Kirchner y Lula, casos muy diferentes

En la Argentina, el dinero recaudado no lubricaba acuerdos parlamentarios, sino que terminaba en arcas personales.

No hay dictaduras buenas y dictaduras malas. Hay dictaduras y democracias. Pero existen distintos grados de regímenes dictatoriales. De hecho, el totalitarismo es la mayor graduación: la dictadura absoluta.

Del mismo modo, no hay corrupción buena y corrupción mala. Toda corrupción es mala, pero no todas las corrupciones son equivalentes. Alberto Fernández viajó a Roma para tratar con el papa Francisco la situación de Lula. Pero es seguro que no le explicó algo que el pontífice simula ignorar: la diferencia oceánica entre el caso del expresidente brasileño y el del matrimonio Kirchner.

Lo que funciona en Brasil desde hace muchas décadas es un mecanismo de financiamiento ilegal de la política. Al menos hasta el llamado Lava Jato, el dinero de las empresas privadas bendecidas con contratos estatales lubricaba la maquinaria de consensos políticos que daban gobernabilidad y aprobación de leyes a los gobiernos. Los sobornos financiaban a la mayoría de los partidos y regaban los bolsillos del grueso de los legisladores y los funcionarios de las distintas fuerzas políticas.


El encarcelamiento de Lula, probablemente una injusticia que evidencia el costado exhibicionista del juez Sergio Moro (también lo tuvieron otras “estrellas” anticorrupción, como el italiano Antonio Di Pietro y el andaluz Baltasar Garzón) se encuadra más en la dádiva que en el enriquecimiento ilícito.
Lula no se enriqueció. Lo que hizo fue dejar en funcionamiento la maquinaria que financiaba un sistema político que impone paradojales coaliciones. Si bajo su mandato esa maquinaria creció, fue para mantener la alianza gubernamental derechista-centroizquierdista sin repartir ministerios.

También dio otro paso: la regionalización del soborno. Lula promovió en la región a Odebrecht, que ensució a muchos gobiernos. Por cierto, no ignoraba la toxicidad de esos negocios. Pero él no cobraba comisiones millonarias, sino que compraba para Brasil influencia sobre los gobiernos manchados.

En síntesis, aunque nociva como toda corrupción, la de Lula respondía a necesidades y a viejos vicios de política interna, y a oscuras estrategias de política exterior. Pero no tiene que ver con el enriquecimiento propio.

Enriquecimiento ilícito

En cambio, el caso argentino no es de financiamiento ilegal de la política, sino de enriquecimiento ilícito. El dinero recaudado no lubricaba acuerdos parlamentarios, sino que terminaba en arcas personales. Lo que parecen reconfirmar los cuadernos de Oscar Centeno es que Néstor Kirchner armó y puso en funcionamiento un dispositivo para que él y un pequeño círculo de funcionarios y de empresarios amigos amasaran fortunas descomunales estafando al Estado.

Ni Lula ni quienes lo antecedieron y convivieron con el financiamiento ilegal de la política exigieron a Odebrecht y demás empresas de la trama de corrupción que compraran medios de comunicación y los pusieran al servicio del gobierno.

Esa fue la política aplicada por Vladimir Putin en Rusia y tomada como modelo por el chavismo, el orteguismo, el correísmo, el kirchnerismo y otros. Pero no por los gobiernos del PT.

Lamentablemente, Lula se prestó a la estrategia de victimización regional, impulsada desde Argentina y bendecida por el Papa. El argumento según el cual todos los acusados de corrupción son perseguidos políticos de dictaduras neoliberales por defender intereses populares tiene muchos puntos débiles. Uno es la cantidad de presidentes destituidos, procesados y encarcelados que son liberales o derechistas.

En Perú, fueron derribados, encarcelados o se convirtieron en prófugos presidentes que trazaron el rumbo liberal de la economía y que lo consolidaron. En Brasil, hay más derechistas que izquierdistas procesados y encarcelados.

Ricardo Martinelli es un millonario neoliberal que ocupó la presidencia de Panamá y al que un tribunal norteamericano entregó a los jueces de su país, que lo encarcelaron por corrupto. El expresidente guatemalteco Otto Pérez Molina es un general conservador, destituido y encarcelado igual que su vicepresidenta neoliberal.

Y hay muchos ejemplos más que contradicen la teoría de la persecución ideológica.

Aunque Lula acepte esta falaz estratagema defensiva, ni su forma de gobernar ni sus problemas de corrupción se parecen a los del matrimonio Kirchner.

Además de diferenciarse por la macroeconomía y por la forma de gobernar y de tratar a la oposición, Lula y Kirchner se diferenciaron por sus causas de corrupción.

Al expresidente de Brasil lo encarcelaron con pruebas escasamente convincentes sobre una supuesta dádiva. Kirchner, en cambio, estaría entre los detenidos por una prueba tan clara y legible como la letra de los cuadernos que describen la travesía de millonarios sobornos, rumbo a su propio enriquecimiento.

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