Estados Unidos: máscara de halcón

La estrategia de Trump es amenazar y escenificar belicismo, pero le tiene fobia a la guerra. Lo prueba la caída de John Bolton.

Nadie entrega la cartera a un ladrón con pistola de juguete. La falla en la estrategia bélica de Donald Trump es que ya se sabe que tiene balas de fogueo el revólver que a cada rato desenfunda. Ese es uno de los rasgos particulares de su gobierno. La guerra no es una opción, sino una eterna amenaza.

Esto no implica que pueda descartarse un conflicto bélico. Si estalla una guerra entre Arabia Saudita e Irán, Estados Unidos entraría en el conflicto. La escalada de tensiones producida por el ataque de los aliados de Irán en Yemen, que devastó la producción petrolera saudí, podría detonar una guerra que involucre directamente a los norteamericanos.

Pero de poder evitarlo, Trump lo hará. Su estrategia favorita es posar de belicista para forzar negociaciones en condiciones favorables. Pero no quiere conflictos bélicos. En rigor, le tiene pavor a la guerra. Por eso, mientras gesticula amenazante a diestra y siniestra, quiere sacar a los marines de los conflictos donde ya estaban cuando él llegó a la Casa Blanca.

Que no esté dispuesto a hacer la guerra no implica que sea un pacifista. El pacifismo es una convicción ética y política. En cambio Trump no quiere guerras sólo porque las considera pantanos extremadamente caros y engorrosos, de los que salir es muy difícil. El problema es que muchos ya entendieron su juego y eso le quita efectividad.

La última máscara belicista que se le cayó a la administración Trump es John Bolton. Ese aire de Yepeto que le dan los anteojos de abuelo entre el blanco de la abundante cabellera y el bigote tupido transmitía una engañosa imagen de mansedumbre. Bolton es un halcón de los peores.

Para el último funcionario que salió del gabinete de Trump, la guerra no debe ser una ultimísima opción, sino figurar entre las primeras. Por eso empujó a George W. Bush a invadir Irak, ideando la falsa causa de las armas de destrucción masiva que el equipo encabezado por el experto sueco Hans Blix jamás encontró.

Bolton fue uno de los responsables de que Irak se convirtiera en un agujero negro que supuró milicias sanguinarias y conflictos devastadores. Convertido en consejero de Seguridad Nacional de la actual administración, Bolton articuló su accionar con otros halcones que incorporó Trump. Elliott Abrams es el caso más visible. Bush padre lo había usado de guía para invadir Panamá, a pesar de que tenía antecedentes negros como haber ideado la manganeta ilegal que manchó a Ronald Reagan con el escándalo “Irán-contras”.

Choques. Antes de quedar debilitado por sus fracasos en Venezuela, Bolton ya coleccionaba peleas con el presidente. Chocó por la inacción ante la anexión de Crimea, que envalentonó a Putin a intentar nuevas conquistas de territorio ucraniano en la región de Donbass. También criticó al mandatario los encuentros con Kim Jong-un y sus gestos amistosos con el líder norcoreano. Volvió a chocar con Trump cuando desoyó su consejo de atacar a Irán como respuesta al derribo de un dron estadounidense sobre el Estrecho de Ormuz.

La última pelea fue una buena excusa para que Bolton presentara su renuncia: deseoso de salir de Afganistán, Trump tuvo la insensata idea de invitar a la cúpula talibán a reunirse con él en Camp David. Por un lado marginaba al gobierno afgano y, por otro, desconcertaba a su propio país con semejante encuentro a pocos días del 11-S, cuando se conmemora el ataque exterminador que Al Qaeda planificó desde su cuartel general en Afganistán.

De todos modos, la posición de Bolton se había debilitado hasta el extremo en Venezuela, por la seguidilla de fracasos en que terminaron sus intentos de dividir al bloque militar que sostiene al régimen.

El último y peor de esos fracasos fue su gestión secreta con el general Padrino López. O bien el ministro de Defensa chavista engañó a Bolton o bien se cruzó un cisne negro que lo hizo dar marcha atrás a último momento. El hecho es que el golpe contra Maduro falló, una vez más.

El viejo consejero se defenderá ante la historia diciendo que sus maquinaciones fracasaron porque el régimen percibió que Trump, en realidad, no tenía en sus planes ninguna acción militar. Pero más allá de esos visibles cortocircuitos, él era un guerrero en un gobierno que no quiere guerra. Como Trump ha mentido tantas veces, es posible creerle a Bolton cuando afirma que había presentado su renuncia al presidente la noche anterior al día en que éste lo despidiera.

Por un lado, la salida de Bolton confirma que la crisis es un rasgo permanente de la gestión de Trump. Obama cambió tres consejeros de Seguridad en ocho años, mientras que la suma de Michel Flynn, el general McMaster y Bolton, da como resultado el récord de un consejero por año.

No obstante, el rasgo más significativo que se develó es que, en la estrategia de Trump, la imagen del halcón es sólo una máscara. Detrás de esa máscara no hay una paloma, sino un negociador temerario que no quiere guerras.

El único ataque ordenado por Trump fue en Siria, contra un supuesto centro de producción de armas químicas. Pero en realidad fue la simulación de un ataque y se realizó con acuerdo de Putin, sobre un blanco señalado por Rusia.

De ordenar ataques reales, por caso contra blancos iraníes, sería consecuencia de circunstancias especiales y de las presiones de Netanyahu y Mohamed Bin Salman; pero no del consejo de los halcones que puso en el Pentágono.

Bolton tardó en comprender cuál era el rol que se le había asignado. Y lo pagó muy caro. Jamás habrá imaginado que un presidente ultraconservador diría que lo echó por recomendación de un líder norcoreano. Eso dio a entender Trump: “Kim no lo soportaba”.

En rigor, nadie habría imaginado escuchar a un jefe de la Casa Blanca reprochando a un colaborador no caerle bien al tirano de un régimen considerado el totalitarismo más monstruoso y criminal del mundo.
Según el propio Trump, hubo un proyectil norcoreano entre los muchos que causaron la caída del halcón blanco.

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