La Argentina empantanada

Lo óptimo es que la economía sea percibida por la sociedad como un tren en marcha. Las vías por las que se desliza equivalen al plan delineado por el gobierno para arribar a un destino deseado.

Desde que está en la Casa Rosada, Macri no ha logrado que la sociedad sintiera la economía como un tren que marcha sobre rieles. Más bien lo sintió como una formación quieta y alineada detrás de una locomotora inmóvil. La sensación empeoró con la corrida del dólar. Desde entonces, lo que se percibía como un tren que no avanzaba, comenzó a percibirse como un tren que va para atrás.

Esa sensación alimentó el paro general de ayer. Por cierto, que la CGT haya convocado a la huelga un lunes, prolongando el fin de semana, ensanchó el ausentismo. Una marca de identidad del gremialismo “chanta”, practicado por una burocracia sindical que actúa como si no existiera el monumental déficit fiscal que carcome las cuentas argentinas. Las reflexiones de los voceros del gobierno sobre el paro general, incluyendo al propio presidente, no aportaron nada, porque volvieron a ser de una superficialidad pasmosa. Para repetir frases hechas como “paro político” o medida que “no suma”, mejor no decir nada.

Pero más allá de la banalidad del gobierno y sus fracasos en disminuir el gasto público y la inflación, está el obstáculo que siempre implicó una casta sindical decadente para la inversión productiva y la creación de empleo, a lo que se suma el oportunismo de su brazo político: la dirigencia peronista.

Ambos le impidieron al gobierno de Alfonsín la puesta en marcha de un plan de reforma del Estado impulsado por un eficaz ministro de Economía, Juan Sourrouille, y un lúcido intelectual: Rodolfo Terragno.

Desde aquella oportunidad que sindicalismo y peronismo sabotearon, y que el radicalismo y Alfonsín no supieron defender, Argentina está en una eterna deriva.

En esa deriva hay picos de euforia, como la que provocó Menem venciendo la inflación, pero armando una fiesta en la cubierta del Titanic, financiada con privatizaciones a mansalva y con deuda externa.

También el kirchnerismo tuvo un pico de euforia, gracias al momento excedentario que le regaló la histórica trepada de la soja y otras materias primas. Una ola de dólares equivalente a varios planes Marshall, pero que no reconstruyó sociedades devastadas como las europeas tras la Segunda Guerra Mundial, sino que se dilapidó en la financiación de clientelismo y consumismo, sin haber dejado una economía fuerte y sustentable.

De manera inexorable, después de cada euforia vuelve la depresión, con gobiernos que no hacen marchar el tren, y con opositores empeñados en descarrilarlo.

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