El factor Florencia

Que gobernar implica defraudar a alguien es una ley de la política que, en Argentina, se verifica con gran intensidad.

os claves de interpretación de la realidad resultan imprescindibles para vislumbrar los caminos por los que posiblemente transite el país en los próximos meses.

La primera es que gobernar implica defraudar a alguien. La segunda, que el gobernante no está predeterminado, sino que será determinado por las circunstancias que le toque afrontar.

Que gobernar implica defraudar a alguien es una ley de hierro de la política que, en Argentina, se verifica con mayor intensidad.

Dada la cantidad de compromisos que contrae un dirigente en el trayecto hacia el poder, una vez alcanzada esa cima, debe elegir a cuál de los destinatarios de esos compromisos defraudará.

Mauricio Macri defraudó a la clase media y en las urnas de las Paso encontró la consecuencia. La pregunta que flota desde entonces es a quién elegirá defraudar Alberto Fernández, en el caso de que ganara.

Si prioriza su promesa de terminar con la grieta que divide a la sociedad, defraudará a buena parte de La Cámpora, de la militancia y de las bases que abrazan un sectarismo agresivo.

Los liderazgos ideologizados profundizan la fractura, porque se apuntalan en ella. Poner fin a esa división marcada por el desprecio y la demonización del otro sería consecuencia de un posicionamiento en el centro del arco político o en una centroizquierda socialdemócrata que nada tiene en común con el populismo.

Como ese corrimiento podría resquebrajar la alianza con el kirchnerismo, ya que para muchos equivaldría a una traición, su liderazgo y la gobernabilidad dependerían de la posición que adoptara su vicepresidenta. Y la posición de Cristina es parte de las circunstancias que determinarían al Alberto Fernández presidente.

Afirmar que el gobernante no llega predeterminado, sino que lo determinan las circunstancias, no invalida como factor influyente la naturaleza del dirigente y sus convicciones económicas y políticas.

La carga personal con la que llegaría al poder Alberto Fernández es el pragmatismo económico y el centrismo ideológico, por un lado; y por otro, una personalidad fuerte que no parece fácil de ser dirigida por otra persona.

Ese ADN político será un factor importante, pero las circunstancias serán determinantes.

De no haber mediado la suba de las tasas de interés en Estados Unidos y otros hechos que golpearon a las economías más vulnerables, Macri habría mantenido el gradualismo y, aunque con una economía predominantemente gris, en la segunda mitad de su mandato no se habría convertido en un ajustador serial que entregó el comando de la economía al FMI.

Hubiera sido diferente el efecto de esa circunstancia si hubiese impulsado grandes consensos en el primer tramo de su gobierno, o en 2017, cuando tuvo una segunda oportunidad que también desaprovechó.

Si repite mandato, Macri no tendría más chance que sacrificar poder personal en pos de consensuar un gobierno de base amplia.

Alberto Fernández ya dio señales de entender esa circunstancia. Para navegar las tempestades que impondrá la economía, necesitará un barco lo más grande posible y en el que todos actúen de manera sensata y responsable.

Si lo logra, podrá avanzar rumbo a un puerto acordado. Pero si un tifón lo empuja a la deriva, intentará llegar al puerto que le quede más cerca. Y ese puerto puede ser el de un kirchnerismo recargado o alguna otra variante de conducción verticalista, hegemónica y sectaria.

Que circunstancias adversas no impongan una versión de Alberto que no sea la que viene mostrando desde hace varios años, y que se empeña en ratificar ahora, depende de que en la naturaleza de Cristina Fernández se haya atenuado ese instinto de dominación que sólo podía aceptar por encima de su liderazgo el de su marido.

Y lo único que podría atenuar ese rasgo de la naturaleza de Cristina es el “factor Florencia”.

Si el estado de su hija es tan preocupante como dicen, debido a la conjunción de fragilidades de su salud con una fuertísima depresión, es posible que en Cristina el instinto de madre contenga al instinto político. En ese caso, su prioridad podría ya no ser el control del poder, sino disponer de tiempo y de serenidad para dedicar a su hija.

Entre las curiosidades de la política argentina, está la influencia que una joven que no se dedica a la política tiene sobre lo que podría ocurrir en el país: el factor Florencia.


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