En el laberinto iraquí


Lo había advertido con claridad Brent Scowcroft. Sin una dictadura sunita, Irak estallaría en tres pedazos. El norte marcharía hacia el viejo sueño del Kurdistán, que sólo se materializó un par de años tras la Primera Guerra Mundial. El sur se convertiría en un Estado chiita, probablemente teocrático como Irán. Y en el centro quedarían los sunitas con las minorías árabes cristianas, sin yacimientos petroleros.

Lo entendió George Herbert Walker Bush, por eso ordenó al general Norman Schwarzkopf que sacara al ejército iraquí de Kuwait, pero dejara en pie el régimen de Saddam Hussein en Bagdad.

Bush hijo olvidó la advertencia del consejero de Seguridad de su padre, lanzando la guerra que derribó a Saddam y desmanteló el ejército iraquí, convirtiendo a Irak en un agujero negro que engendró extremismos de toda clase.

El yihadista jordano Abú Mussab al Zarqawi creó «Al Qaeda Mesopotamia», la milicia que derivó en el Estado Islámico (EI) que rige en el centro de Irak a fuerza de fanatismo lunático y exterminio.

Barack Obama tuvo que regresar al conflicto del que quiso sacar a Estados Unidos para siempre. Los bombardeos que realiza sobre las milicias de Abú Baker al-Bagdadí lo hizo blanco de críticas, incluso dentro del Partido Demócrata. La pregunta que disparan sobre el presidente es: ¿por qué bombardea en Irak, si no lo hizo en Siria?

Obama tiene varias razones válidas. En Siria, su decisión de bombardear tras el ataque con armas químicas obligó a Rusia a mediar logrando que el régimen entregara sus arsenales químicos. Además, precipitar en ese momento la caída de Bashar Asad implicaba favorecer a la milicia rebelde más poderosa, que era precisamente el EI, el grupo ultrafanático y sanguinario que controla el centro de Irak y el este de Siria.

Otra razón es impedir que la milicia se apodere del Kurdistán y sus yacimientos, lo que le permitiría financiar las masacres y deportaciones de los caldeos, asirios y siríacos, así como de kurdos y la comunidad yazidi.

El gobierno chiita iraquí, apañado por Irán, cometió un grave error al marginar a los dirigentes sunitas y maltratar a esa etnia. Pero apoyarlo, mientras se entrega armamento a los peshmergas (combatientes kurdos) y se ataca desde el aire al EI es, claramente, el mal menor.

No fue Obama quien convirtió Irak en este mapa que se resquebraja violentamente, sino Bush hijo enviando al inepto Paul Bremer a desarticular las Fuerzas Armadas y echar del Estado a los sunitas del Partido Baas. Aquellas negligencias aceleraron la descomposición que había anunciado Brent Scowcroft.

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