Rusia entre Putin y Kalashnikov

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Tomó el fusil y saltó del tanque para repeler la emboscada que diezmaba su batallón. Pero cayó en el lodo y, cuando se incorporó para disparar, el arma estaba atascada por el barro.

Los soldados alemanes acribillaron a sus camaradas y lo hirieron gravemente, sin que su fusil disparara una sola bala.

La impotencia se hizo obsesión y, en el hospital donde curaban las heridas que le dejó la Segunda Guerra Mundial, Mijail Kalashnikov diseñó el fusil más resistente al barro, la arena y el agua.

Así nació el AK-47, célebre fusil cuyo creador acaba de morir a los 94 años.

La noticia habrá caído mal a Vladimir Putin, porque admiraba a Kalashnikov, pero también porque su muerte desplazó en la prensa rusa a las excarcelaciones que, en el mismo puñado de días, dictó para lavar su imagen.

El rostro siberiano del padre del legendario fusil, desplazó en las portadas y en los noticieros a la amnistía que liberó al ex magnate petrolero Mijail Jodorkovski y a las rebeldes de la banda punk Pussy Riot; la medida con la que el presidente de Rusia procura parecer magnánimo y restar argumentos a quienes lo describen como un autócrata implacable con los que disienten.

Posiblemente, a Putin le gustó esa novedosa sensación que conoció meses atrás en el escenario internacional, cuando muchos lo describieron como un pacifista por haber mediado para que el régimen sirio entregue su arsenal químico.

En rigor, hasta que Obama anunció un ataque en represalia por una masacre química, Putin había armado, financiado y apañado al criminal aparato militar de Bashar al Assad. Pero las loas que ingenuamente le dispensaron, lo tentaron con reforzar su nueva imagen mostrándose bondadoso también puertas para adentro.

Por eso indultó al millonario que ya llevaba seis años encarcelado por delitos empresarios que posiblemente cometió, pero que pesaron en su contra recién cuando enfrentó al jefe del Kremlin.

En cuanto a las Pussy Riot, es difícil ver magnanimidad y tolerancia en quien las había hecho encarcelar bajo acusación de blasfemia. Ese “delito” medieval se ocultaba tras la palabra “vandalismo” que aparecía en la sentencia dictada por haber “profanado” una iglesia, con un concierto de protesta contra el duro presidente.

Difícilmente pueda lavar con una amnistía su imagen de intolerante, ante un mundo que vio morir asesinados a disidentes como Alexander Litvinenko y Ana Politkovskaya.

La ilimitada ambición de Putin contrasta con el inventor que nunca cobró regalías por los millones de fusiles vendidos en el mundo.

Por eso Rusia no despidió a Kalashnikov como creador de un arma, sino como el soldado al que inspiró la impotencia de intentar defender a sus camaradas con un fusil atascado.

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