Los caballeros de la mesa ratona

Desde el vamos, se advirtió que la herencia era tan grave que el pos-kirchnerismo necesitaba un acuerdo nacional.

Las correcciones y las decisiones acertadas no salen de los brindis triunfales, sino de los malos tragos que producen los errores cometidos. Brindar por triunfos puede embriagar, mientras que un trago amargo puede despertar la lucidez de la humildad.

El mal trago financiero parece haber sacudido la embriaguez que fue ensimismando a Mauricio Macri en una mesa que se achicó, dejando afuera a gente valiosa que procuraba entendimientos con la oposición.

Golpeado por la realidad, el Presidente miró más allá de quienes lo rodean, llamó a los propios que había marginado y habló por primera vez de un “gran acuerdo nacional”.


Probablemente, lo más grave en términos políticos para Macri es que, en estos atribulados días, haya quedado malherida su candidatura a la reelección.
No sería dramático para Cambiemos, porque le queda una carta fuerte: María Eugenia Vidal.

Pero el trayecto hacia las urnas podría convertirse en un calvario. Y la responsabilidad ya no está sólo en la mala herencia recibida, ni en la demagogia de la oposición, ni en la sequía que arruinó una cosecha, ni en otros planetas que se alinearon contra la economía argentina.

A esta altura, la que más importa es la responsabilidad de un Presidente que repitió el error de confiar en los que sólo le llevan datos positivos para permanecer en su entorno, y también creer que las victorias electorales son estadios permanentes de la opinión pública y se deben a la genialidad del jefe y su mesa chica. Esos errores conducen a uno más grave: el ensimismamiento.

Desde el vamos, se advirtió de que la herencia era tan grave que el poskirchnerismo necesitaba un gran acuerdo nacional.

Resultaba imprescindible que exponentes notorios como Sergio Massa, Miguel Pichetto y gobernadores peronistas se comprometieran con un plan para reducir el déficit y normalizar áreas deformadas por años de demagogia.

Ante un acuerdo de gran alcance, quienes le den la espalda serían mal vistos por una sociedad que reclama a la dirigencia ponerse por encima de sus intereses políticos.

El inicio del gobierno fue un buen momento para ese acuerdo que, en sí mismo, implicaría un mensaje a los mercados y al mundo. Pero a Macri no le hizo falta, porque referentes clave de la oposición aportaron a la gobernabilidad, posibilitando la aprobación de leyes vitales.

El triunfo en 2017 creó otra oportunidad para que, ahora desde una posición fortalecida, se consensuaran metas por cumplir por este y los siguientes gobiernos. Pero con la excusa del oportunismo de Massa, se volvió a eludir la convocatoria.

Excusa pobre

Los grandes pactos son, precisamente, para restar margen al oportunismo y la demagogia, que son rasgos de identidad de los políticos.

En general, juegan para ellos mismos y no para la sociedad. Eso hace necesarios los compromisos que generen condiciones para hacer factible un crecimiento genuino y sustentable.

Como había ocurrido con Néstor Kirchner, el gobierno de Macri, embriagado con el triunfo del 2017, dialogó cada vez menos. Actuó como si esa victoria confirmara su infalibilidad y la declinación inexorable de sus oponentes.

Sus puentes con la oposición (Rogelio Frigerio y Emilio Monzó) quedaron abandonados. No sólo menospreció la necesidad de forjar un gran acuerdo; también empezó a marginar a los socios de su propia coalición y a figuras clave de su gobierno.

Comenzó la concentración de poder en un círculo ínfimo dirigido por Marcos Peña. La mesa chica se achicó cada vez más y expulsó a gente eficaz y valiosa. “Los caballeros de la mesa ratona” sacaron a quienes reclamaban consensos hacia adentro y hacia afuera de Cambiemos.

Ese círculo cerrado le hizo decir varias veces a Macri que lo peor ya había pasado. Es grave que la sociedad deje de creer en las certezas que intentan transmitir el Presidente y sus colaboradores. Pero el grupo chico siguió actuando como si los choques entre sus afirmaciones y la realidad no ocurriesen de modo constante.

La diferencia entre lo que se anuncia y lo que ocurre, entre lo que la mesa chica describe y lo que la sociedad vive, prueba el ensimismamiento que perjudicó al Gobierno.

Además de hacerle perder funcionarios capaces y oportunidades de consensuar un acuerdo imprescindible, le impidió a Macri ver que los sismos que derribaron las certezas transmitidas pueden también haber derribado su candidatura a la reelección.

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