El sueño argentino

El país que mira aterrado a los que pelean mientras las llamas nos devoran no sueña que «Dios es argentino».

El país que mira aterrado a los principales protagonistas del proceso electoral peleando entre las llamas que lo devoran no está soñando que “Dios es argentino” y que estamos “condenados al éxito”. Pero sueña.

En ese sueño, Mauricio Macri no amenaza con el “castigo divino” del mercado al “pecado” de no haberlo votado ni culpa de todo al ganador de las Paso; Alberto Fernández no usa sus declaraciones para convertir al presidente en su propio “Remes Lenicov”, y Roberto Lavagna no menosprecia a Luis Brandoni y a Juan José Campanella por haber convocado a la marcha del sábado pasado.

El Macri del sueño admite su responsabilidad en la desoladora fragilidad de la economía que detonó con las Paso, se disculpa por sus promesas fallidas y sus certezas desmentidas por la realidad y se compromete a dejar de pelear entre las llamas para concentrarse, pura y exclusivamente, en acordar con quien sea para contener, como sea, los desgarros que está padeciendo la sociedad.

A su vez, el Alberto Fernández del sueño aleja de sí las recomendaciones y tentaciones de aportar a que el Gobierno arda en una fogata financiera antes de concluir su mandato.

El Fernández onírico sólo actúa como el candidato peronista que una semana antes habló con sensatez y responsabilidad para calmar mercados y conjurar colapsos. No el que, días después, arrojó fósforos al combustible que empapa la realidad argentina.

El del sueño no actúa como boxeador salvaje que lanza golpes bajos a un rival que ya tambaleaba contra las cuerdas. Tampoco dice que en Venezuela “no hay dictadura sino gobierno autoritario”, ni respalda semejante afirmación con argumentos desopilantes.

Según el de la pesadilla, la definición de dictadura no tiene que ver con los actos sino con el origen. Si llegó al poder por las urnas, aunque cometa los miles de asesinatos, torturas y desapariciones que denunció Michel Bachelet desde la ONU, no es dictadura sino “gobierno autoritario”. Y agrega como fundamento que en Venezuela “las instituciones funcionan”.

El del sueño sabe que las instituciones están, pero no funcionan. El Congreso está, pero para que haya república debe actuar como Poder Legislativo, y eso no ocurre desde que Nicolás Maduro bloqueó su capacidad de legislar.

Los jueces supremos están, pero para que funcionen como Poder Judicial deben tener independencia, algo que tampoco ocurre.

Que haya personas debatiendo en un hemiciclo y otras con toga en un estrado, no significa que las instituciones de la república funcionen. Decir lo contrario, como hizo el Fernández de la pesadilla, no sólo mostraría la continuidad de oscuros nexos del kirchnerismo con Caracas y el condicionamiento que puede imponerle Cristina. También es posible interpretarlo como señal de lo que podría suceder en su gobierno.

En definitiva, si lo que define a un gobierno es el origen, no los actos, que Fernández esté por ganar una elección (y sin cometer fraude como el que hizo Maduro para obtener su segundo mandato) le daría una coartada para censurar, hostigar y acosar a críticos y opositores sin sentirse dictador.

En el sueño argentino, Alberto sigue sosteniendo sobre corrupción, populismo y autoritarismo lo mismo que sostuvo en la última década. Y a su lado hay un Macri que admite sus fracasos, además de disculparse con la mitad del país que teme un retorno del sectarismo agresivo y el culto personalista, por no haber dado un paso al costado para que el oficialismo pueda tener un candidato más competitivo que él.

Es un Macri consciente de los daños económicos y sociales causados. Y, ya que estamos, el presidente del sueño es un estadista con cultura política y un discurso vigoroso, que nunca recurriría a eslóganes insustanciales y vacíos como “juntos, los argentinos somos imparables”.

En el país soñado por la Argentina aturdida de empobrecimiento y miedo, Cristina reconoce que dejó una economía en grave estado y Macri admite haberla empeorado.

En ese mismo escenario inverosímil, Hernán Lacunza, Guillermo Nielsen y Lavagna, con la posición de equilibrio entre libremercadismo y pragmatismo heterodoxo que exhiben en la vigilia, comparten la conducción económica de la transición para evitar daños aun más graves.

Sucede que, puesto a soñar, el país dolido y asustado sueña cosas incluso más fantasiosas que el delirio en el que “Dios es argentino” y “estamos condenados al éxito”.

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