El riesgo de jugar a dos puntas

El candidato oficialista deería abandonar su proverbial ambigüedad y explicar cuáles de esos personajes tan antagónicos que estaban en el Ópera señalan el rumbo de la gestión que aspira a realizar.

Sobre el significado de las dos caras del dios Jano, hay muchas interpretaciones. Para Plutarco, son el paso del caos a la civilización; para Ovidio, un rostro mira a Oriente y el otro a Occidente, y representan la capacidad de abrir y cerrar todos los ciclos de la Tierra.

Otras interpretaciones mitológicas lo señalan como el dios de los comienzos, que garantiza los buenos finales; también es el dios de las puertas, como lo representa su templo en el monte Janícula.

Pero hay una interpretación que suele pasar inadvertida: las dos caras contrapuestas significan que la deidad romana podía mirar al mismo tiempo el futuro y el pasado, don que le había dado Saturno por albergarlo tras ser desterrado por Júpiter.

En ese sentido, el acto de Daniel Scioli en el teatro Ópera de la ciudad de Buenos Aires fue la efigie de Jano. El encuentro tuvo dos caras exactamente contrapuestas, y si una de ellas representa lo que el candidato oficialista quiere dejar en el pasado, la otra cara muestra el futuro al que aspira.

El teatro Ópera fue como el monte Janícula, y albergó representaciones opuestas. Por un lado, estaban Carlos Zannini, Aníbal Fernández y “Wado” de Pedro, entre otros, representando la esencia kirchnerista en estado puro.

Por otro, en la misma sala estaba Eduardo Buzzi, el protagonista de la guerra por las retenciones a la soja que más atacó al Gobierno y que más atacado fue por él. Y sobre el escenario, junto a Miguel Bein, o sea en la primera línea del equipo económico que regiría bajo una presidencia del actual gobernador bonaerense, estaba Miguel Peirano.

El hombre que reemplazó a Felisa Miceli al frente de la economía del país, pero que sólo cuatro meses después fue reemplazado por Martín Lousteau, fue estos últimos años uno de los críticos económicos más demoledores que ha tenido el gobierno de Cristina Fernández.

No desde la trinchera ideológica, desde donde disparan críticas economistas como Carlos Melconian y José Luis Espert, sino desde un keynesianismo moderado y sintonizado con el pensamiento de Roberto Lavagna, Peirano rebatió todas las argumentaciones de Axel Kicillof.

Con el actual ministro de Economía ha sido tan particularmente duro como con las directivas económicas que imparte la Presidenta.

Incluso en Argentina debiera haber puntos sin retorno. Seguramente, la guardia pretoriana de Cristina, y ella misma, piensan que no puede haber en un gobierno de Scioli ningún lugar para el aborrecido Buzzi ni para el hipercrítico Peirano.

Hipocresía

El economista que hasta ayer nomás disparaba munición gruesa al Gobierno desde el Frente Renovador, cuando describía a Sergio Massa como el mejor para revertir la cadena de estropicios cometidos por Cristina a través de su timonel Kicillof, haciendo encallar la economía en el estancamiento con inflación, tendría que explicar por qué pasó, de la noche a la mañana, de una vereda tan cuestionadora a una vereda oficialista.

¿Dejó de pensar como pensaba antes de ayer? ¿O recibió de Scioli certezas de que implementará las propuestas económicas que él estuvo haciendo estos años?

También Buzzi debiera explicar qué es lo que ahora le cautiva del gobernador al que tanto criticó desde que acompañó a Néstor en aquel acto junto al Congreso, en el que desvarió comparando los tractores y cosechadoras de los ruralistas con los Falcon verde de los grupos de tareas.

Pero la principal pregunta, sobre todo para Peirano, es si saltó al sciolismo en busca del calor del poder o si está viendo en un eventual gobierno de Scioli la dirección económica que lleva tiempo proponiendo.

A su vez, el candidato oficialista debería abandonar su proverbial ambigüedad y explicar cuáles de esos personajes tan antagónicos que estaban en el Ópera señalan el rumbo de la gestión que aspira a realizar: Zannini, Fernández y De Pedro, o los dos recién llegados desde las filas del massismo.

También el kirchnerismo debiera explicar si ahora, después de tanta pasión confrontacionista y tanto desprecio por los “enemigos”, adhiere a la prédica de acercamiento, diálogo, cordialidad y búsqueda de consensos que siempre propusieron dirigentes más queridos afuera que dentro del oficialismo, como Omar Perotti y el mismísimo Scioli.

Claramente, la Presidenta todavía está en la trinchera y sigue disparando descalificaciones contra quienes cuestionan las verdades absolutas del “modelo”. Estela de Carlotto minimiza a Scioli calificándolo de entremés entre este y el próximo mandato de Cristina. Mientras, en el teatro Ópera, el agua y el aceite se mezclaron momentáneamente, planteando dudas inquietantes.

Si Buzzi sigue defendiendo la posición que defendió en la guerra por la resolución 125; si Miguel Peirano sigue pensando sobre la economía de Cristina y Kicillof lo que pensó y gritó a los cuatro vientos hasta hace pocos días, y si el kirchnerismo piensa en silencio lo que Carlotto pensó en voz alta, entonces el triunfo de Scioli implicará un período de conflicto político que terminará cuando una de las partes sea derrotada en la batalla.

La confrontación se trasladará desde la dimensión mediática, social y cultural, al interior de la Casa Rosada, de la bancada oficialista y del Partido Justicialista.

Todo es posible mientras el sciolismo siga pareciendo la efigie de Jano. Sobre ese dios romano, Albert Camus agregó una interpretación más, que el oficialismo parece confirmar: en su novela La caída, el filósofo recurrió a la deidad de las dos caras contrapuestas como metáfora de la hipocresía.

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