La sombra oscura del antisemitismo

El ataque al rabino de la AMIA impone preguntarse si Argentina es escenario del antisemitismo que crece en otros puntos del planeta. 

Entraron a su casa, dijeron saber que era el rabino de la Amia y lo golpearon ferozmente antes de irse, llevando dinero y joyas.

Con la cara desfigurada, nueve costillas quebradas y un pulmón perforado, Gabriel Davidovich dijo no saber si fue un atentado antisemita el que sufrió poco antes del veredicto sobre encubrimiento en la masacre de Amia.

También pudo ser un asalto violento o tener motivación política. Pero semejante linchamiento impone preguntarse si Argentina es también escenario del antisemitismo que crece en otros puntos del planeta.

La sombra de ese sentimiento retorcido recorre Europa, el continente donde la Iglesia medieval demonizó a los judíos y los enclaustró en oficios que consideraba necesarios pero “impuros”, como prestar dinero, amasando el estigma que alimentó siglos de hogueras y pogromos.

Un centenar de tumbas judías fueron profanadas en el cementerio de Quatzenheim, cerca de Estrasburgo, la capital de Alsacia, región disputada en muchas guerras francoalemanas.

En su mayoritaria población germánica, fermentaron grupos neonazis como los Lobos Negros Alsacianos, que en la década de 1970 pintaban esvásticas en las lápidas con la estrella de David.

En rigor, el antisemitismo francés va más allá de aquel Reichsland del viejo Imperio Alemán.

El caso Dreyfus inició el siglo 20 evidenciando esa fobia deleznable. Émile Zola lo retrató en las páginas del “J’accuse” (“Yo acuso”) y Theodor Herzl vio en aquel proceso vergonzoso el peligro que se cernía sobre el judaísmo europeo y, por ende, la necesidad de crear un Estado de los judíos.

Pero el brote antisemita no sólo ha irrumpido en el país donde el régimen de Vichy y el “carnicero de Lyon”, Klaus Barbie, llenaron trenes que marcharon a los campos de concentración. Crece en movimientos ultraderechistas que también son islamófobos. Y la supuración de ese odio viscoso parece más peligrosa ahora que en el siglo pasado.

Por entonces, era el veneno ideológico que inoculaban los nacionalismos y supremacismos. Ahora es la consecuencia de un tiempo plagado de incertidumbres y miedos, combustible que enciende las hogueras donde arden los chivos expiatorios.

Otra señal es la proliferación de teorías conspirativas que presentan al judaísmo como la mano que mueve los hilos del mundo desde las sombras.

En el siglo 20, las usinas antisemitas hablaban de “sinarquía”. Hoy multiplican las teorías conspirativas que, por ejemplo, colocan a George Soros al frente de los complots más siniestros.

Por cierto, es lógico dudar de la “filantropía” del especulador financiero que en 1992 causó el “miércoles negro” que hundió la libra esterlina. Pero ponerlo detrás de todos los males parece una lucubración de usinas antisemitas.

Otro recurso habitual de esas canteras del odio es confundir Israel con Benjamin Netanyahu. Su gobierno ultraconservador está marcado por la corrupción y por los estragos del expansionismo en Cisjordania. También por su perniciosa negación a negociar el reconocimiento de un Estado palestino. Además, su sed de poder lo llevó a tejer alianzas con fuerzas extremistas, como Poder Judío, heredero del discurso radical de Mehir Kahane y el partido Kach, al que pertenecía el criminal fundamentalista Baruch Goldstein cuando masacró a los musulmanes que oraban en la Tumba de los Patriarcas.

Resultan igualmente funcionales al antisemitismo las dirigencias judías que acusan de antisemita a cualquier crítica dirigida contra las políticas del gobierno israelí o contra ellas mismas. Eso implica banalizar el antisemitismo. Y la banalización del odio a los judíos figura entre las actitudes más peligrosas para la comunidad judía mundial.

No obstante, confundir un país con un gobierno o con ciertas dirigencias es absurdo. Equiparar a Netanyahu con Israel es tan falaz como equiparar la nación iraní con el régimen de los ayatolas. La misma repudiable estratagema con que los islamófobos confunden al terrorismo ultraislamista con los musulmanes.

Si el ataque al rabino de Amia estuviese vinculado al antisemitismo, el país debiera actuar como esas multitudes que colmaron las calles de Francia para repudiar la fobia que vuelve a recorrer Europa.

Argentina también tuvo inspiradores de antisemitismo. Por caso, el sacerdote Julio Meinvielle, quien, además de demoler la filosofía humanista de Jacques Maritain, justificó la sanguinaria rebelión de Francisco Franco en España como una “guerra santa”, nutrió de argumentos al ultranacionalismo argentino más violento y escribió uno de los libros favoritos del fascismo criollo: El judío en el misterio de la historia.

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