El mástil de Odiseo

Haber puesto la proa en una dirección determinada no es un éxito en sí mismo.

Los padres castradores y sobreprotectores incuban hijos desvalidos. Esos hijos tienden a aferrarse al vínculo, porque temen que romperlo los deje a la intemperie. Para afrontarla, deben transformarse en lo que nunca fueron a la sombra de los padres.

Similar de enfermizo es el vínculo entre el Estado y las empresas argentinas. Por su inmensa burocracia, el Estado aplasta con impuestos y sobrepeso administrativo a las empresas, al mismo tiempo que las protege de la competencia que acecha en el mundo exterior.

El resultado de la suma de proteccionismo y aplastamiento es el equivalente, en términos económicos, a lo que causan en sus hijos los padres castradores y sobreprotectores.

La insania de la empresa es sentirse a salvo bajo esa protección asfixiante. Y la del Estado es creer que de verdad está beneficiando a la empresa nacional.

La consecuencia de esa relación absurda está a la vista. Volverla razonable requiere transformar la matriz productiva y el Estado. El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea (UE) implica autoimponerse tales transformaciones. Atarse al mástil de Odiseo para una travesía que tendrá tempestades y naufragios.

Acordar con Bruselas equivale a poner la proa de la región en una dirección que tiene, en sí misma, un significado concreto.

El Mercosur lleva años a la deriva. Direccionarlo no puede ser malo. Al menos, no peor que navegar sin brújula o que permanecer anclado.

Firmar el acuerdo es direccionar la proa. Lo que falta es nada menos que emprender la travesía.

Se trata de un viaje que asusta por sus riesgos. Basta recordar los presagios apocalípticos de dirigentes políticos y de corporaciones sindicales y empresarias cuando Raúl Alfonsín acordó con José Sarney integrar las economías de Argentina y de Brasil.

Afirmaban que la industria brasileña arrasaría a la frágil industria nacional. Los temores que generó en México el ingreso al Nafta acrecentaron el respaldo al subcomandante Marcos y sus milicianos zapatistas.

Cuando Felipe González introdujo a España en la entonces Comunidad Europea, medio país tembló ante la incertidumbre que le provocaba salir del gris y corporativo Medioevo franquista.

¿Debieron Alfonsín, el mejicano Carlos Salinas de Gortari y el socialista andaluz detenerse ante las presiones internas? Los resultados que finalmente obtuvieron sus respectivos países parecen indicar lo contrario.

El Mercosur no existiría si Alfonsín hubiera vuelto a anclar la nave. Aunque, por cierto, al puerto establecido como destino no se llega en un santiamén y sin fatigas. Primero hay que zarpar y luego realizar un arduo trayecto que empieza en los parlamentos sudamericanos y europeos, atravesando después mares desconocidos con riesgos de encallamientos y naufragios. Seguramente los habrá, tanto aquí como en Europa.

En las dos costas ocurrirán sobresaltos y contramarchas. Haber puesto la proa en una dirección determinada no es un éxito en sí mismo. El éxito será llegar al destino fijado, que no es sólo hacer efectivo el acuerdo comercial, sino además la consecución exitosa de las transformaciones que requiere: reconvertir industria y empresa en numerosos sectores que serán afectados, construir calidad institucional y establecer reglas claras que den previsibilidad.

Si nuestra clase dirigente lograra ser creíble y forjar acuerdos sólidos, el solo hecho de apuntar en esa dirección atraería inversiones.

El acuerdo es histórico porque se trata de la asociación comercial entre regiones más importante que hayan firmado, en toda su historia, tanto el Mercosur como la UE. Pero un hecho histórico no necesariamente es un hecho trascendente.

Que un presidente norteamericano ingresara días atrás a territorio norcoreano fue histórico sólo porque ningún mandatario anterior lo había hecho. Pero lo que hizo Donald Trump al trasponer el Paralelo 38 en Panmunjon no será más que un puñado de pasos en la banalidad de la política espectáculo, si no logra el desarme nuclear de Corea del Norte.

Lo mismo le ocurrirá al acuerdo con la UE si la dirigencia argentina no realiza, con inteligencia y eficacia, la reconversión de su matriz económica.

Si lo logra, la realidad a la que se arribe tendrá un paisaje de desarrollo económico y social, en lugar de un panorama dantesco. Pero si el barco no zarpa porque los dirigentes políticos y sectoriales se quedan discutiendo en el puerto, la postal seguirá siendo la del Estado que protege a las mismas empresas a las que aplasta con su burocracia y sus reglas asfixiantes.

  • Periodista y politólogo.
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