El extraño caso del candidato maltratado

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De ganar el balotaje sería, para el kirchnerismo, como un vicepresidente que asume de manera simbólica el cargo cuando el presidente viaja. Eso pretenden de él: que asuma la presidencia, pero no el poder.

Parafraseando al inolvidable Daniel Salzano, Daniel Scioli podría quedar en la historia como “un Clark Kent que nunca se convierte en Superman”. O sea, alguien que defrauda la expectativa que genera, la ansiedad con que parte del país esperó ver al maltratado transformarse en héroe y escarmentar a sus maltratadores.

Lo paradójico es que los verdugos de Scioli son sus propios líderes y camaradas. El primer coscorrón en público lo recibió de Néstor Kirchner, cuando era su vicepresidente y osó lanzar una opinión sin permiso del jefe. Un período en el freezery la expulsión de los funcionarios que había colocado en la Secretaría de Turismo fueron parte de aquella tunda.

El segundo se lo propinó la entonces senadora Cristina Fernández, en plena sesión del Senado. Y Scioli no dijo ni mu. Agachó la cabeza y permaneció calladito en el estrado que preside el hemiciclo.

Ya como gobernador, por haber dicho que “tenía las manos atadas” frente a la inseguridad, en un acto partidario, Kirchner le pegó otra biaba. “¿Quién te ata las manos, Daniel? Decí quién”, vociferó Néstor, mientras el gobernador lo escuchaba abochornado.

Desde entonces, maltratar a Scioli fue un deporte kirchnerista. La intelectualidad orgánica lo describía como un adefesio noventista; los dirigentes juveniles lo trataban de impostor; los periodistas estatales y paraestatales lo fumigaban de agravios, mientras Cristina y sus ministros lo ninguneaban con sadismo.

Impostor

En el comienzo de la película Zelig , se describe una fiesta aristocrática donde, con vocabulario y modales refinados, un hombre elogia ante un grupo de millonarios el derecho a la riqueza ilimitada y el conservadurismo del Partido Republicano.

Minutos después, con lenguaje de bajo fondo, el mismo personaje conversa con la servidumbre de la mansión elogiando al Partido Demócrata y criticando a los ricos y los aristócratas.

El sujeto era Leonard Zelig, quien posteriormente pasaría de las metamorfosis mentales a las metamorfosis físicas.

Scioli fue un despolitizado y farandulero playboy , hasta que Carlos Menem lo llevó a la política. Entonces fue el menemista perfecto, hasta que integró el gobierno interino de Eduardo Duhalde, a esa altura archienemigo de Menem, y Scioli fue el duhaldista perfecto hasta el advenimiento del kirchnerismo.

Nunca le salió bien el papel de kirchnerista y, con ostentoso desprecio, siempre se lo hicieron sentir, a pesar de que no era el único Zelig. Incluso Néstor y Cristina habían sido lo contrario de lo que, a partir de la llegada a Olivos, personificaron y juraron haber sido siempre.

Sin embargo, desde la aplicación de las teorías de Ernesto Laclau, una forma de mostrar fe inquebrantable en el “modelo” y devoción por Néstor y Cristina ha sido criticarle a Scioli hasta su estética y sus rudimentarios gustos artísticos, además de tratarlo como un intruso infiltrado en el progresismo.

Ya designado candidato por resignación (ningún otro dirigente kirchnerista se le acercaba en las encuestas), habrá pensado que su largo vía crucis de afrentas y humillaciones terminaba. Volvió a equivocarse.

Estela de Carlotto dijo que sería un presidente “de transición hasta que vuelva Cristina”; Carta Abierta habló de “voto desgarrado”; otros notables llamaron a “votar con cara larga” y, como broche de oro, llegó Hebe de Bonafini diciendo que “Scioli hizo mierda la provincia (de Buenos Aires), pero hay que votarlo igual, porque lo puso Cristina”.

Fue una gran oportunidad para la tan ansiada explosión de dignidad. Quienes aún esperaban esa justa reacción, pensaron que Scioli aparecería en cámara diciendo “señora Bonafini, le pido por favor que no me vote. Si de verdad piensa eso que dijo, no me vote”.

Habría causado la emoción que causaban las patadas voladoras con que el personaje de David Carradine, en Kung Fu , despatarraba a sus viles agresores, después de haber soportado con calma búdica muchas afrentas. Pero Scioli siguió agachando la cabeza.

La Presidenta y sus seguidores nunca llamaron a votarlo por sus virtudes. Jamás le señalaron una sola virtud. Sólo piden votar contra Macri, porque si este gana, se acaba el mundo. Al candidato propio ni lo nombran.

Wado de Pedro lo nombró de una manera sugestiva: “Ahora hay orden de votar a Scioli”. ¿Lo fortaleció o lo lapidó?

De ganar el balotaje sería, para el kirchnerismo, como un vicepresidente que asume de manera simbólica el cargo cuando el presidente viaja. Eso pretenden de él: que asuma la Presidencia pero no el poder, para que dure hasta que Cristina pueda volver al cargo.

Sin embargo, esa es la única humillación que Scioli no aceptaría. El problema es que tanto empeño en denostarlo quizá termine impidiéndole llegar al puesto donde podría lavar su magullado honor.

Si logra convertir el debate de mañana en un punto de inflexión, revirtiendo la tendencia y ganando el balotaje, el triunfo será exclusivamente suyo. Habrá ganado pese al Gobierno y a la dirigencia kirchnerista, que hicieron todo lo posible para mostrarlo como un mal menor, pero un mal al fin.

En cambio, si pierde, la responsabilidad será de Cristina, de la intelectualidad orgánica y de todos los que estuvieron denostándolo todo el tiempo.

Su futuro se juega en estos comicios. Si gana, Scioli será para los argentinos un brillante estratega que, con paciencia de ajedrecista, supo soportarlo todo por tener en claro una meta y un camino. Pero si pierde, quedará como un indigno, un estratega fallido.

Para los defraudados, “un Clark Kent que nunca se convierte en Superman”.

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