Elecciones en Israel: victoria derecha

El premier israelí renovó mandato con banca nacionalista y de ultra religiosos.

El Israel ensimismado, que busca su identidad en textos sagrados y se entusiasma con el expansionismo restando negociación para sumar asentamientos, volvió a imponerse al otro Israel, que es un país liberal, convencido de que el Estado democrático es necesariamente un Estado secular, y que los éxitos de la imposición sobre el diálogo están engendrando un triunfalismo fanatizado que divide internamente y aísla internacionalmente.

Por cierto, desde Gaza y el sur del Líbano, Hamás y Hizbolá colaboran con el crecimiento del conservadurismo ultra-religioso israelí. Con esa ayuda externa, el discurso intolerante que describe como “enemigo” al israelí que quiere negociación y como “izquierdista” al que cuestiona la corrupción y el belicismo de Netanyahu, se ha vuelto hegemónico.

El líder derechista tuvo éxito en la economía, pero para que el oscurantismo de sus aliados y las denuncias que pesan sobre él no lo debiliten, recurrió a la demagogia de los populismos: dividir a los israelíes para inocular odio político en “la grieta”.

Desde hace tiempo, se percibe lo que Alan Abramowitz y Steven Webster llamaron “partidismo negativo”: adherir con fanatismo a una vereda por aborrecimiento a la otra vereda. Netanyahu lleva años surfeando esa ola de intolerancia, no sólo contra los palestinos, sino contra el Israel liberal, secular y progresista, que prefiere negociar antes que imponer y concibe la sociedad abierta.

Minoría. En las elecciones del 2009, la centrista Tzipi Livni derrotó a Netanyahu en los votos y el partido Kadima obtuvo más escaños que el Likud, pero los ultra-religiosos permitieron a “Bibi” formar gobierno. Y lo hizo sin ruborizarse. Lo hará de nuevo ahora, a pesar de que el centrista Beny Gantz lo empató siendo un debutante en la política.

En el Israel de hoy es difícil concebir gestos de grandeza política como el que hicieron Yitzhak Shamir y Shimon Peres en 1984, cuando alcanzaron un acuerdo de unidad nacional basado en la rotación en el cargo de primer ministroo. El gobierno acordado duró 50 meses, en el primer periodo lo encabezó el líder laborista y, en el segundo, el jefe del Likud.

La radicalización nacionalista y religiosa hace que algunos partidos ortodoxos, aunque indignados por la corrupción de Netanyahu, no apoyen un gobierno de Gantz porque su número dos, Yair Lapid, es un partidario del secularismo. La radicalización ha marginado al Partido Laborista y puso al borde de la extinción al Meretz, su tradicional socio izquierdista. La elección corroboró que los generales tienden a ser más moderados y partidarios de la negociación que Netanyahu y sus socios religiosos.

Los militares apoyaron las concesiones de Beguin para la paz con Egipto. El general Rabin, arquitecto de victorias cruciales, inició las negociaciones para que exista un Estado palestino. Y otro general con hazañas en campos de batalla, Ehud Barak, fue el primer ministro que ofreció a Yasser Arafat un sector de Jerusalén, a cambio de un acuerdo definitivo.

Gantz es un general que comandó dos feroces choques con Gaza. Pero entiende que el poderío puede incubar debilidades, que los israelíes están peligrosamente divididos y que el triunfalismo expansionista está siendo usado por el antisemitismo para imponer a los judíos el estigma que nuevamente los haga blanco de odios criminales.

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