En el G-20, un príncipe sospechado de asesinato

Arabia Saudita mostró los dientes y generó una situación vergonzosa para muchos países. Entre ellos, la Argentina, que será sede de la próxima cumbre del G-20. A este cónclave mundial asistirá el príncipe Mohammed bin Salman, a quien se acusa de haber ordenado el brutal asesinato del periodista disidente Jamal Khashoggi. Es posible, incluso, que en el marco del G-20 se reúna con Donald Trump.

lavanguardia.com

Al conocerse que la CIA llegó a la conclusión de que la orden por la cual terminó asesinado el periodista disidente fue dada por el príncipe heredero y actual hombre fuerte del reino de Arabia Saudita, la pregunta entre los principales gobiernos del mundo pasó a ser “qué hacer” al respecto.

¿Exigirán que el asesino sea juzgado y castigado por su monstruoso crimen? ¿Romperán relaciones con Riad hasta que demuestre que se ha hecho justicia con la muerte atroz de Khashoggi?

Se esperaba que, por lo menos, Arabia Saudita desista de que sea Mohammed Bin Salman quien represente al reino en la cumbre del G-20 que se realizará en Buenos Aires a partir del 30 de noviembre. Habría sido muy fácil para esa teocracia absolutista reemplazar a su enviado a la Argentina. Podría viajar el propio rey Salman Bin Abdulaziz.

Sin embargo, en un abierto desafío al mundo que coloca en situación vergonzosa al país anfitrión y a los principales socios y aliados del mayor reino de la Península Arábiga, la Casa Saud se negó a reemplazar a su enviado.

El rey y el príncipe heredero “son la línea roja” que nadie debe cruzar, advirtió, casi amenazante, el ministro saudí de Relaciones Exteriores Abdel al Jubeir.

Excluyendo a sus vecinos árabes, Estados Unidos es el país que quedó en la peor de las situaciones por el horrendo crimen y la reivindicación de la impunidad del príncipe.

Donald Trump nunca ocultó su voluntad de encubrir al príncipe de las manos ensangrentadas y acaba de hundir a su país en un sentimiento de profunda vergüenza, al dejar en claro que prioriza el vínculo estratégico con Riad y la estabilidad en los precios del petróleo, aunque sea al precio de la impunidad del hombre que ordenó la captura, tortura, asesinato y desaparición de un disidente que estaba asilado en Estados Unidos.

No es la primera vez que Washington tiene por aliados a oscuros criminales. Desde el sanguinario presidente survietnamita Nguyen Van Theiu a Anastasio Somoza, tirano nicaragüense del que Franklin Roosevelt dijo: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Fueron muchos más los aliados indeseables que Estados Unidos tuvo y mantuvo en distintos rincones del planeta.

El caso Khashoggi podría resultar insignificante junto a otros tantos casos. Sin embargo, por el modo en que ocurrieron los hechos, se convirtió en la bomba que destrozó la vergüenza de muchos gobiernos. Empezando por los gobiernos árabes que guardaron un bochornoso silencio, y siguiendo por la administración Trump, que a través del presidente y del secretario de Estado, Mike Pompeo, terminó en una posición que daña gravemente la autoridad moral de los Estados Unidos.

De aquí en más, Washington no podrá imponer sanciones por violaciones a los derechos humanos sin ruborizarse por la complicidad con un crimen espantoso.

Posiblemente, el rey Salman termine por revertir su elección del sucesor. Es posible que, pasado un tiempo, se designe como heredero del trono al príncipe Ahmed bin Abdulaziz, hermano del actual monarca; o la sucesión vuelva a quien fue el primer elegido: Mohamed Bin Nayef, el primo de Mohammed.

Aun así, el crimen de Khashoggi y la soberbia criminal del reino que marcó la “línea roja” habrán avergonzado a muchos países aliados y también a la Argentina, que tendrá que recibir al cuestionado príncipe en la cumbre del G-20.

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