Israel: la hora del general

El triunfo electoral del héroe de guerra Benny Gantz que puso en jaque al premier Netanyahu. El nuevo gobierno.

Pasó por muchos campos de batalla como soldado. Pero en el más crucial de sus combates la artillería es política y las municiones son votos. Ganar esa batalla le permitirá avanzar hacia su objetivo más preciado: poner fin a “la grieta” que divide a los israelíes.

Desde que el general Benny Gantz lanzó su ofensiva contra Benjamín Netanyahu, anunció que se propone desenterrar el diálogo con los palestinos, rescatar las conquistas sociales que Israel lució desde sus comienzos y poner fin a la ocupación del Estado y las leyes con que los partidos religiosos llevan tiempo desvirtuando la raíz secular de la república.

Para enfrentar esos desafíos, el militar que dirigió dos devastadoras ofensivas sobre Gaza se situó en el centro del espectro político, creó la coalición Kahol Lavan (Azul y Blanco) uniendo a los partidos centristas Telem, Yesh Atid y Hosen L’Israel. Y con esa fuerza avanzó contra las trincheras ultraconservadoras.

La primera batalla fue en abril, pero Netanyahu recurrió a sus triquiñuelas. El resultado fue empate, con una ínfima ventaja para el primer ministro, quien intentó formar gobierno, pero no pudo. Entonces disolvió la Kenesset y convocó a la repetición del comicio, cuando lo que correspondía es que permitiera al otro candidato más votado el intento de formar gobierno.

El líder del Likud no violó ninguna ley, pero traspasó una frontera ética al impedir que Gantz tuviera en abril la oportunidad que le correspondía. La batalla para conquistar el monte donde se erige el Parlamento se repitió en septiembre y esta vez fue la fuerza del general la que, en el marco de una persistente paridad, recibió más votos y dos bancas más que las obtenidas por el Likud.

No obstante, la guerra no estaba ganada. Netanyahu recurre a mil artimañas antes de capitular. Lleva tiempo atrincherado en el poder porque perderlo le implicará un viacrucis judicial por tres causas de corrupción.

Además, en el enmarañado escenario político israelí es posible encontrar salidas de emergencia, sobre todo para quien no muestra muchos escrúpulos a la hora de construir poder.

Estilo. Netanyahu se hizo fuerte durante una década en base al expansionismo sobre Cisjordania y el avance del fundamentalismo sobre el Estado laico y sus leyes. Al cimiento de su construcción de poder lo encastró en la fractura entre israelíes que causaron sus políticas.

Netanyahu reinó sobre una sociedad partida al medio, aplicando un extremismo que estigmatizaba como traidores a los judíos partidarios de frenar la construcción de asentamientos y retomar las negociaciones sobre la solución de los dos Estados que enterró el líder del Likud.

En la antesala de la repetición del comicio, el primer ministro recurrió nuevamente al “populismo” expansionista al prometer que, de ganar, anexaría el Valle del Jordán, incluyendo Kiyat Arba y la parte judía de Hebrón. Hizo esa promesa en la ciudad de la Tumba de los Patriarcas, justo el día en que se cumplían 90 años de una masacre de judíos perpetrada allí. Pero la compleja trama de la política israelí abría un flanco que lo debilitaba. Su coalición se había sostenido sobre una convivencia imposible. El agua y el aceite eran los partidos religiosos y el derechismo secular del partido Yisrael Beitenu.

Avigdor Lieberman, el líder de la fuerza creada por los judíos llegados desde la extinta Unión Soviética, ocupó el cargo de ministro de Defensa hasta que decidió dejar de traicionar los fundamentos laicos de su partido por permanecer en un gobierno con sobredosis de integrismo religioso.

Harto de relegar, entre otros, su compromiso de luchar para que los judíos ortodoxos hagan el servicio militar como el resto de los israelíes, Lieberman pateó el tablero.

Cuentas. Por la complejidad de la matemática política, habiendo retrocedido en votos, la llave del futuro gobierno quedó en las manos de Yisrael Beitenu y no en poder de la gran sorpresa electoral, que fue la Lista de Unidad de los partidos árabes logrando el tercer puesto.

A pesar de su retroceso, Lieberman quedó en el estratégico rol de árbitro en la formación del próximo gobierno, porque la mayoría que obtuvo Gantz no le alcanza para formar una administración de centroizquierda debido a la fuerte caída que sufrieron el Partido Laborista y el Meretz.

El bloque de la centroizquierda, si incluye a Kahol Lavan, sumó más votos que el bloque derechista. Pero no alcanzan para formar gobierno. Ni bien concluyó el escrutinio, se vio que el partido más votado sólo podría formar lo que los alemanes llaman gobierno de Gran Coalición, o sea un gobierno compartido por las dos fuerzas más grandes y más antagónicas.

Antes de Netanyahu, gran coalición significaba gobierno de unidad entre el Likud y el Partido Laborista, como el pactado en el 2004 por Ariel Sharon y Shimon Peres. Pero aquella cohabitación fue posible porque Sharon había dado un giro copernicano en relación a los asentamientos en Gaza y la cuestión palestina.

Ahora, con el laborismo y el Meretz en los umbrales de la irrelevancia, y con la fragmentación del sistema de partidos, gobierno de unidad nacional significa coalición entre el partido centrista de Gantz y el derechista Likud.

Netanyahu hizo con el Likud lo que Boris Johnson intenta hacer con el Partido Conservador británico: convertirlo en una fuerza ultranacionalista con el liderazgo personalista y vertical de un caudillo que expulsa a los dirigentes que no se le subordinen con sumisión. Por eso, dado el compromiso de Benny Gantz de sacarlo del poder y garantizar que no tenga impunidad, al líder del Likud le quedó como último recurso, mientras seguía ofreciendo porciones de poder para salvar su permanencia en el cargo, amenazar a la dirigencia del Likud para que no acepte sumarse al gobierno si eso implica sacarlo del camino y dejarlo a la intemperie ante los jueces.

Al cierre de esta edición, el presidente israelí, Reuven Rivlin, le encomendó a Netanyahu que intente conformar un nuevo gobierno de coalición, algo que parecía imposible por la resistencia de Gantz. Si el primer ministro fallaba, le tocaría el turno al general.

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