Hartos ya de estar hartos

El hartazgo no es con Scioli. La culpa de la derrota está en Cristina y en sus cortesanos, que no dejaron de denigrarlo ni siquiera en la campaña electoral.

Fue una pulseada entre el hartazgo y el miedo. El kirchnerismo calculó mal la dimensión del hartazgo, mientras que la oposición calibró mal la campaña del miedo. Ni siquiera se dio cuenta de que hubo dos campañas, diferentes en sus objetivos y en la munición utilizada.

La primera no apuntaba a fortalecer a Daniel Scioli, sino a acotar su triunfo. Cristina estaba convencida de que el candidato oficialista se impondría, incluso en primera vuelta. Su preocupación era que no llegara al 54 por ciento que ella tuvo en 2011.

El Gobierno nacional percibía hartazgo en la sociedad, pero no dimensionaba de modo correcto su envergadura. Por eso decidió que Scioli debía obtener suficientes votos para ganar, pero menos de los que le dieran ínfulas y vuelo propio.

La primera campaña del miedo no buscó volcar los indecisos en favor del candidato del Frente para la Victoria. Entre los indecisos, predomina una franja despolitizada; ergo, el mensaje debe ser simple y referido a sus necesidades.

Al contrario, los mensajes de la primera campaña fueron lo suficientemente ideologizados como para evidenciar que el destinatario era la propia base kirchnerista de clase media. Esa que adhiere con fervor emocional a una descripción de la historia y del presente que al resto de la sociedad le resulta ficcional.

El objetivo del mensaje que advertía sobre la intención expoliadora de la “antipatria” es que la feligresía de clase media entre en trance ideológico y se aboque a la “resistencia” contra quien quiera alterar el legado “revolucionario” de Cristina.

En síntesis, el target estaba en la base propia que, aunque despreciándolo, votaría por Scioli. Y el objetivo era dejar al sucesor una bomba política para poder controlarlo.

El resultado de la primera vuelta cacheteó a ese liderazgo que, confiado en el triunfo, le había colgado a su candidato anclas de todo tipo (Carlos Za­nnini, Aníbal Fernández, etcétera). El escrutinio les mostró que Mauricio Macri podía sacarlos del poder.

Estupefactos, la Presidenta y su séquito cayeron en la cuenta de que, ahora sí, estaban obligados a ayudar a Scioli a ganar. Fue entonces cuando un equipo de expertos puso en marcha la segunda campaña del miedo. Y la oposición siguió sin entender el juego.

Para el balotaje, el oficialismo lanzó una ofensiva que la oposición padeció, sin contraponerle una estrategia defensiva.

 

La campaña consistió en el goteo permanente de la afirmación de que “el cambio es el ajuste”. Una metralla intensa y desde muchos frentes, que instaló el mensaje en el subconsciente de la población.

Ese tipo de propaganda no tiene efecto inmediato; por eso, no lo captan las encuestas.

La campaña apuntaba a sectores que ya eran parte de la inmensa “ola del cambio” sobre la que surfeaba Macri. Gente que, como mucha otra, está harta del personalismo, la arbitrariedad y el agresivo sectarismo de un liderazgo que posa de vanguardia esclarecida; pero gente que también teme perder el trabajo, sus niveles de consumo, los planes en cuotas y los feriados que alargan fines de semana.

En ese amplio sector, que en la primera vuelta votó a Sergio Massa, la preocupación que le instaló el goteo se activaría recién en el cuarto oscuro, o en las horas previas. Por eso las encuestas en boca de urna tampoco detectaron el efecto de la segunda campaña.

La persona salía de votar tan harta de Cristina, de La Cámpora y del discurso sectario como había entrado al lugar de votación. Al encuestador, le respondió con el hartazgo, pero al sufragio lo había elegido con el miedo al ajuste.

La campaña fue tan eficaz como para atenuar la ola del hartazgo. Pero esa campaña perfectamente calibrada se lanzó demasiado tarde para lograr que ganara Scioli.

Según más de un especialista, a ese efecto atenuador habría que sumar los puntos que, durante los conteos del Correo, se habrían traspasado de modo artero de Macri a Scioli, pero que el vencedor habría decidido no denunciar, para no generar tensiones en una transición de por sí complicadísima.

De haber ganado Scioli, se lo estaría describiendo como un estratega con lucidez y paciencia de ajedrecista. La derrota muestra que haber soportado una década de humillaciones ni siquiera le sirvió para alcanzar la meta por la que sacrificó su orgullo.

De todos modos, el hartazgo no es con Scioli. La culpa de la derrota está en Cristina y sus cortesanos, que no dejaron de denigrarlo ni siquiera en la campaña electoral, proceso en el cual satanizaban a Macri, pero no elogiaban al candidato propio. Ni siquiera lo nombraban.

La clave de lo que viene está en que Macri entienda (y hasta ahora así parece) que el verdadero apoyo a lo que él representa se vio en las primarias.

Los votos que se sumaron en las elecciones posteriores se deben al hastío de una mayoría que no comulga con el “privatismo” ni el “libremercadismo”, ni las políticas de ajuste.

El hartazgo no tiene que ver con la economía, sino con la arbitrariedad, el sectarismo, el culto personalista y la “egocracia”, con sus liturgias de adoración a la líder única y total.

Esas bases que rezan “el relato”, siguiendo la línea que baja el liderazgo, conformaron un oficialismo que trató a la oposición como si fuera una despreciable disidencia.

Ahora que le toca ser oposición, la pregunta es si aceptarán ese rol o el delirio ideológico los convertirá en “resistencia”.

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