Medio Oriente, en pie de guerra

Los ataques a dos buques cisterna podrían detonar en el Golfo Pérsico una guerra con participación norteamericana.

¿Si Irán hubiera aceptado renegociar el acuerdo nuclear como le exige Donald Trump, en lugar de avanzar hacia los niveles de enriquecimiento de uranio previos al pacto roto por el presidente norteamericano, habrían ocurrido los ataques a buques cisternas en el Golfo de Omán?

La pregunta es una posible clave para interpretar el misterio de las explosiones que acercaron Oriente Medio a la cornisa de una guerra y a los precios internacionales del crudo al borde de una escalada que sacudiría la economía mundial. Pero no es la única pregunta que plantean los extraños sucesos acontecidos en la yugular del petróleo.

El secretario de Estado Mike Pompeo y el príncipe saudí Mohamed Bin Salmán acusaron de inmediato a la República Islámica, pero las razones y las supuestas evidencias que mostraron no fueron convincentes para buena parte del mundo.

Los dos buques habían atravesado el Estrecho de Ormuz, llevando petróleo hacia Japón, cuando se produjeron las detonaciones en sus cascos que los dejaron envueltos en llamas. Que al momento de las explosiones se encontraran más cerca de la costa iraní que de la Península Arábiga, no parece prueba suficiente. Tampoco el video que, según Mike Pompeo, mostraba una embarcación de la Guardia Revolucionaria sacando de estribor del barco cisterna japonés una mina adosada que no habría detonado.

Por un lado, los tripulantes de la nave atacada dijeron que no fueron minas sino proyectiles los que produjeron las explosiones. Y por otro, esos tripulantes fueron socorridos por los navíos iraníes a los que Washington y Riad acusaron de ser los atacantes. No es común que quien realiza un ataque sea también quien socorre a los atacados.

Escenario. Ante la poca claridad del panorama, una pregunta necesaria pasa por los probables beneficiados del incidente. ¿Quién o quiénes tendrían interés de provocar un incidente que pueda derivar en un conflicto que enfrente a Estados Unidos y sus aliados suníes, con la teocracia chiita persa? Entre las posibles hipótesis para responder, están esas mismas monarquías sunitas, de cuyos puertos zarparon los buques extranjeros atacados. Si el régimen saudí ha sido capaz de asesinar y descuartizar un disidente en el consulado de Estambul ¿por qué no podría estar detrás de una conspiración para aislar o hacer blanco de ataques norteamericanos a su archienemigo en la región?

Si el hombre fuerte de Riad se atrevió a enviar los agentes a Turquía que mataron a Jamal Kashoggi en una sede diplomática, por qué no se atrevería a usar agentes propios o contratar el servicio de terroristas suníes para ejecutar acciones encubiertas destinadas a culpar a potencias enemigas. El propio príncipe saudita lo dejó en claro al aseverar que la respuesta al ataque contra los buques debía ser una acción militar internacional contra Irán.

Además, los norteamericanos tienen antecedentes en justificar declaraciones de guerra mediante supuestos ataques enemigos a embarcaciones propias, dejando en la historia más sospechas que certezas. Así ocurrió en 1898 con la misteriosa explosión en el acorazado Maine, anclado en la bahía de La Habana, por la que Washington acusó a España y le declaró la guerra en la que los españoles perdieron Cuba, Puerto Rico y Filipinas, dejando de ser potencia de ultramar.

Conflicto. Pudo haber sido un trágico accidente o un auto-atentado lo que despedazó al Maine y se convirtió en la excusa para iniciar una guerra que Washington ya había decidido librar. La misma sospecha dejó flotando la explosión en el buque Maddox, que dio a Lindon Johnson la excusa que buscaba para zambullirse de lleno en Vietnam.

Nunca hubo pruebas convincentes de que el incidente en la bahía de Tonkín hubiera sido un ataque norvietnamita, como aseguró el secretario de Estado McNamara. El general Vanguyén Giap era un estratega brillante y difícilmente le regalaría argumentos a la potencia protectora de Vietnam del Sur.

Tampoco tiene mucho sentido que el gobierno presidido por Hassán Rohani le regale al hombre fuerte del reino saudí la excusa que parece buscar para reclamar que Estados Unidos encabece una ofensiva económica y militar, para destruir el régimen de los ayatolas.

No se trata de descartar que la teocracia persa ataque buques cisterna. Lo hizo durante la guerra contra Irak, en la década del 80, hasta que Washington puso la bandera norteamericana a los barcos que transportaban el petróleo iraquí, para que Irán sepa que, de atacarlos, atacaría a la superpotencia occidental.

Fórmula. El sentido de aquellos ataques era bloquear las exportaciones de Saddam Hussein. Los actuales ataques a un cisterna danés y otro japonés no parecen tener sentido para Irán. Al menos no lo tienen para el gobierno moderado que encabeza Rohani. Aunque si podría tenerlo para sectores duros que responden directamente al máximo líder religioso, Alí Jamenei. El ala fanática del régimen detesta a Rohani tanto como a los legisladores moderados y a los reformistas que están en el Majlis (cuerpo legislativo). Los considera pro-occidentales y hacen todo lo que pueden para impedirles gobernar y hacer reformas democratizadoras.

Esos grupos duros festejaron secretamente que Trump rompiera el acuerdo nuclear que Irán estaba cumpliendo y ahora presionan para que el país vuelva a enriquecer uranio en las cantidades que servirían para construir armas atómicas. El fantasma de una guerra, junto con las políticas de Trump y de su socio saudí, el príncipe Mohamed, colaboran para que Rohani y los legisladores reformistas del Majlis no puedan revertir que Irán marche también hacia la salida del acuerdo nuclear que rompió el jefe de la Casa Blanca.

No sería extraño que los halcones del régimen atacaran cisternas para sabotear los intentos de Rohani de que Europa ayude a morigerar los efectos de las nuevas sanciones norteamericanas y, de ese modo, salvar el acuerdo nuclear. El gobierno de Mohamed Jatami también fue saboteado por esos sectores fanáticos. En rigor, al primer sabotaje de los ultras lo sufrió el primer jefe de gobierno tras la caída del shá Pahlevi.

Mahdi Bazargán era un moderado que quiso negociar con el consejero de seguridad de James Carter, Zbigniew Brzezinski, un acercamiento entre la revolución islámica y Washington. Pero el ayatola Jomeini y los halcones del régimen hundieron aquellas tratativas enviando turbas de fanáticos a ocupar la embajada norteamericana.

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