Los niños de Kimua no ven Harry Potter (Desde el Congo)

Los niños de Kimua no quieren ver Harry Potter. Cuando en la base de la ONU los cascos azules uruguayos llevan películas para pasarles en el salón de la escuelita, a la que acaban de reconstruir luego de un ataque con granadas, ellos no quieren las de magia ni las de dibujos animados, sino las de guerra.

Sus padres están en esa selva, empuñando machetes y fusiles Kalashnikov en las filas del Frente de Defensa del Congo (FDC). Cuidan las colinas que rodean la aldea de las incursiones del Frente Democrático para la Liberación de Ruanda (FDLR).

Los niños de ese rincón remoto de la selva congoleña habitan cuerpos de niños, pero la guerra que los rodea les quitó una esencia de la niñez: no pueden volar con la imaginación.

Por eso se levantan de la silla cuando empiezan los dibujos animados y les piden a los cascos azules uruguayos que pongan una de guerra.

Los niños de Kimua no conocen la televisión. Tampoco conocen el fútbol, aunque cuando les pregunté, me dijeron que son hinchas de Peñarol.

Hablan zuahili, linghala y “uruguayo”, porque siempre trepan la colina hasta la base militar y conversan con los soldados de la ONU.

Destino bélico
Cuando les pregunto qué quieren ser cuando sean grandes, me dicen que soldados, como los padres, como los milicianos del FDC y como el puñado de uruguayos que les arreglan la escuela cuando le caen granadas o disparos de morteros, y que les llevan ropa, chocolates y películas aburridas, salvo cuando aparece Rambo.

Tal vez ni siquiera tengan que esperar a ser grandes para ser guerreros.

En la selva de la provincia de Kivu, todas las guerrillas se llevan chicos de las aldeas que saquean y en las que violan mujeres. Por eso hay tantos niños soldados y tantas mujeres violadas.

Muchas niñas del este congoleño responden “mujer violada” cuando alguien les pregunta qué van a ser de grandes.

Tal vez ningún rincón del planeta esté tan infectado de violaciones como esta provincia, en la que se concentra el 94 por ciento de la actividad bélica del 
Congo.

Aquí la guerra se niega a extinguirse. Igual que el fuego del volcán Nyaragongo. De su cráter, siempre sale humo y en la noche lo corona una aureola de lumbre ígnea.

La ciudad de Goma se extiende al pie de esa amenaza humeante que en 1977 y en 2002 vomitó lava y sumó miles de muertes a las que siempre está causando la guerra.

Amenazante, como el Nyaragongo, en las afueras de Goma está el M-23, la guerrilla tutsi que lucha en el Congo con apoyo de Ruanda.

No es la única ni será la última. En el este del Congo, las guerrillas surgen y mutan todo el tiempo. Algunas son de las etnias tutsi y hutu, que trajeron a este país sus guerras en Ruanda y Burundi.

Otras tienen combatientes hundes, nandes y tembos, que son etnias congoleñas.

Escenario complejo. El conflicto en la zona de los grandes lagos del centro de África lleva décadas concentrándose en Kivu Norte y Kivu Sur.

Algunas milicias son extranjeras, como el FDLR, que es ruandés, y la ADF, que quiere islamizar Uganda, el mismo país que el comandante Koni y su Ejército de Resistencia del Señor quieren cristianizar, secuestrando niños para convertirlos en guerreros sanguinarios.

Además, está en acción el Frolina (Frente de Liberación Nacional), de los hutus de Burundi.

Contra ellos se levantaron los Mai Mai, guerreros congoleños que beben un potaje, llamado “ dawa ”, se pintan sus cuerpos oscuros con cremas blancas, chupan el único seno de la bruja de la tribu y, convencidos de que el ritual los vuelve inmortales porque los hace de agua y las balas los atraviesan sin herirlos ni matarlos, se lanzan a la batalla contra los enemigos del Congo.

Uganda, Ruanda y Burundi son parte del problema congoleño.

En particular, el régimen ruandés de Paul Kagame, que busca anexar el Este del gigantesco mapa que dibujó con sangre africana el rey Leopoldo II y luego consolidó el Estado belga.

También tienen responsabilidad Estados Unidos y los países europeos que compran coltan, oro y los demás minerales que los señores de la guerra extraen del Congo, y Ruanda exporta como si fueran propios.

Otro aportante al caos es China, que actúa de manera parecida a Henry Morton Stanley cuando preparaba el terreno para el dominio belga: ofrecía cosas sin valor a cargo de territorios valiosos y mano de obra esclava.

Las empresas chinas les dan a los pueblos locales un camino a cambio de una montaña inmensa con minas de coltan o de oro.

La ineptitud y la corrupción del gobierno de Joseph Kabila, más el desinterés de potencias a las que, al fin de cuentas, les conviene más un Congo anarquizado por la guerra que un Congo ordenado, con leyes y con Estado, predicen la continuidad de este conflicto que se roba la niñez.

Como a los chicos de Kimua, que a los soldados de la base les piden películas de guerra.

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