las leyes y hace uso arbitrario del Estado, inclusive para denostar a opositores y hacer campaña electoral en las cadenas nacionales.

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Doña Cristina y sus dos maridos

Un rasgo fundamental de su gobierno es el desplazamiento geopolítico de Argentina. Ese será el legado principal de Cristina. La marca mayor de su paso por el poder y el factor determinante de los próximos años.

Los acontecimientos más resonantes de su segundo mandato se explican en ese cambio de ubicación en el tablero mundial. Desde el acercamiento a Irán hasta la base con leyes y militares chinos en la Patagonia, pasando por los acuerdos nucleares y militares con Rusia. En suma, las nuevas “relaciones carnales”.

Al ser reelegida en 2011, la Presidenta enterró una política iniciada por Raúl Alfonsín y restablecida por Néstor Kirchner, tras el desvío que impuso Carlos Menem al alinearse de lleno con Washington: la apuesta a la región, sin maridajes con potencias externas. Leer más

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El País en silla de ruedas

No se trata de afirmar que Irán tuvo que ver con la muerte de Nisman, sino de señalar que es ridículo hacer una lista de sospechosos en la que no figure.

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“Nos amontonamos al­rededor de un auto con 
la radio a todo volumen y por unos cuantos minutos la ciudad se detuvo. Hasta que estalló en aplausos, y abrazos, y emoción cuando terminó”.

Así de conmovedora fue la vivencia que tuvo Gabriela Cerruti al escuchar con un grupo de vecinos la cadena nacional. Para muchos argentinos, igual que para la legisladora porteña, la voz de la Presidenta sonó conmovedoramente esclarecedora; una luz que disipaba la densa oscuridad que ensombreció al país cuando apareció muerto Alberto Nisman.

Esa Argentina vio a una mujer que enfrenta al “enemigo” hasta postrada en una silla de ruedas. 
Le pareció una escena heroica y 
un discurso lógico, irrebatible y movilizador. Parecía sentir lo que habrá sentido la Francia del régimen de Vichy cuando escuchó a Charles de Gaulle exhortándola a ponerse de pie. La movilizó como a los británicos la voz de Winston Churchill pidiéndoles “sangre, ­sudor y lágrimas”.

Esa Argentina vio a una líder con estatura histórica, explicando de manera detallada la conspi­ración iniciada en su primer mandato, con los embates “destituyentes” del poder económico y sus corporaciones.

A los argentinos que aplaudieron y se abrazaron emocionados por el discurso, les pareció adecuado que señalara como presunto autor material del crimen a Diego Lagomarsino; como presunto autor intelectual a Jaime Stiuso y como patrocinador al Grupo Clarín.

La dirigencia, la prensa y la intelectualidad que adhieren al Gobierno nacional ya no hablan de conspiración destituyente sino, directamente, de plan para producir un golpe de Estado.

La muerte del fiscal que denunció a Cristina y a su canciller es el instrumento con que el mismo “enemigo” que inició hace años la guerra económica, informativa y judicial ahora embaucó a un leguleyo bobalicón para que acusara al Gobierno, y luego lo mató para producir la caída de la Presidenta.

De ese modo, el discurso incluyó la muerte de Nisman en la misma teoría conspirativa con que lleva años explicando todo. Y cuando terminó, hubo argentinos que aplaudieron y se abrazaron emocionados. Pero también había otra Argentina paralizada de estupor.

Además de no entender por 
qué lucía de blanco alguien que nunca viste de ese modo, y por qué se veía una silla de ruedas donde debía verse un escritorio, el otro país se espantó escuchándola forzar el artículo 109 de la Constitución (“en ningún caso” un jefe de Estado “puede ejercer funciones judiciales” ni “arrogarse el cono­cimiento de causas”) para marcarle el trayecto de la investigación a la fiscal.

Ese país reparó en la utilización reiterada de la palabra “íntimo” para referirse al vínculo entre la víctima y el supuesto victimario.

Los argentinos que no aplaudieron ni se abrazaron ni se emocionaron cuando terminó Cristina sintieron escozor de que, en lugar de condolerse aunque sea para cuidar las formas, la Presidenta se ensañara con el muerto, cubriendo de sospechas y acusaciones a quien ya no puede defenderse.

Sin Irán

En el universo kirchnerista, ­Nisman era el instrumento de un golpe de Estado y quienes creen 
en su denuncia son golpistas.

En el otro universo, el absurdo discurso no atenuó sino que acrecentó las dudas sobre el Gobierno.

En la dirigencia del disperso campo opositor, algunos no entienden la catástrofe institucional que implica esta denuncia seguida de muerte, mientras que otros vislumbran que el disparo en Puerto Madero dejó al país en el umbral de la violencia política. Pero ninguno señaló una sugestiva ausencia en la lista de sospechosos que enumeró Cristina: el Estado iraní.

Irán no es Costa Rica, sino una potencia que juega fuerte en el tablero estratégico mundial. Su aparato de inteligencia tiene espías en buena parte del planeta y la Guardia Revolucionaria maneja milicias extranjeras, como Hezbollah.

Un área clave de la Guardia ­Revolucionaria es la unidad de ­operaciones especiales Quds, que realiza acciones encubiertas en el exterior. Quds actuó en Pakistán, Líbano, Irak y Afganistán, además de ser señalada por atentados en Europa.

Sus largos brazos habrían llegado hasta Estados Unidos, donde está sospechada de planificar el asesinato del embajador saudita Abdel al-Jubeir.

Si semejante poderío puede estar detrás del atentado en la Amia, por qué descartarlo en la muerte de un fiscal cuya denuncia contra el Gobierno confirma gestiones iraníes ocultas para lograr impunidad en aquella masacre.

Tiene lógica sospechar del turbio servicio de inteligencia local, 
al que el Gobierno destrozó tras una larga manipulación para espiar a propios y ajenos en el país. Pero no tiene lógica excluir de la sospecha a los iraníes señalados por la Justicia argentina.

No se trata de afirmar que Irán tuvo que ver con la muerte de Nisman, sino de señalar que es ridículo hacer una lista de sospechosos en la que no figure.

Sin embargo, en la lista de la Presidenta está un allegado “íntimo”, el agente favorito de Néstor Kirchner y un grupo de medios de comunicación, pero no está la potencia chiíta.

También es curioso que un Gobierno que usa la palabra “ene­migo” para adversarios y críticos no la use para el régimen que presuntamente masacró argentinos 
en 1994.

Sin embargo, al país que se embelesó con el discurso de la Presidenta todo eso le parece lógico.

Por eso el abismo que lo separa del otro país es tan hondo que ­parece no poder cerrarse sin que uno de los dos caiga y se destruya en el fondo.

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En la oscuridad

Primer paso: dilucidar si fue asesinato o suicidio. Segundo paso: dilucidar cuál sería, en este caso, la diferencia entre el asesinato y el suicidio.

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Que haya sido el dedo de un sicario o el dedo del fiscal el que apretó el gatillo, no parece lo más relevante. Lo relevante es el motivo que empujó a ese dedo.

Aunque Nisman se haya suicidado, difícilmente la razón esté en un desencanto amoroso o una tristeza existencial. El fiscal murió pocas horas antes de protagonizar el acontecimiento más importante y sísmico de su carrera judicial: presentar ante el Congreso lo que él consideraba irrefutables pruebas de un delito monstruoso, cometido por el gobierno de Cristina Kirchner.

Por eso su muerte en la noche hizo que Argentina amaneciera a oscuras. Una sombra densa cayó sobre un país donde los crímenes jamás se dilucidan.

Hay dos universos de la literatura detectivesca. En el universo de Arthur Conan Doyle, G. K. Chesterton y Agatha Christie, la oscuridad está en la trama, pero el desenlace siempre trae la claridad con la dilucidación de cada crimen.

El otro universo del género es el de Dashiell Hammett, donde los crímenes quedan sin dilucidar y, por lo tanto, la oscuridad de la trama prevalece triunfal en el desenlace.

La diferencia entre un universo literario y otro es que en el de los autores británicos, no entra el factor poder y el factor corrupción. En cambio en el del novelista norteamericano la corrupción y el poder están detrás de los crímenes y, con sus mil recursos, logran mantenerlos en la oscuridad.

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Una larguísima lista de crímenes irresueltos muestra que Argentina orbita el universo detectivesco de Hammett. Por el poder de las mafias o por la corrupción del poder, muchos asesinatos quedan sin esclarecer.

Y es difícil imaginar que la muerte de Nisman se saldrá de esta regla.

Lo que resulta fácil imaginar es que el kirchnerismo culpará a los enemigos de Cristina, afirmando que solo a ellos beneficia la muerte del hombre que planteó la más grave acusación que se haya planteado contra el gobierno: conspirar para encubrir la masacre de argentinos que provocó un ataque presuntamente perpetrado por una potencia extranjera.

La muerte del fiscal agigantó de manera sideral la, de por sí, inmensa sospecha que su acusación hizo caer sobre el gobierno.

Pero que el gobierno quede como principal sospechoso, no le alcanzará al kirch-nerismo y su aparato mediático para empujar la sospecha hacia el terreno opositor. Sucede que, más allá de la intención que lo decidió a emprender semejante cruzada judicial, estaba claro que era un profesional altamente capacitado. Así al menos lo entendió Néstor Kirchner, cuando en un tiempo sin crisis energética y con necesidad de diferenciarse en todo de su antecesor, el menemismo (que encubrió groseramente la masacre de AMIA), se dispuso a echar luz sobre el caso impulsando la designación de un fiscal preparado y competente.

Argentina ha comenzado a transitar un camino de tinieblas políticas y judiciales. No viene de la claridad, pero la muerte de Alberto Nisman la ensombrece mucho más.

Todo vale a la hora de dudar. En el universo detectivesco de Hammett nunca puede descartarse nada, por sórdido y sombrío que parezca. Pero inevitablemente, la sospecha se volcará primero sobre el gobierno y sobre sus allegados.

El momento (a horas de acusar ante el Congreso a las cumbres del poder) y la forma de esa muerte (sea asesinato o suicidio), parecen dibujar un dedo acusador apuntado en una dirección.

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El pecado de la corrupción

Repetir como un mantra que a los gobiernos populares siempre los acusan de corruptos y que jueces como Bonadio y Ariel Lijo trabajan para el poder económico no tapa la matriz de corrupción que muestra el caso Lázaro Báez.

En la Argentina partida, lo más fácil es pertenecer a uno u otro bando asumiendo sus posiciones como se asume una fe: de manera acrítica.

Creer o no creer, esa es la cuestión. Estar en el kirchnerismo o en el antikirchnerismo implica compenetrarse con un credo. Dudar es pecado y cuestionar es blasfemo.

Se percibe nítidamente en la batalla judicial. Está claro que la Justicia tiene un lado tan oscuro como el ámbito político. Está claro que hay jueces impresentables que han hecho del oportunismo una tabla de salvación o un instrumento de poder. Está claro que señalan, a través de sus fallos y decisiones, la dirección del viento político. Y también está claro que el juez ­Claudio Bonadio da razones para considerarlo del grupo que un día puede ser el escudo de un gobierno y al otro día su verdugo.

Sin embargo, para quienes profesan el antikirchnerismo como una religión, Bonadio y los demás jueces que embisten contra el Gobierno son santos impolutos que sólo merecen devoción.

De todos modos, no hay más ­pensamiento crítico en la feligresía kirchnerista, devota hasta el fanatismo por adicción a un credo bien elaborado. Un credo hecho para apasionar, y junto al cual lo que reza la dirigencia opositora suena a rudimentario paganismo.

Pero esa sofisticación aportada por los teólogos oficialistas no lo hace menos fantasioso. La ficción queda a la vista en dos cuestiones claves: corrupción y economía.

Repetir como un mantra que a los gobiernos populares siempre los acusan de corruptos y que jueces como Bonadio y Ariel Lijo trabajan para el poder económico, no tapa la matriz de corrupción que muestra el caso Lázaro Báez (foto).

Sencillamente, parece más un testaferro enriquecido a través de la obra pública que un abnegado y genial empresario que la apechugó desde abajo.

Sólo una fe ciega, o sea una obnu­bilación, impide ver lo evidente. No hay forma de entender el pago de tantos millones por habitaciones de hotel que permanecieron vacías.

La única manera de entenderlo es como maniobra para transferir ­fortunas, desde un testaferro hacia la caja del jefe.

Báez ni siquiera disfrazó bien esa maniobra. Pudo hacer ocupar las habitaciones premiando a empleados de sus empresas o enviando de vacaciones a estudiantes y maestros, o realizando congresos. Pero en lugar de ocupar las plazas pagadas, las dejó vacías. Casi una ostentación de lavado de dinero.

Y Cristina pudo responder al allanamiento de la empresa Hotesur explicando que fue desmesurado. Pero prefirió mostrar una vez más que se vale del aparato del Estado para apretar a quienes indaguen en la fortuna que se multiplicó desde que el matrimonio Kirchner arribó al Gobierno nacional.

En las democracias donde las instituciones y leyes están por sobre los líderes, que la entidad impositiva o los servicios de inteli­gencia se utilicen para presionar a quienes cuestionan o investigan al líder, sería un escándalo que ­bordearía el juicio político. Ergo, que aquí no pase nada es un síntoma de régimen.

Economía

La otra prueba de fe kirchnerista está en la economía. El credo dice que Cristina está en la buena senda y que la inflación, la recesión, el desempleo y las otras sombras que oscurecen el camino son inventos de la prensa, picotazos de los fondos buitre y cascotes que se desprenden del derrumbe del mundo.

Sin embargo, no hay que re­currir a visiones neoliberales para ver con nitidez que el desenfreno del gasto financiado con emisión monetaria y déficit, más un intervencionismo sin reglas que desalienta la inversión, son causas importantes de esta decadencia.

Un estudio muestra que Vene­zuela y Argentina son los peores países de la región para invertir, mientras que Paraguay y Bolivia son los mejores. A ese estudio, lo hizo la Fundación Getulio Vargas, con más de siete décadas de historia, una calificación que la sitúa entre los mejores think tanks del mundo y con una posición cercana al keynesianismo que certifica el nombre de su fundador: el presi­dente brasileño que impulsó el nacionalismo económico con sustitución de importaciones y políticas sociales.

Otra calificada distinción a Evo Morales, quien con inteligencia designó un ministro de Economía brillante, Luis Arce, al que man­tiene desde el primer día de su pri­mera gestión para que sostenga los superávits en las cuentas públicas, concrete nacionalizaciones sin espantar a la inversión privada y asegure el fortalecimiento del salario y demás ingresos, impidiendo que los devore la inflación.

A la deriva económica del Gobierno, por la creencia presidencial de que Kicillof es el verdadero representante de John Keynes en la Tierra, la señaló también una “vaca sagrada” del neokeynesianismo: Paul Krugman.

Lo trajo el oficialismo para que bendijera el rumbo, pero este lúcido demoledor de la fe neoliberal y del culto a Milton Friedman y Friedrich von Hayek dejó claro que la inflación es un problema grave en Argentina, que las mediciones del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) siguen siendo un fraude y que a la híper-heterodoxia del Gobierno le hace falta una dosis de ortodoxia.

“Yanqui al fin”, mascullarán la feligresía y los sacerdotes del oficialismo, en lugar de analizar la crítica de Krugman. Así es la fe. No la mueve la corrupción evidente y tampoco el entreguismo tan visible en la minería a cielo abierto y en la Ley de Hidrocarburos. Todo sea por “Cristina eterna”. Amén.

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