El sucesor resistido

No son muchos los políticos que debieron desistir de una candidatura con todas las encuestas vaticinándoles el triunfo.

Nadie sabe qué se siente en semejante circunstancia, pero es comprensible que Lula se haya aferrado a su postulación hasta la última instancia. Más aún si esa segura victoria le hiciera posible recuperar su libertad.

A sólo un par de horas de vencer el plazo de inscripción de fórmulas, el ex mandatario anunció, finalmente, la candidatura presidencial de Fernando Haddad. Si el plazo vencía, el PT quedaba fuera de competencia.

La resistencia a deponer la candidatura fue tan grande, que la renuncia fue llegando en dosis. En la mañana del último día, hubo una carta del líder PT que deslizaba un reconocimiento implícito de la sucesión en la fórmula presidencial. “Mi voz es la voz de Haddad”, decía en una línea. Horas más tarde, la admisión del sucesor como cabeza de lista se hizo explícita e inequívoca.

Pero..¿era realmente Lula quien se aferraba a una candidatura que ya había sido institucionalmente sentenciada?

Fue el ala sindical del partido la que se aferró con más fuerza a la esperanza de que, al cabo de tantos recursos interpuestos en todas las instancias existentes, alguno lograría salvar la postulación del líder que proviene del gremialismo metalúrgico.

Ese sector sindical presionó a los juristas del PT para que buscaran por todos los medios salvar la candidatura de Lula.

El esfuerzo traspasó fronteras razonables, porque dejó al partido sin fórmula clara cuando la campaña electoral ya estaba lanzada. ¿Por qué tanta insistencia? Entre otras razones, porque el PT no es un cuerpo homogéneo y Haddad representa a sectores que nada tienen que ver con el poderoso brazo sindical.

Los jefes del aparato gremial del partido sienten que, si ese miembro del sector intelectual venciera, para ellos la realidad no sería tan diferente que con la victoria de cualquier otro candidato, con excepción de Bolsonaro, el ultraderechista que amenaza con una ola de macartismo.

La pregunta es si el sindicalismo petista pondrá, de ahora en más, toda la energía que se reservaba para una campaña de su líder natural. Lula querrá que inviertan en el nuevo candidato la misma energía electoral que habrían invertido en él, porque de llegar al Planalto quien fue su ministro de Educación y alcalde paulista, habrá una esperanza de ser liberado por un indulto presidencial.

La otra pregunta es si el PT está aún a tiempo de hacer que Haddad succione la masa de votos que arrastra Lula. En la caza de ese caudal de sufragios, el socialista Ciro Gomes picó en punta.

De momento Gomes, quien inició su carrera política en la centroderecha y desembocó en la centroizquierda que no se deja absorber por el PT, es quien se perfila para acceder al ballotage. Y quien logre disputar la segunda vuelta con Bolsonaro, lo más probable es que la gane.

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El éxodo venelozano dispara una ola de xenofobia latina

La diáspora venezolana empieza a ser blanco de ataques, mientras la hostilidad crece en el discurso político y comienza a cerrarles puertas.

Es un éxodo de rasgos bíblicos. Como los judíos que salieron de Egipto, miles de venezolanos atraviesan diariamente las fronteras a pie. Las interminables caravanas permiten medir la dimensión de la tragedia. Pero dejar atrás el país secuestrado por una calamitosa dictadura, no pone fin a la pesadilla. Sobre esa marea errante se abaten otras tragedias, que también evocan desventuras del pueblo hebreo.

Los que cruzaron las fronteras con Brasil llevan meses sufriendo ataques que pueden ser llamados pogromos. Con esa palabra se denominó a los multitudinarios y en muchos casos espontáneos ataques de hordas eslavas contra las aldeas judías en Ucrania, Polonia, Bielorrusia, Moldavia y el Este de Rusia, desde fines del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX. A renglón seguido, comenzaron los pogromos en las ciudades centroeuropeas, entre los cuales sobresalió cruelmente la “kristallnacht” (noche de los cristales rotos), que fue la alarma alemana del genocidio que preparaba el III Reich.

A pesar de semejantes antecedentes históricos, la prensa y las sociedades de Latinoamérica no reaccionan con el estupor que debieran generar los pogromos que están sufriendo los venezolanos en el estado brasileño de Roraima. Habitantes de los pueblos cercanos a la frontera se abalanzan con palos, piedras y antorchas contra los albergues atestados de inmigrantes. En la ciudad de Pacaraima incendiaron instalaciones y golpearon a los refugiados, dejando muchos cientos de heridos y más de mil personas perdidas en las selvas donde se internaron para escapar de sus atacantes.

No sólo el miedo que se apodera de los pobres en el noroeste brasileño convirtiéndolos en linchadores de otros pobres, es responsable de los pogromos padecidos por esa ola de inmigrantes que llega desde Venezuela. También es responsable el gobierno que encabeza Michel Temer. La vasta geografía del país más grande de toda América Latina podría absorber fácilmente la inmigración venezolana. Al comenzar el desborde en la frontera, Temer prometió organizar una distribución eficaz de esa gente entre los estados más ricos de ese gigantesco territorio. Pero evidenciando una incompetencia pasmosa, el turbio personaje que se apoderó de la presidencia no organizó absolutamente nada. Por el contrario, lo que hizo fue militarizar las fronteras para blindarlas, impidiendo que sigan entrando a Brasil multitudes que huyen desesperadas del hambre, el crimen y el autoritarismo.

La mayor parte de esa ola inmigratoria pudo ser absorbida por el rico Estado de Sao Paulo. Pero la ineptitud de Temer la dejó acumularse en un Estado pobre, como Roraima, al que ni siquiera le envió los fondos necesarios para sostener la ayuda humanitaria y crear los albergues que hacen falta para acoger a una inmigración que ya supera el diez por ciento de su propia población.

Ante la ineptitud del gobierno federal de Brasil, se multiplican los pogromos y también los discursos xenófobos. Suely Campos, gobernadora de Roraima y líder del Partido Progresista (PP) es un ejemplo de la “lepenización” de la política brasileña. Así como el ultraderechista francés Jean Marie Le Pen (y más tarde su hija Marine) comenzó a amasar una inmensa masa de seguidores arengando a los franceses de las clases más vulnerables contra los inmigrantes que llevan décadas llegando desde Africa y el Oriente Medio, cientos de políticos brasileños están adoptando el discurso de hostilidad contra los inmigrantes venezolanos, para cosechar los votos que los depositen en escaños, alcaldías o gobernaciones.

Incluso para buscar la presidencia está resultando útil el discurso de odio al inmigrante, culpándolo por problemas locales como la pobreza y la falta de empleo. Jair Bolsonaro, el impresentable ultraderechista que está segundo en las encuestas sobre las elecciones presidenciales de octubre, llegó al absurdo de prometer que si triunfa en el comicio sacará a Brasil de las Naciones Unidas para que se libere de cumplir sus acuerdos de asistencia humanitaria.

El crecimiento del discurso xenófobo debe ser tomado en serio. En Europa está poniendo en jaque a gobernantes exitosos, como Angela Merkel. Ella y los socialdemócratas están obligados a gobernar en coalición ante el crecimiento de la ultraderecha con reflejos nazis. En Francia, Macron tuvo dejar el Partido Socialista y disfrazarse de anti-sistema para evitar que el Frente Nacional se adueñara del gobierno. En Italia, Matteo Salvini, un ultraderechista que hizo del miedo y la aversión a los refugiados su principal arma política, es el hombre fuerte del gobierno que está actuando de manera criminal y cruel con miles de familias que intentan desembarcar. Al frente de Austria está Sebastián Kurz, un joven inspirado en el extremismo xenófobo de Jörg Haider. El poder de Viktor Orban en Hungría se refuerza con su política anti-inmigrante. Polonia sigue en manos de las ideas ultranacionalistas de los hermanos Kaczynski y los británicos quedaron atrapados en el laberinto del Brexit por escuchar a los demagogos que prometían, entre otras cosas, cerrar las puertas a la inmigración ni bien abandonaran la Unión Europea.

Las inmigraciones producen xenofobia incluso en sociedades tolerantes y democráticas como la de Costa Rica, donde se está multiplicando el discurso de rechazo a los refugiados nicaragüenses que huyen de la represión de Daniel Ortega.

En el caso de dirigentes y gobernantes xenófobos, la lista de ejemplos es mucho más larga e incluye casos como el de Donald Trump, quien conquistó la Casa Blanca prometiendo amurallar Estados Unidos contra los mexicanos y demás inmigrantes que lleguen desde “los agujeros de mierda” del mundo. Y en Sudamérica no sólo Brasil ve crecer el discurso antiinmigrante mientras el gobierno empieza a cerrar puertas a los venezolanos. Ecuador y Perú también comienzan a ponerles trabas burocráticas, al tiempo que la hostilidad va creciendo en el discurso de muchos dirigentes políticos.

La historia se dio vuelta y algunos países pagan con ingratitud su deuda con la nación venezolana. Al fin de cuentas, en la segunda mitad del siglo XX, la democracia de Venezuela daba asilo de manera solidaria a los miles de los exiliados que producían las dictaduras que rodeaban el país caribeño. Ahora, la dictadura inepta y corrupta que impera en lo que había sido, aunque con defectos, una solidaria democracia insular en un mar de tiranías, genera la diáspora que busca subsistir en los países cuyos sistemas, aunque con defectos, pueden llamarse democracias. Pero los brazos abiertos que la marea de inmigrantes encontraba en los comienzos del éxodo, empiezan a cerrarse. Y mientras los emigrados se van amontonando en tierras de nadie situadas junto a fronteras cada vez más entornadas a su paso, en Caracas, Nicolás Maduro sigue haciendo shows televisivos con aplaudidores que ovacionan sus anuncios desopilantes.

Enajenado de la realidad, el presidente gesticula mientras muestra los nuevos billetes, tan carentes de valor como los que fueron reemplazados; o muestra el símbolo de una criptomoneda que sólo tiene valor en las mentes afiebradas de los jerarcas chavistas; o exhibe pequeños lingotes de oro destinado a “los ahorros” de una sociedad que casi no puede alimentarse ni curarse.

Maduro sigue apareciendo en pantalla, dando explicaciones que resultan delirantes, mientras las rutas de salida de Venezuela parecen los caminos donde hormigueaban los albaneses que cruzaban las fronteras hacia Montenegro, tras ser expulsados de su tierra: Kosovo.

El jefe chavista es el Slobodan Milosevic de las caravanas de caminantes que recorren el camino hacia la posibilidad de supervivencia. La multitud deambula mientras la intolerancia crece en los países a los que ingresan. Allí, la demagogia de los políticos va girando hacia la xenofobia.

Al discurso crecientemente hostil de los demagogos, lo acompaña el silencio de las dirigencias de muchos países que han tenido relaciones íntimas con el chavismo. Gobiernos y partidos en todos los rincones del subcontinente recibieron petróleo venezolano subsidiadísimo, o dinero desviado de las arcas venezolanas para financiar campañas electorales; o turbios y suculentos negocios que pudieron hacer en Caracas. Esas dirigencias callan mientras continúa una de las peores diásporas de la historia sudamericana. Callan mientras Maduro desvaría ante las cámaras y, como el presidente de Nicaragua, usa fuerzas militares, paramilitares y aparatos de inteligencia para que su régimen se mantenga a flote en medio del naufragio nacional.

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España se pone revisionista y barre la herencia de Franco

Lo que implica para el país europeo la decisión de desalojar al dictador de su tumba en el Valle de los Caídos.

Será la tercera muerte de Franco. La primera ocurrió aquella madrugada de noviembre del 75, cuando se detuvo el corazón del anciano dictador en una habitación del hospital La Paz. La segunda fue cuando el Borbón que había elegido como sucesor para mantener en pie su régimen, lo traicionó convirtiendo España en una democracia y legalizando a las fuerzas políticas que él demonizaba. Y la tercera muerte del “generalísimo” ocurrirá en los próximos meses, cuando finalice la vida simbólica que aún le quedaba: su tumba en el Valle de los Caídos.

España dará un paso histórico. Su democracia lleva cuatro décadas a la sombra del monumento que rinde culto a una dictadura. Cuando en 1940 ordenó la construcción del mausoleo que corona la sierra de Guadarrama, Francisco Franco justificó los costos de esa obra faraónica diciendo que sellaría la unidad de la nación que se había partido en la guerra civil, porque allí yacerían combatientes de ambos bandos enfrentados. Pero mentía.

En realidad, lo que había comenzado a construir era su propio monumento, de grandilocuencia acorde a su megalomanía y a su deseo de eternizarse y de prolongar su régimen autocrático. No sólo era falso que la obra, concluida en 1959, pretendiese reconciliar las dos Españas que se habían desangrado entre 1936 y 1939. Lo que pretendía “el caudillo” era todo lo contrario: perpetuar en la dimensión simbólica la derrota de los republicanos. El imponente mausoleo simbolizó el pie del triunfador sobre el cadáver del vencido.

Los combatientes republicanos que yacen en esa montaña, fueron exhumados de fosas comunes y enterrados allí sin consentimiento de sus familias. La construcción de la abadía, su gigantesca cruz y las tumbas, demandó casi 20 años y el trabajo forzado de miles de presos políticos. Al menos quince republicanos murieron allí, como mano de obra esclava.

Con la escusa de levantar un monumento a la “reconciliación de España”, Franco levantó su propio monumento. El homenaje arquitectónico a su victoria y a su larga dictadura. La sola existencia del Valle de los Caídos constituye un agravio a la democracia, porque el hombre al que rinde culto fue cruel en los campos de batalla y cruel en el ejercicio del poder.

Masacrar y torturar para sembrar terror fue el método que utilizó, primero, en la Guerra del Rif, y luego en la guerra civil. Siendo un joven oficial, hizo que las divisiones de la Legión Española que comandaba en Marruecos perpetraran atrocidades contra las tribus que se habían rebelado en las montañas del norte del país africano. Las mismas técnicas de terror utilizó cuando el gobierno de la República lo convocó, en 1934, para sofocar la insurrección obrera en Asturias. Y luego en los seis años de la guerra que inició en 1936 contra el Estado republicano.

Por cierto, la otra parte también cometió excesos y, de haber ganado, es posible que el sector apoyado por Stalin hubiera cambiado la república por el totalitarismo. Pero el que triunfó fue Franco. Fue él quien instaló un Estado fascista, lo alineó lo Hitler y Mussolini, sobreviviendo a las derrotas de Italia y Alemania gracias a su habilidad diplomática.

La dictadura de Francisco Franco no fue menos cruel que sus técnicas de guerra. Censura, fusilamientos y persecución ideológica. Esa crueldad está homenajeada en el Valle de los Caídos.

Levantar la lápida de 1500 kilos para sacar el sarcófago de Franco no completa el desagravio a la democracia que implica su mausoleo. Para muchos españoles, también habría que exhumar los restos de José Antonio Primo de Rivera, el ideólogo del falangismo, que es la versión española y ultra-católica del fascismo.

El gobierno encabezado por el PSOE considera que Primo de Rivera, quien había girado hacia la moderación y el diálogo en sus últimos meses de vida, al haber sido fusilado por republicanos al inicio de la Guerra Civil también debe ser considerado víctima de aquel conflicto.

Lo que sí habría que remover para que esa tumba colectiva sea verdaderamente un monumento que reconcilie a las dos Españas, es la abadía y la cruz de 150 metros, posiblemente la más alta del mundo. Además de cuestionar la monarquía, si algo unificó al arco político republicano, que abarcaba desde liberales hasta anarquistas y marxistas, era la secularidad en la concepción del Estado.

En ese país creado por dos reyes fundamentalistas que conquistaron el territorio con inquisición y “guerra santa”, el espíritu republicano contenía la convicción de que la iglesia debía separarse del Estado. En ese espíritu convivían católicos partidarios del laicismo político, con agnósticos y ateos. Mientras que la ideología falangista que los derrotó a sangre y fuego era una mezcla de corporativismo fascista y nacionalismo ultra-católico.

La dictadura de Franco impuso una constitución confesional, claramente diferenciada de las constituciones laicas y las eclécticas. La iglesia católica fue parte del Estado que imponía un moralismo censurador. Es por eso que, un monumento verdaderamente reconciliador, no debiera tener símbolos religiosos, y en particular católicos, como rasgo arquitectónico dominante. Esos símbolos representan sólo a uno de los bandos. Por lo tanto implican dominación, no reconciliación.

También habría sido mejor que a la decisión de sacar a Franco del Valle de los Caídos la hubiera acordado todo el arco político. Mariano Rajoy y el PP tuvieron la gran oportunidad de haber redimido ante la historia a la fuerza política que desciende del falangismo franquista a través de Manuel Fraga Iribarne. Perdieron la posibilidad de hacerlo en el 2017, regalándole a Pedro Sánchez la lapicera para inscribir su nombre en un capítulo histórico.

El actual jefe de Gobierno no llegó al cargo por el voto de la gente sino por el voto de censura a Rajoy. Se apoya en una minoría ínfima que le da muy poco margen de maniobra. Pero para realizar la exhumación que lo dejará en la historia, le alcanza con el apoyo parlamentario de la izquierda anti-sistema (Podemos), sumada al que le darán, sin dudarlo, los partidos catalanes y vascos, representantes de las dos comunidades que más padecieron el centralismo castellanizante de Franco.

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Déficit de autocrítica

Mostró una actitud distinta. Manejó de otra manera las pausas y los énfasis. Pero en algunas cuestiones sustanciales, Mauricio Macri repitió falencias. Por caso, una descripción de las causas del tembladeral en la que el peso recae sobre los factores externos y sobre la demagogia oportunista que han mostrado muchos dirigentes opositores, a lo que se sumó el “efecto cuaderno” que le mostró al mundo la radiografía del gigantesco y voraz tumor de corrupción que ha padecido la Argentina.

Todo eso es parte de la explicación, pero si el gobierno tuvo que encerrarse un fin de semana en la quinta presidencial de Olivos a reinventarse y volver sobre sus pasos en muchas de sus políticas y convicciones, es porque ha cometido muchos más errores que los tímidamente admitidos, y porque, hasta la eyección del dólar hacia la estratósfera, todo el gabinete estaba más desconectado de la realidad que con los pies en la tierra.

El discurso del presidente tuvo más gesticulación que contenido profundo. También tuvo más señalamientos de las culpas ajenas que admisión de las culpas propias. Una faltante que, en esta instancia, expresa negligencia y la persistencia del ensimismamiento que arrastró al gobierno hasta estas encrucijadas.

Por cierto, la autocrítica es un déficit que no tiene solo el gobierno de Macri. El kirchnerismo recurre a sus conocidas ecuaciones ideológicas para liberarse de toda culpa satanizando al “macrismo neoliberal”, mientras el resto del peronismo actúa como si no tuviera nada que ver con la patológica debilidad económica y la desconfianza que el mundo le tiene a la Argentina. Los medios de comunicación electrónicos cubren los sismos financieros con un sensacionalismo frenético que potencia el pánico social y las escaladas del dólar. La especulación política y periodística es la regla, no la excepción. También lo son la irresponsabilidad y el oportunismo. La justicia, la prensa, las dirigencias sectoriales, la casi totalidad de los políticos y el gobierno que encabeza Macri, son los componentes de una ecuación con resultado negativo. Todos debieran hacer una autocrítica de dimensión oceánica y nadie la hace. Argentina es el país donde todos señalan con dedo acusador y nadie se golpea el pecho. Pero ayer, en su discurso, el que tenía más obligación de golpearse el pecho que de apuntar el dedo acusador, era el presidente. No lo hizo.

Anunció medidas significativas pe-ro menos que las esperadas. Y sobre la reformulación del gobierno eliminan-do y fusionando ministerios, llama la atención que en un equipo que cometió tantos errores, el “director téc-nico” haya realizado más cambios de posición y de roles, que cambios de jugadores.

Con la misma gente, Macri empieza otro partido. Los ojos del país siguen puestos en el dólar.

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Lo niego todo, incluso la verdad

Hay seguidores de Cristina que, entre la evidencia y su creencia, siguen eligiendo su creencia.

El país ya tiene la biopsia y la radiografía del tumor de corrupción que saqueó arcas públicas durante 12 años. Fue una estafa al Estado, que se operó con anestesia ideológica. Pero la biopsia y la radiografía no deben actuar como una nueva anestesia, en este caso durmiendo a la sociedad frente a un ajuste inconducente que, además de estrangular a la economía, podría amputar a la universidad pública y la investigación científica.

La anestesia ideológica que inoculó el kirchnerismo logró que una porción de la sociedad no percibiera los síntomas del carcinoma de corrupción que, para el resto de la sociedad, resultaban perceptibles. Aun con la avalancha de pruebas que alcanza para sepultar cualquier duda, hay seguidores de Cristina que, entre la evidencia y su creencia, siguen eligiendo su creencia.

Ahora, el riesgo es que el torrente de pruebas anestesie a dirigentes y seguidores de Cambiemos haciéndoles creer que el fracaso de Mauricio Macri en la economía es sólo culpa del saqueo y de la demagogia del gobierno anterior.

Si bien fue la peor de las muchas estafas perpetradas al Estado, la deriva económica del actual Gobierno también se explica en su propia ineptitud, la soberbia que lo ensimismó y la pasmosa inacción que muestra ante el derrumbe del consumo por la escalada de los precios.
El ojo de Naipaul

Ni el récord de corrupción que batió el matrimonio Kirchner ni las cegueras y odios que producen las anestesias ideológicas en Argentina habrían sorprendido a Vidiajar Naipaul.

Si a ese gran escritor británico la agonía no le impidió enterarse de lo que ocurre en el país al que describió como eterna víctima del pillaje, nada debió haberle asombrado. Al huraño premio Nobel de Literatura le tocó morir justo cuando el país que conoció en la década de 1970 empezó a supurar ríos de evidencias de una corrupción descomunal.

La infección era perceptible desde hace tiempo, pero la volcánica erupción de pruebas que derrumbaba el muro de silencio empresarial se produjo justo cuando la vida de Naipaul se apagaba.

El escritor que trascendió por novelas como Una casa para Mr. Biswas también fue prolífico en el terreno del ensayo cultural y sociológico. Además de lo que escribió sobre el colonialismo y sobre el Islam, su paso por Argentina dejó análisis que parecen escritos a la luz de fenómenos actuales como la corrupción kirchnerista y “la grieta”.

En el ensayo El retorno de Eva Perón, Naipaul describió a la Argentina setentista como un país dividido por el odio, en el que las partes enfrentadas justificaban la exclusión violenta de la contraparte. Y en otro ensayo, titulado A country for plunders (Un país para saqueadores), sostuvo que “ser argentino es habitar un mundo mágico y debilitante”.

En un diálogo de 2001 con el escritor Rodolfo Rabanal, ese pensador liberal que aborrecía las “ideas fijas” de los dogmas religiosos y políticos, describió lo que, en este tiempo, los argentinos llaman “la grieta”. Habló de un país que no tiene “debate verdadero” sino “sólo pasión y jerga”, usando el término “jerga” como sinónimo de lenguaje de consignas; eso que en estos años los argentinos llamamos “relato”.

Naipaul explicó que “la jerga (el relato) transforma la realidad en abstracción” y que “donde ella se impone, sólo existen enemigos”.

Se refería a la Argentina setentista, aunque también describía la de ese momento y la de la década siguiente. “Las pasiones todavía prevalecen… aniquilando toda razón”, afirmó.

No todo lo que decía era lúcido y valioso. Su misoginia y sus mezquindades para con otros escritores resultaban despreciables. Pero Argentina le dio la espalda por las incómodas observaciones que escribió sobre el país.

Asomarse a ellas ayuda a entender fenómenos como la adicción a las anestesias ideológicas. Por caso, las que hacen que muchos seguidores de Macri sigan creyendo que a esta deriva económica la explica sólo el saqueo y la demagogia kirchnerista con el aporte de la sequía y la crisis turca, y en absoluto la evidente ineptitud del Gobierno macrista. Y que muchos de los seguidores de Cristina sigan eligiendo la creencia propia por sobre la evidencia objetiva. Aun teniendo ante sus ojos la biopsia y la radiografía del peor tumor de corrupción padecido por el Estado argentino, prefieren creerle a ella cuando, como Joaquín Sabina, lo niega todo, “incluso la verdad”.

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El héroe de la dignidad

En la historia hay personajes viles que ganaron guerras en vida, pero perdieron batallas cruciales ya muertos. Y también muestra héroes de la dignidad que perdieron guerras en vida y ganaron cruciales batallas al morir.

En el primer grupo está Francisco Franco, ganador con su estrategia de terror en la Guerra del Rif y en la Guerra Civil española; pero derrotado post-mortem, primero con el entierro de su régimen para nazca una democracia, y ahora con el desalojo de su tumba del Valle de los Caídos, para que deje de ser el “monumento a una dictadura”.

En el segundo grupo está John McCain, capturado en la guerra de Vietnam y derrotado en comicios presidenciales, pero ganador de su batalla personal contra Donald Trump. A esa batalla la ganó al morir porque estadistas del mundo, la sociedad norteamericana, la prensa y los principales referentes demócratas y republicanos, lo despidieron como un héroe de guerra y de la dignidad política.

Esos heroísmos lo convierten en la contracara de Trump, quien eludió combatir en Vietnam pero se atrevió a negar que el senador de Arizona fuese un héroe porque el vietcong lo había capturado. Es cierto. Pasó cinco años en un campo de concentración tras el derribo de su avión, y muchas veces rechazó ser liberado, eligiendo permanecer en ese infierno carcelario hasta que todos los prisioneros norteamericanos fuesen liberados.

También fue heroico en la derrota política. Con Barak Obama arriba en las encuestas, desmentía las calumnias que las usinas conservadoras lucubraban para difamar al candidato demócrata. “Eso no es verdad. Obama es un hombre digno”, decía ante un público republicano que lo escuchaba perplejo.

Después enfrentó a Trump. Pocos republicanos se atrevieron a denunciar los desbordes racistas del presidente y las envestidas que debilitaron la relación de Washington con sus aliados. Y ningún conservador se atrevió a decir que la actitud de Trump hacia Rusia “es una vergüenza”.

El único que alzó la voz fue John Sidney McCain III, el senador que redactó la lista de invitados y de oradores en su funeral, dándole la palabra a Obama y al último vicepresidente demócrata, Joe Baiden.

No haber invitado a las ceremonias a quien fue su compañera de fórmula, Sarah Pailin, fue su modo de autocriticarse haber aceptado una imposición del Tea Party. Pero en la batalla final, enarboló sus banderas de diálogo y consenso, contra el extremismo y la intolerancia que expresan los ultraconservadores y Trump.

La mayor victoria de su muerte fue visibilizar el contraste entre la vileza del presidente que censura una condolencia del gobierno por elogiar al senador, con la lluvia de mensajes destacando la honorabilidad, heroísmo y dignidad de McCain. El guerrero que, antes del fin, disparó contra la imagen de Trump con una bala de plata: prohibirle estar en su funeral.

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Turbulencias que sacuden al Papa

De todos los contratiempos que pasó en su viaje a Irlanda, el peor no fue enterarse en Dublin de la carta en la que el arzobispo Viganó le exige la renuncia al Trono de Pedro, acusándolo de encubrir los delitos sexuales contra niños del cardenal Theodor McCarrick.

Carlo María Viganó expresa un sector recalcitrante de la curia; es un acusador serial que pocas veces prueba sus altisonantes denuncias y destila una homofobia que lo lleva al aberrante desvarío de considerar que los sacerdotes pederastas actúan así porque “son homosexuales”.

El problema del Papa es que también él es homofóbico. Lo demostró cuando era cardenal, diciendo que el matrimonio igualitario es un “plan de Satanás”. Y ahora volvió a demostrarlo en el avión que lo llevaba de regreso a Roma, al sugerir que los niños que muestran síntomas de homosexualidad deben recibir tratamiento psiquiátrico.

Al tsunami de indignación que generó ese comentario, lo agravó un burdo intento de ocultarlo. El Vaticano borró esa frase de la transcripción que hizo del diálogo entre Francisco y periodistas en el avión.

La adulteración de lo dicho por el Papa minó aún más la confianza del mundo hacia la cúpula eclesiástica. La razón que lleva décadas socavando esa confianza es “el pecado estructural” de la iglesia: la pedofilia.

Ese flagelo lo llevó a Irlanda buscando recuperar la diluida influencia de la iglesia sobre el pueblo que, a partir de San Patricio, hizo del catolicismo un rasgo de identidad nacional. Pero lo que encontró Francisco fueron duras críticas contra la protección del clero a los sacerdotes pederastas, además de un cuestionamiento lapidario del primer ministro irlandés.

Leo Varadkar, el hombre que llegó al gobierno tras admitir públicamente su homosexualidad, le dijo al Papa que ya no alcanzan sus pedidos de perdón, porque lo que se necesita “no son palabras, sino acción”. Y la única acción posible frente a un mal que constituye la regla y no una excepción, es la reforma de la estructura institucional que incuba pedofilia desde hace siglos.

Esa reforma pasa por debatir el celibato, que terminó de instituirse en el Concilio de Trento del siglo XVI, que también decidió restaurar la inquisición, y tiene como principal antecedente el II Concilio de Letrán del siglo XII, que además decidió la excomunión de los laicos que no pagaran diezmos, y prohibir a monjes, sacerdotes y diáconos el estudio de “materias profanas como la medicina”.

Pero la reforma imprescindible es la que termine con una estructura de poder terrenal que tiene el instinto medieval de gravitar sobre el Estado y mantener a sus miembros al margen de la Justicia secular.

A esa reforma sólo puede impulsarla un Papa de vocación verdaderamente transformadora. Y ese no parece ser el caso de Francisco.

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La peor de las estafas

El esquema de corrupción que sacude a la Argentina es como un tumor cuya existencia casi todo el país percibía pero una parte del país negaba.

Estaban los síntomas y eran perceptibles. Muchos en la prensa y la sociedad los describían, mientras otros muchos en la sociedad y la prensa los desmentían.

Lo que está ocurriendo desde la aparición de los cuadernos del chofer que transportaba fortunas y su inmediata consecuencia, la ola de confesiones de empresarios y funcionarios arrepentidos, es que ahora la sociedad tiene ante sus ojos la biopsia y las radiografías que muestran el tamaño y los rasgos del tumor. Por lo tanto, ya no es posible negar la realidad que siempre fue perceptible, aunque no absolutamente verificable.

En la Argentina ese tipo de tumores tenía antecedentes; no obstante, la radiografía muestra que al más grande y voraz de los carcinomas que carcomieron al Estado, lo originó Néstor Kirchner. También es perceptible su esposa en el núcleo del tumor, además de verse nítidamente muchos de los tentáculos con que devoraba riquezas públicas.

La protección que varios senadores peronistas están dando a Cristina permite suponer que existen numerosas metástasis entre intendentes y gobernadores. No por defender a la ex presidenta, sino para evitar sentar un precedente de vulnerabilidad de los fueros que quizá pronto necesitarán para protegerse, hay gobernadores que públicamente critican a Cristina, pero por lo bajo ordenan a sus respectivos senadores no dar quórum a las sesiones que podrían desaforarla.

La otra realidad, antes perceptible y ahora comprobada, es que hubo dos modalidades de corrupción público-privada. Una era la “coima” y la otra el sobreprecio.

Es importante distinguirlas en diferencia y gravedad. Tanto la coima como el sobreprecio son delitos que cometen las dos partes: el que cobra y el que paga. Pero el que paga, o sea el empresario, puede atemperar su culpa aduciendo que era la imposición del funcionario coimero para que su empresa pueda acceder al contrato con el Estado.

Esto no exime al empresario del delito, cometido en colusión con el funcionario, pero el dinero saldría de su bolsillo. En cambio en los casos de sobreprecio el dinero que se quedan los gobernantes sale de las arcas del Estado. Ergo, no es un empresario resignando ganancia para obtener un contrato. Es un empresario siendo cómplice de la estafa al Estado que perpetra el gobernante corrupto. En este caso, el saqueo a las arcas públicas es cometido por las dos partes y el dinero que fluye hacia el enriquecimiento ilícito de los corruptos no sale del bolsillo “privado” de quien “compra” un contrato o una licitación. Sale del bolsillo de la Nación.

De tal modo, el tumor cuya existencia, tamaño y malignidad están siendo reconfirmados por la biopsia y la radiografía, lo que estaría mostrando es la mayor estafa al Estado que se haya perpetrado en Argentina.

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La nafta, el fósforo y la bendición al fuego

Se da una conjunción potencialmente destructiva: la deriva económica del presidente actual, Mauricio Macri, y la desesperación judicial de la presidenta anterior, Cristina Fernández.

En estos días, lo único bueno para el Gobierno es la caída del último velo que cubría la descomunal corrupción kirchnerista, mientras que lo único bueno para el kirchnerismo es el fracaso del Gobierno para cumplir las metas sociales y económicas que había prometido.

Macri erró el diagnóstico inicial y los posteriores, y muestra una pasmosa incapacidad de implementar políticas que no sean monetarias. El resultado es una economía famélica, que sólo exhibe crecimiento en la pobreza y en los precios, mientras se derrumban amplios sectores de clase media y otros pasan de la clase baja a la pobreza total.

En la vereda del frente, el terremoto judicial hace tambalear estatuas de Néstor Kirchner, mientras un torrente de evidencias desborda el muro de silencio empresarial y hunde la imagen de su viuda.
La bitácora de los sobornos, las confesiones sollozantes de Norberto Oyarbide y las descripciones lapidarias de arrepentidos como Claudio Uberti y Carlos Wagner hacen naufragar a Cristina, porque la contundencia de las pruebas, confesiones y testimonios sólo puede ser negada por los adherentes más atados a sus pasiones políticas que a la verdad y a la realidad. Ergo, el liderazgo de Cristina Fernández no puede más que reducirse a la secta de clase media que, entre su creencia y la evidencia, elige su creencia.

Escenario

Aunque numerosa, e incluso sumando los votos de clase baja que la elegirían por las ayudas sociales recibidas (no por creerla honesta o una perseguida), su posibilidad de volver a la presidencia se diluye.

Es posible que hasta la feligresía de clase media se reduzca ante la evidencia de que la mentada revolución no era otra cosa que un indecente capitalismo de amigos o, mejor dicho, capitalismo de “entongados”.

Por ese motivo, Cristina Fernández pasó de desear con fervor la caída de Macri a necesitar con desesperación que caiga el Gobierno entero. Y eso podría ocurrir si se produce un estallido social.

Su esperanza es alimentada por la ineptitud de Macri para implementar políticas que puedan detener el traslado de tarifazos a precios. El octanaje que estallaría en llamas es altísimo, porque el Presidente incumplió sus metas de inflación y pobreza, además de incumplir promesas como la eliminación del Impuesto a las Ganancias sobre salarios y jubilaciones, y no detener la baja en retenciones, entre otras.

El combustible social también tiene elevado octanaje porque el Papa está diciendo que Argentina padece una “dictadura”. Ante sindicalistas, Francisco comparó a la administración Macri con el régimen de la “revolución libertadora” y con la última dictadura militar.

El régimen que comenzó en 1955 surgió de un golpe sangriento y fusiló a enemigos, mientras que la última dictadura fue la más cruel y exterminadora. Sólo delirando, o por estar obligado a ser funcional a las necesidades de Cristina, el Papa puede estar actuando como lo está haciendo.

La Iglesia que no llamó “dictadura” a las dictaduras militares, incluida la más criminal de la historia, usa esa palabra para un gobierno institucional.

Lo que el Papa no dice de Nicolás Maduro y de Daniel Ortega, lo dice de Macri. El discurso que lanzó el kirchnerismo no bien Cristina dejó la presidencia, resumido en la consigna “Macri, basura, vos sos la dictadura”, ahora es enarbolado por Francisco.

El Papa se hizo eco del relato según el cual hay dictaduras neoliberales que persiguen a luchadores sociales y líderes que defienden intereses populares. Así, pone en el mismo estante de Lula a Milagro Sala, Fernando Esteche, Julio De Vido, Amado Boudou y muchos otros de una lista que podría incluir a Cristina.

Que los papistas Eduardo Valdez y Juan Grabois la hayan acompañado a declarar en Tribunales sólo puede leerse como un mensaje de Francisco a la Justicia. El mensaje dice: “No toquen a Cristina”.

Sabe bien Jorge Bergoglio que, desde Tomás de Aquino en adelante, la rebelión popular contra un tirano tiene “legitimidad divina”, aunque la Iglesia casi nunca la haya azuzado contra monarquías absolutistas ni brutales dictadores, como el catoliquísimo Francisco Franco, que la protegieron y la hicieron parte del poder.

Consciente o no, el Papa está bendiciendo el fósforo que Cristina busca lanzar sobre el combustible social que derrama la deriva económica de Macri.

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¿Mensaje del Papa al juez?

Si la agonía no le impidió enterarse de lo que ocurre en Argentina, seguramente no debe haberse sorprendido.

Si un escritor británico no podía sorprenderse con la aparición de una bitácora de la corrupción y el desfile empresarios describiendo el sistema de sobornos, ese es Vidiajar Surajprasad Naipaul, el novelista que desciende de brahamanes de la India, nació y creció en Trinidad y Tobago pero vivió Londres hasta morir este fin de semana.

Por la aversión que sentía hacia las religiones, a Naipaul no lo hubiera sorprendido ni siquiera ver a la ex presidenta entrando ayer a tribunales acompañada por dos amigos del Papa (Juan Grabois y Eduardo Valdez) en lo que puede leerse como un mensaje del pontífice a los magistrados que la investigan por corrupción.

A ese huraño Premio Nobel de Literatura le tocó morir justo cuando el país que conoció en el amanecer de los años 70, empezó a supurar ríos de evidencias de una corrupción descomunal. La infección era evidente, pero la volcánica erupción de pruebas derribando el muro de silencio empresarial, se produjo justo cuando la vida de Naipaul se apagaba.

El escritor que quedará en la historia de la literatura por novelas como “Una Casa para Mr. Biswas” y “El Cuaderno Místico”, también fue prolífico en el terreno del ensayo político, cultural y sociológico, donde sobresaldrá su análisis cuestionador del pos-colonialismo y del “imperialismo religioso árabe”, así como su mirada crítica al Islam. Pero su paso por Argentina dejó también una serie de ensayos que parecen escritos a la luz de fenómenos actuales como la corrupción kirchnerista.

“El Cadáver en Puerta de Hierro” y “El Regreso de Eva Perón” fueron dos notables trabajos. Describió la Argentina setentista como un país dividido por el odio político, en el que las partes enfrentadas justificaban la exclusión violenta de la contraparte. Y en un ensayo que tituló “A Cuntry for Plunders” (Un país para el pillaje) describió los orígenes decimonónicos de la corrupción y su continuidad en el siglo XX, afirmando que siempre hubo más saqueadores internos que externos.

En un diálogo del año 2001 con el escritor Rodolfo Rabanal, ese pensador liberal que aborrecía los dogmas religiosos y políticos por promover “ideas fijas”, describió lo que, en este tiempo, los argentinos llaman “la grieta”. Habló de un país donde “no hay debate verdadero, sólo pasión y jerga”, usando el término como sinónimo de lenguaje de consignas; lo que en estos años los argentinos llamaron “relato”. Y explicó que “la jerga (el relato) transforma la realidad en abstracción” y que “donde ella se impone, sólo existen enemigos”.

Naipaul se refería a la Argentina setentista, aunque también describía el país de ese momento y el de la siguiente década. “Las pasiones todavía prevalecen… aniquilando toda razón…sin que ninguna solución aparezca a la vista”, le dijo a Rabanal.

Posiblemente hoy diría que, además de no sorprenderle el derrame de evidencias y confesiones, tampoco le sorprende que la principal acusada fuera a tribunales flanqueada por dos personas cuyas presencias implican un mensaje del Papa a los magistrados.

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