El País en silla de ruedas

No se trata de afirmar que Irán tuvo que ver con la muerte de Nisman, sino de señalar que es ridículo hacer una lista de sospechosos en la que no figure.

cris en siella

“Nos amontonamos al­rededor de un auto con 
la radio a todo volumen y por unos cuantos minutos la ciudad se detuvo. Hasta que estalló en aplausos, y abrazos, y emoción cuando terminó”.

Así de conmovedora fue la vivencia que tuvo Gabriela Cerruti al escuchar con un grupo de vecinos la cadena nacional. Para muchos argentinos, igual que para la legisladora porteña, la voz de la Presidenta sonó conmovedoramente esclarecedora; una luz que disipaba la densa oscuridad que ensombreció al país cuando apareció muerto Alberto Nisman.

Esa Argentina vio a una mujer que enfrenta al “enemigo” hasta postrada en una silla de ruedas. 
Le pareció una escena heroica y 
un discurso lógico, irrebatible y movilizador. Parecía sentir lo que habrá sentido la Francia del régimen de Vichy cuando escuchó a Charles de Gaulle exhortándola a ponerse de pie. La movilizó como a los británicos la voz de Winston Churchill pidiéndoles “sangre, ­sudor y lágrimas”.

Esa Argentina vio a una líder con estatura histórica, explicando de manera detallada la conspi­ración iniciada en su primer mandato, con los embates “destituyentes” del poder económico y sus corporaciones.

A los argentinos que aplaudieron y se abrazaron emocionados por el discurso, les pareció adecuado que señalara como presunto autor material del crimen a Diego Lagomarsino; como presunto autor intelectual a Jaime Stiuso y como patrocinador al Grupo Clarín.

La dirigencia, la prensa y la intelectualidad que adhieren al Gobierno nacional ya no hablan de conspiración destituyente sino, directamente, de plan para producir un golpe de Estado.

La muerte del fiscal que denunció a Cristina y a su canciller es el instrumento con que el mismo “enemigo” que inició hace años la guerra económica, informativa y judicial ahora embaucó a un leguleyo bobalicón para que acusara al Gobierno, y luego lo mató para producir la caída de la Presidenta.

De ese modo, el discurso incluyó la muerte de Nisman en la misma teoría conspirativa con que lleva años explicando todo. Y cuando terminó, hubo argentinos que aplaudieron y se abrazaron emocionados. Pero también había otra Argentina paralizada de estupor.

Además de no entender por 
qué lucía de blanco alguien que nunca viste de ese modo, y por qué se veía una silla de ruedas donde debía verse un escritorio, el otro país se espantó escuchándola forzar el artículo 109 de la Constitución (“en ningún caso” un jefe de Estado “puede ejercer funciones judiciales” ni “arrogarse el cono­cimiento de causas”) para marcarle el trayecto de la investigación a la fiscal.

Ese país reparó en la utilización reiterada de la palabra “íntimo” para referirse al vínculo entre la víctima y el supuesto victimario.

Los argentinos que no aplaudieron ni se abrazaron ni se emocionaron cuando terminó Cristina sintieron escozor de que, en lugar de condolerse aunque sea para cuidar las formas, la Presidenta se ensañara con el muerto, cubriendo de sospechas y acusaciones a quien ya no puede defenderse.

Sin Irán

En el universo kirchnerista, ­Nisman era el instrumento de un golpe de Estado y quienes creen 
en su denuncia son golpistas.

En el otro universo, el absurdo discurso no atenuó sino que acrecentó las dudas sobre el Gobierno.

En la dirigencia del disperso campo opositor, algunos no entienden la catástrofe institucional que implica esta denuncia seguida de muerte, mientras que otros vislumbran que el disparo en Puerto Madero dejó al país en el umbral de la violencia política. Pero ninguno señaló una sugestiva ausencia en la lista de sospechosos que enumeró Cristina: el Estado iraní.

Irán no es Costa Rica, sino una potencia que juega fuerte en el tablero estratégico mundial. Su aparato de inteligencia tiene espías en buena parte del planeta y la Guardia Revolucionaria maneja milicias extranjeras, como Hezbollah.

Un área clave de la Guardia ­Revolucionaria es la unidad de ­operaciones especiales Quds, que realiza acciones encubiertas en el exterior. Quds actuó en Pakistán, Líbano, Irak y Afganistán, además de ser señalada por atentados en Europa.

Sus largos brazos habrían llegado hasta Estados Unidos, donde está sospechada de planificar el asesinato del embajador saudita Abdel al-Jubeir.

Si semejante poderío puede estar detrás del atentado en la Amia, por qué descartarlo en la muerte de un fiscal cuya denuncia contra el Gobierno confirma gestiones iraníes ocultas para lograr impunidad en aquella masacre.

Tiene lógica sospechar del turbio servicio de inteligencia local, 
al que el Gobierno destrozó tras una larga manipulación para espiar a propios y ajenos en el país. Pero no tiene lógica excluir de la sospecha a los iraníes señalados por la Justicia argentina.

No se trata de afirmar que Irán tuvo que ver con la muerte de Nisman, sino de señalar que es ridículo hacer una lista de sospechosos en la que no figure.

Sin embargo, en la lista de la Presidenta está un allegado “íntimo”, el agente favorito de Néstor Kirchner y un grupo de medios de comunicación, pero no está la potencia chiíta.

También es curioso que un Gobierno que usa la palabra “ene­migo” para adversarios y críticos no la use para el régimen que presuntamente masacró argentinos 
en 1994.

Sin embargo, al país que se embelesó con el discurso de la Presidenta todo eso le parece lógico.

Por eso el abismo que lo separa del otro país es tan hondo que ­parece no poder cerrarse sin que uno de los dos caiga y se destruya en el fondo.

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