Macri: lo bueno, lo malo y lo feo

Que el Presidente actúe para las páginas de ricos y famosos de las revistas de papel satinado es patético.

Lo patético no fue la metida de pata con Malvinas. Eso fue grave, una torpeza de inexperto. Lo patético fueron las fotos paseando en bicicleta por el Central Park con su espléndida mujer.

En rigor, el tema no es que Mauricio Macri haya paseado con Juliana Awada. Eso no es cuestionable. Lo cuestionable es que se haya hecho fotografiar como un personaje de Woody Allen. Si a las fotos las hubiera tomado un paparazi –o sea, si el paseo en el parque donde caminaban John y Yoko hubiese sido un acto natural–, todo bien. Pero que el Presidente actúe para las páginas de ricos y famosos de las revistas de papel satinado es patético.

Tampoco hubo espontaneidad en el beso estratégicamente fotografiado en el hemiciclo de la ONU. No obstante, esas actuaciones fueron menos dañinas que las cátedras que dictaba Cristina Fernández, cuando le explicaba al mundo cómo se debe gobernar un país y un planeta.

El objetivo que llevó y también logró Macri es visibilizar a la Argentina como un país amable con el mundo, para atraer inversiones, mientras que el objetivo de Cristina era lucirse ella.

En cuanto a la metida de pata, fue grave. Pero el patetismo estuvo en las sobreactuadas reacciones argentinas. Aunque tampoco dijo lo cierto, Macri no mintió sobre el breve intercambio de palabras con la premier británica. El problema es que, con la ansiedad del novato y mostrando ignorancia sobre el lenguaje diplomático, interpretó mal las palabras de Theresa May y, para peor, hizo pública su interpretación.

Con reflejos de experta, la canciller Susana Malcorra salió a minimizar los daños que pudiese causar la negligencia presidencial. Lo hizo a tiempo, o sea antes de que el Gobierno británico desmintiera oficialmente a Macri. Pero medios argentinos llamaron al Foreign Office (la Cancillería británica) para hacer la pregunta que agigantaría el error del Presidente.

Era obvio que el funcionario británico que atendiera el teléfono y escuchara la pregunta “¿es cierto, como dice Macri, que May aceptó dialogar sobre soberanía?”, respondería “no, la primera ministra no dijo eso”. Pero esa respuesta no es lo mismo que un documento oficial del Reino Unido. Londres se la estaba dejando pasar, probablemente por ver que era una chambonada y no una jugada deliberada.

Incompatibilidad

A Susana Malcorra le vino bien ese error, porque alejó el eje del debate de una pregunta clave: ¿son compatibles su cargo y su aspiración de presidir Naciones Unidas?

Su caso parece igual que el de Juan José Aranguren, quien o dejaba de ser ministro de Energía o dejaba sus acciones de Shell, porque ambas cosas son incompatibles.

Algo similar pasa con Malcorra, y ello afecta la evaluación de sus acciones. El cargo que ocupa es incompatible con su aspiración de suceder a Ban Ki-moon. Lo prueba que, hasta en la propia coalición oficialista, causó dudas la declaración conjunta sobre un diálogo británico-argentino para cuestiones de Malvinas.

Dicha declaración revela la voluntad de tratar asuntos que interesan más a Londres y a los isleños que a la Argentina. Por eso, mientras en el país algunos macristas hablaban de un progreso, otros se referían a una claudicación argentina por la necesidad de Malcorra de sumar el voto británico a su postulación en la ONU.

La verdad es que el paso dado no es un progreso ni una claudicación. Que sea una cosa o la otra depende de lo que haga Argentina en ese diálogo. Si sólo concede, en vez de utilizar las molestias que a Londres y a los kelpers ocasionan las sanciones argentinas a la exploración y explotación de las aguas que rodean las Islas, entonces será una claudicación. Pero si se utiliza bien la necesidad británica de que cesen las sanciones, exigiendo a cambio que el tema soberanía entre en una agenda de negociación, entonces el acuerdo habrá implicado un progreso.

Las críticas anticipadas evidencian que la política argentina es mezquina, y también que todo lo que haga Malcorra genera dudas sobre si está actuando como canciller o si está juntando votos en el Consejo de Seguridad para suceder a Ban Ki-moon.

Por eso, así como Aranguren renunció a sus acciones en Shell ella debería renunciar a su postulación a la ONU. O dejar de ser canciller.

Fuente: La voz del interior

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