El Papa, luz y sombra


Sudán mostró el límite del Papa. Guardó silencio sobre una injusticia aberrante. Maryam Yahya recibirá cien latigazos y luego será ahorcada.

Se la acusó de violar el artículo 126 del Código Penal sudanés, al cometer adulterio. La prueba es su embarazo. Pero ella explica que quien la embarazó es su marido. El juez le dice que lo mismo hay adulterio porque el marido es cristiano. Maryam se defiende diciendo que también ella es cristiana. El juez le dice que no, porque su padre era musulmán. Ella responde que el padre murió cuando tenía seis años y la crió su madre, una cristiana etíope. El juez señala que no es razón para que no siga en la fe del padre; le aplica el artículo 146 y la condena a morir por apostasía: traicionar la religión propia tomando una «falsa» creencia.

Quizá las apelaciones o la presión de gobiernos europeos logren salvar finalmente la vida de Miryam Yahya, pero la monstruosidad y el absurdo del totalitarismo religioso merecían una condena que el Papa calló.

Francisco evita cualquier tipo de roce con gobiernos y ese límite se vio en el delirante proceso judicial llevado a cabo en Jartún, a la sombra del régimen genocida de Omar Bashir.

En cambio en Oriente Medio, el pontífice mostró una gran cintura política y la habilidad de los líderes.

Si en Brasil, en su primer viaje pastoral, Bergoglio había mostrado un carisma y una capacidad de conexión con las masas dignos de Karol Wojtila, en Jordania, Cisjordania e Israel sorprendió con la inteligencia y la osadía del buen estadista.

El primer viaje papal a Oriente Medio, en 1964, tuvo como núcleo el encuentro de Pablo VI y el patriarca ortodoxo Atenágoras, acercando dos iglesias separadas en el cisma del siglo XI y enfrentadas por la mutua excomunión del siglo XVI.

Los viajes de Juan Pablo II y Benedicto XVI implicaron acercamientos al judaísmo y al islam. Pero este viaje focalizó en la cuestión palestina-israelí. Y el papa Francisco supo favorecer a las dos partes.

Israel vio con muy buenos ojos que visitara la tumba de Theodor Herzl, el fundador del sionismo, exaltando de ese modo la creación del Estado judío, y también el memorial que evoca las víctimas israelíes del terrorismo.

A la parte palestina le dio una gran ayuda al invitar a su debilitado presidente, Mahmud Abbas, a encontrarse con Shimon Peres en el Vaticano.

Es un hecho más simbólico que concreto, pero entreabrirá una puerta que lleva tiempo clausurada: la de la negociación entre Israel y Palestina.

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