Rusia va por todo o nada

Un Mig-29 ruso entró al espacio aéreo de Turquía y se encontró con dos F-16 turcos. No estuvo lejos de producirse un enfrentamiento que habría precipitado lo que se teme desde que Rusia se zambulló en la guerra siria: el choque entre dos bloques que pulsean por controlar Oriente Medio.

De un lado, el componente local del duelo es el eje Teherán-Damasco-Hizbolá, al que ha empezado a integrarse la Irak chiíta, tiene como aliados de facto a los peshmergas kurdos y el patrocinio exterior ruso y chino.

Del otro lado el componente local es la entente de Turquía con las monarquías árabes del Golfo, con patrocinio externo de Estados Unidos y Europa.

Norteamericanos y europeos ya actuaban desde el aire, pero la zambullida rusa ha revolucionado el tablero estratégico. El plan de Moscú es proteger el acceso de fuerzas terrestres iraníes para que ayuden al ejército de Bashar al-Asad y a los milicianos chiítas libaneses a extirpar los grupos armados sunitas que intentan demoler lo que queda del régimen.

La ofensiva rusa-iraní necesita el apoyo de Bagdad, y lo tiene. También tiene posibilidades de éxito, pero el riesgo es que una chispa, como la que pudieron producir el Mig-29 ruso y los F-16 turcos, convertiría al Oriente Medio en el epicentro de un conflicto global que se parecería demasiado a la tan temida Tercera Guerra Mundial.

Vladimir Putin entendió que si cae lo que queda del régimen, no sólo pierde la base naval en Tartus que la URSS logró a principios de la década del setenta, acordando con Hafez al-Asad, padre del actual dictador sirio. También pierde el último aliado que le queda en el territorio árabe y, con él, toda influencia en ese nudo gordiano geoestratégico que es Oriente Medio.

Por eso movió su ficha y puso en jaque a norteamericanos y europeos, atados por sus aliados turcos, sauditas y qataríes a priorizar la caída de Bashar al Asad por sobre la urgente necesidad de acabar con ISIS, el Frente al Nusra y las demás milicias salafistas y wahabitas, que perpetran una limpieza étnica de chiítas, cristianos, drusos, kurdos y alauitas para instalar un califato sunita en Siria, Irak y el resto del Levante.

El riesgo de una conflagración en gran escala es grande, pero también es posible que EE.UU. y Europa entiendan que Rusia está dispuesta incluso a negociar un cambio de gobierno en Siria, siempre y cuando no desproteja a la cúpula del régimen.

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