El kamikaze nuclear

Corea del Norte pasó de las palabras y los gestos a los movimientos militares que anuncian una guerra.

En su despacho del segundo piso del Pentágono, el general Walter Lang estudiaba las fotos satelitales y llegó a la conclusión de que Saddam Hussein se disponía a invadir Kuwait.  A los tanques T-72 de la División Hammurabi , se sumaron en pocas horas las unidades blindadas Medina Luminosa y Confiamos en Alá. Pero el entonces secretario de Defensa Dick Cheney pensó que se trataba de otra fanfarronada del líder iraquí.

No había alcanzado a terminar aquel agosto de 1990 y el amo de Bagdad deglutió al emirato vecino, dando la razón a las sospechas del general que estudiaba los desplazamientos militares en las fotos tomadas desde los satélites.

Esas imágenes de alta precisión eran el único dato tranquilizador en la actual crisis de Corea. El liderazgo norcoreano se empeñaba en dar señales de guerra, sin embargo los ojos satelitales no veían grandes desplazamientos militares que corroboraran la intención de un ataque inminente. Y si no hay tropas acumulándose en las cercanías del paralelo 38 ni escuadras navales avanzando hacia el sur por el Mar Amarillo, los gestos guerreros de Kim Jong-un se quedan en una mímica desmentida por el lenguaje de los movimientos militares.

Pero la serenidad se acabó de golpe cuando los satélites vieron el traslado de un BM-25 Musudan hacia la costa Este de Corea del Norte. Ese tipo de misiles, también llamados Taepodong, llevan ojivas nucleares, son de mediano alcance y podrían alcanzar los cuatro mil kilómetros, aunque para muchos expertos no superan los 2.500 kilómetros.

La diferencia entre una y otra estimación de alcance implica la posibilidad de atacar la isla norteamericana de Guam, o sólo llegar hasta las bases estadounidenses en Okinawa. Lo que está fuera de discusión es que todas las ciudades surcoreanas y japonesas ser alcanzadas.

Si no fuera por la aparición en las fotos de las lanzaderas móviles del tipo de las que desfilaban por la Plaza Roja en los tiempos soviéticos, desplazándose pesadamente hacia las costas norcoreanas  sobre el Mar del Japón, habrían descartado una guerra a pesar de la alharaca belicista de Kim Jong-un.

 

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Ni el joven líder ni los viejos generales que lo rodean ignoran que lanzar un ataque sería un acto suicida. Entonces ¿por qué parecen tan dispuestos a entrar en guerra? ¿Por qué el pueblo norcoreano marcharía hacia una inevitable inmolación?

Visto desde éste lado político y cultural del planeta, se da por sentado que ha sido Corea del Norte la que inició la escalada de provocaciones. Empezó dejando sin efecto el armisticio de 1953, que  en sesenta años fue violado muchas veces, pero jamás había dejado de regir. Kim Jong-un lo suprimió y proclamó el “estado de guerra total”.

A renglón seguido cortó la “línea roja”, sistema de comunicación entre Seúl y Pyongyang igual al que existía entre el Despacho Oval de la Casa Blanca y el salón principal del Kremlin, como última alternativa para evitar un choque nuclear en los tiempos de la Guerra Fría.

Para mostrar que hablaba en serio, Kim expulsó a todos los surcoreanos que trabajan en Kaeson, único complejo industrial binacional, instalado en Corea del Norte a diez kilómetros de la frontera. Pero más contundente aún como mensaje fue la reapertura de la central nuclear de Yongbion, cuyo cierre en el año 2007 había sido el principal logro de la “negociación a seis bandas”, iniciada cuatro años antes y llamada así porque Washington había logrado involucrar a China y a Rusia, en la negociación en la que también estaba Japón, además obviamente de Estados Unidos y las dos Coreas.

En Yongbion, los norcoreanos producían el uranio enriquecido con el que fabricaron un puñado de bombas atómicas, por eso la reapertura de la planta fue el más grave retroceso de las últimas décadas. Pero es posible que todas estas temerarias y agresivas decisiones no hayan sido el origen de esta crisis, sino la consecuencia. Quizá al primer paso en la escalada lo dieron Washington y Seúl al incluir en esta edición de las maniobras militares conjuntas que realizan anualmente, portaaviones nucleares y aviones B-2 Stealth, que son bombarderos con capacidad de transportar ojivas atómicas.

No se puede descartar que la administración Obama y el nuevo gobierno surcoreano, encabezado por Park Geun-hye (la hija del ex dictador Park Chung-hee) hayan querido poner a prueba al joven nuevo líder del norte, encontrando una reacción desmesurada. Aunque no tan desmesurada como los bombardeos norteamericanos en la guerra de los años cincuenta.

 

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El conflicto había comenzado cuando el ejército de Kim Il-sung traspuso el Paralelo 38, invadiendo el sur. La fuerza multinacional (aunque esencialmente estadounidense) que entró en acción, logró liberar el territorio invadido. Pero no se contentó con echar a los norcoreanos. El general Douglas Mac Arthur intentó ocupar Pyongyang y destruir al régimen comunista que sostenían Mao Tse-tung y Joseph Stalin. Y como encontró en la resistencia norcoreana un hueso duro de roer, la aviación bombardeó el país hasta destruir más del ochenta por ciento de su infraestructura.

El aparato de propaganda del régimen comunista ha machacado desde entonces con las imágenes de aquella devastación. El terror a los norteamericanos y el aborrecimiento a sus esbirros cómplices del sur, es uno de los máximos logros de la propaganda, junto con la deificación de los máximos líderes del país.

Esa religión ideológica creada por el aparato propagandístico de un totalitarismo absoluto, le da al régimen de Pyongyang la posibilidad de ir a una guerra suicida sin encontrar oposición interna ni rebeliones sociales. El régimen está convencido de que, al haber logrado mantener en pie su economía colectivista de planificación centralizada a pesar de la eclosión soviética y el cambio de modelo en China, norteamericanos y surcoreanos intentarán eliminar al régimen que ya no puede dar ningún bienestar a su población pero si controlarla totalmente, además de sostener su poderío militar.

El padre y el abuelo del actual líder generaban tensiones militares para negociar ayuda económica y energética. Kim Jong-un asumió esta escalada belicista con el objetivo, ya no de obtener prebendas, sino de obligar a las potencias a que se levanten las últimas asfixiantes sanciones que le aplicó la ONU.

El logro norcoreano fue sobrevivir al abandono del colectivismo en  China y Rusia. También a la pérdida de la protección total de esas potencias. El estalinismo de Pyongyang pudo mantenerse en pié, aun habiendo quedado absolutamente aislado.

De todos modos, juega con fuego mirando hacia Beijing. Aunque China, en buena medida, abandonó a los norcoreanos a su suerte, difícilmente haya cambiado su decisión de impedir que un país aliado de Washington y con bases militares norteamericanas como Corea del Sur, llegue hasta sus fronteras.

Pero aun si China no moviera un dedo, Corea del Norte sabe que su poder no está en la capacidad de ganar la guerra (no puede hacerlo), sino en su disposición a declararla.

¿Su arma más letal? la aparente determinación de inmolarse.

 

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