La guerra que el mundo oculta

Fue justo en los días de la más fuerte tensión con Ghana por la retención de la Fragata Libertad en un puerto cercano a Accra. Llegué al Este del Congo en plena crisis entre Argentina y una de las pocas democracias estables del África, y observé desde adentro uno de los conflictos más letárgicos y oscuros de este tiempo, en el que Uruguay juega un rol crucial en las fuerzas de la ONU que intentan proteger a uno de los pueblos africanos más desventurados.

Más allá de los fondos buitres y la posición asumida por la Justicia de Ghana respecto a la Fragata Libertad, el vínculo de Argentina y África pasaba por esa desagradable controversia en los mismos días en que yo vislumbraba la magnitud del vínculo uruguayo con el agujero negro que devora vidas en el corazón africano.

En el conflicto congolés actúan guerrillas ruandesas y ugandesas, además de varias milicias locales. Es una guerra medieval en las que los nuevos señores feudales, con la complicidad de las potencias del mundo, se enriquecen con el control de las zonas mineras, mientras pagan a sus milicianos con el botín de guerra, o sea permitiéndoles saquear y violar mujeres en las aldeas y ciudades que ocupan. Lo más trágico y desopilante es que también el ejército regular del Congo viola y saquea en las aldeas y ciudades que recupera tras la retirada insurgente. La corrupción, el desorden y la brutalidad son rasgos característicos de las FARDC (Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo), mal dirigidas por el débil y corrompido gobierno de Joseph Kabila, y brazo militar de un Estado ausente en el Este del país.

Las otras grandes víctimas de la violencia son los niños. Los grupos armados los secuestran para convertirlos en soldados, o los dejan huérfanos. El resto se hacina en campos de refugiados o se multiplica sin planificación alguna en ciudades como Goma, capital de Kivu Nord a la que llaman la ciudad más peligrosa del mundo porque la azotan guerras y pestes, y la amenaza del siempre activo volcán Nyiaragongo, que dos veces le derramó su lava: en 1977 y en 2002.

En esa urbe fantasmagórica que carece de cloacas, agua potable y servicios de recolección de residuos, la población es diezmada por la malaria y otras epidemias que desaparecieron hace tiempo del resto del planeta pero persisten en Goma, como la poliomelitis.

Recorrer la desolación en el Este del Congo permite encontrar milagros de entereza, de solidaridad, incluso de ternura. Por caso el trabajo de los Médicos Sin Fronteras. Cerca de donde estuve, hay una zona azotada por el ébola. Allí se juega por la salud de los otros una médica sin fronteras que es de Córdoba y de esta zona: Claudia Armeninto. También se juegan el pellejo funcionarios y cascos azules de Naciones Unidas.

En Goma confirmé una percepción que tienen muchos: la ONU termina instalando en los conflictos burocracias que también trabajan para sí mismas. También los militares de la ONU terminan siendo uno más de los tantos poderes armados que mantienen un estatus quo bélico. Pero sin los cascos azules, esos pueblos estarían aún más desprotegidos y serían aún más vulnerables a todo de lo que los hace la guerra y la pobreza.

Los cascos azules uruguayos son parte de esa frágil protección. A la actividad militar le suman una actitud humilde y respetuosa que explica la aceptación que tienen entre los congoleños. También la asistencia solidaria que tanto la base Urubat, como tal, como muchos sus soldados por su cuenta y en los días libres, dan a asilos, escuelas y dispensarios en Goma.

Guerra del coltan

La irrupción del automóvil sobre fines del siglo 19 hizo del caucho la riqueza, pero también la tragedia de ese país cuyo mapa fue dibujado en Bruselas y entregado a un rey codicioso como patrimonio personal. Hoy, el caucho tiene un reemplazante. La conciencia internacional se calma ignorando lo que es el coltan y colocando a la ONU en esa tierra de nadie.

Las empresas caucheras de Occidente hicieron estragos, para llenar  sus arcas y las del rey Leopoldo. Por eso el descubrimiento de tanto horror y su revelación al mundo por parte de Gran Bretaña, hizo que el Congo pasara a manos del Estado de Bélgica. Pero la etapa de Congo belga no erradicó la explotación y la barbarie. Tampoco la independencia, porque a renglón seguido vino el asesinato de Lumumba y la larga, delirante y tenebrosa dictadura de Mobutu, que le dio al país el nombre de Zaire y tuvo como cómplice a las potencias de Occidente.

El sanguinario dictador fue expulsado del poder por Laurent Kabila apoyado por la invasión del ejército ruandés. Pero los ruandeses no aceptaron retirarse cuando el nuevo líder rebautizó el país como República Democrática del Congo y pidió el repliegue de las fuerzas extranjeras. Fue el comienzo de nuevas guerras que causaron la mayor cantidad de víctimas después de la Segunda Guerra Mundial.

Fueron guerras de rapiña por el oro, los diamantes y el coltan. SDobre todo, el coltan.

Que Ruanda sea el principal exportador de esa mezcla mineral que casi no posee, ya que el ochenta por ciento de las reservas mundiales están en el Congo (más precisamente, en la región que concentra el 94 por ciento de la actividad bélica que aún queda en la ex colonia belga), desnuda responsabilidades y complicidades en el criminal saqueo.

Comprarle el coltan a Ruanda, como hacen Estados Unidos, Europa y muchos otros países, fomenta el conflicto. Por cierto, el mundo no puede esperar que los congoleses se organicen, pacifiquen su costado oriental y limpien de corrupción al Estado. Probablemente jamás puedan hacerlo. Los que compran riquezas expoliadas por milicias y señores de la guerra, algunos financiados por Ruanda, no son los únicos culpables. Pero ese caos los favorece.

También favorece a China, que construye caminos y puentes a cambio de montañas y valles con minerales estratégicos.

El mundo necesita que haya caos para seguir obteniendo coltan.

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