Palabras y acciones

Los impulsores del terrorismo por correo son científicos locos. Con el seudónimo Unabomber, el matemático Theodore Kaczynski envió cartas-bomba que hacía en una cabaña solitaria de Montana.

Desde una posición anarcoprimitivista le había declarado la guerra al avance tecnológico. Después, por razones aún más confusas, el microbiólogo Edward Ivins envió cartas con ántrax.

Quienes ahora mandaron los paquetes-bomba no son científicos locos. La posible perturbación mental que los motiva sería diferente, porque los destinatarios de sus envíos tienen identidad política definida.

Barak Obama y Hillary Clinton son las máximas figuras de la oposición. Y CNN es la cadena a la que Donald Trump ataca permanentemente.

Los otros destinatarios de las bombas fueron John Brennan, jefe de la CIA en la administración Obama, y Erick Holder, fiscal general del mismo gobierno.

La policía secreta atajó también una encomienda explosiva para George Soros, uno de los principales aportantes de la campaña demócrata para los comicios legislativos de noviembre.

El mensaje de muerte a Soros estuvo precedido por una ola de ataques en las redes sociales, acusándolo de financiar la caravana que marcha desde Honduras.

En las cercanías del presidente temen que el caudaloso río humano tenga un efecto negativo, como “la crisis de los marielitos”; aquella ola de balseros cubanos que en 1980 desestabilizó al gobierno de Carter.

Por eso, mientras el vicepresidente Pence acusaba al chavismo de financiar la caravana para perjudicar a Trump, los voceros más exasperados del magnate acusaron a los demócratas, a la CNN y a Soros de estar detrás del río humano que avanza hacia Estados Unidos.

Esto no implica que Trump o el Partido Republicano estén detrás de la ola de acciones criminales. Lo que parece indudable es que, si desde la máxima autoridad del país se irradia constantemente un mensaje cargado de odio a opositores, a críticos y a grandes medios de comunicación, es normal que las mentes exaltadas y los espíritus violentos se sientan autorizados a actuar contra los señalados por el dedo acusador de sus líderes.

Ocurre en la Venezuela tiranizada por el chavismo y en todos los países con líderes demagogos que desde el poder dividen a sus pueblos entre amigos y enemigos.

Las palabras y los gestos portadores de violencia, cuando provienen de un liderazgo fuerte, habilitan las acciones violentas de quienes comparten las fobias de su líder. Tan así es que hasta cabe la sospecha de que a esta tanda de correos letales la haya organizado algún enemigo de Trump, para victimizar a los demócratas y a otros señalados por ese discurso agitador de instintos oscuros y violentos.

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