El enemigo perfecto

Cuando Griesa clavó su flecha en el talón de la reestructuración de deuda, la Presidenta dudó entre encarnar a la heroína de la telenovela transmitida por cadena nacional o a la estadista equilibrada.
La diferencia entre el veneno y el remedio está en la dosis”, explicó en el siglo XVI Teofrastro Paracelso. La idea expuesta en Astrum in córpore es irrefutable: lo que cura, puede matar en sobredosis.

La reestructuración de la deuda fue un gran remedio. Sin él, las velas de la economía no se hubieran desplegado para embolsar el viento de la soja y la producción habría perdido el combustible del estímulo al consumo interno.

Ese gran remedio que elaboraron Roberto Lavagna y Néstor Kirchner tenía contraindicaciones. Evitarlas era una cuestión de dosis.

No se equivocó Kirchner al emitir los bonos bajo jurisdicción de Nueva York. Un país muy confiable podría designar como árbitro jurídico a cualquiera, porque el comprador confía en el emisor. Pero un país quebrado y sin credibilidad –como la Argentina que salía del corralito– necesitaba dar la garantía que ofrece la Justicia norteamericana, precisamente por su obsesión con el cumplimiento de los contratos.

En las páginas de La ética protestante y el espíritu del capitalismo , y de Economía y sociedad , Max Weber denuncia al “capitalista aventurero de índole irracional y especulativa”, pero muestra al cumplimiento de los contratos como principio imprescindible del orden económico y social.

Razones de peso

Fue precisamente la filosofía weberiana que gravita sobre el ánimo jurídico de Estados Unidos en cuestiones contractuales lo que colaboró con la exitosa colocación de bonos que sacó al país del default .

Kirchner lo sabía. Pero también sabía que, si un conflicto escala hasta la Corte Suprema, los magistrados se dirimen entre el espíritu weberiano de las leyes y la lógica que protege los intereses globales de Estados Unidos.

En el caso argentino, esa lógica es la que hace del concurso preventivo un valioso instrumento de acuerdo entre acreedores y deudores, lo cual va más allá del país, interesando a París, Washington y el Fondo Monetario Internacional.

Con semejante lobby a favor, el Gobierno nacional dio por hecho que la Corte fallaría a favor. Por eso vapuleó a los holdouts , repitiendo que no les pagaría a esas lacras del capitalismo financiero, mientras miembros de Carta Abierta publicaban descripciones que satanizaban moralmente y ridiculizaban físicamente a Thomas Griesa.

Eran el enemigo perfecto y Cristina les mojaba la oreja, para delirio de la tribuna kirchnerista. Pero si en lugar de ese juego onanista –que tanto excita a la militancia y a las usinas que elaboran el relato–, se hubiera levantado a tiempo la ley cerrojo para sondear acuerdos cuando el juez Griesa aún mostraba buena predisposición frenando embargos, Argentina hubiese cubierto ese talón de Aquiles que tenía la reestructuración. Fue allí donde clavó su flecha el magistrado al que se había denostado.

Culpable

Hay dos Cristinas. Una es la esporádica estadista que explica con lucidez cuestiones de la dura realidad, sin victimizarse ni menospreciar a otros. Esa Cristina que no se embelesa consigo misma ni actúa para la tribuna resulta respetable para la mayoría de los argentinos, aunque no enciende la euforia de la tribuna kirchnerista.

La otra es la repetida Presidenta que hace de la cadena nacional una telenovela épica, en la que actúa de heroína y describe la realidad como una sucesión de emboscadas de villanos, ante los cuales nunca se amedrenta ni retrocede, sino que los desafía y enfrenta.

Esa telenovela es repelente para la mayoría, pero enardece y agiganta la devoción de la feligresía kirchneriana.

Cuando Griesa clavó su flecha en el talón de la reestructuración de deuda, la Presidenta dudó entre encarnar a la heroína de la telenovela transmitida por cadena nacional o a la estadista equilibrada que aparece esporádicamente.

No está claro cuál de las dos manejará este asunto. Quizá sea una mezcla de ambas. En el kirchnerismo, dirigencia, intelectualidad y militancia la aplauden cuando desafía y también cuando marcha a contramano del relato y sus consignas. Por eso puede pagar, como hace siempre (con el FMI, Repsol, el Club de París, etcétera) y al mismo tiempo hacer que sus apologetas incluyan en el panegírico al nuevo enemigo perfecto para descargar la culpa del final calamitoso del modelo.

Ineptitudes

El fallo de Griesa tendrá un impacto adverso en la economía global, afectando incluso a intereses norteamericanos. Pero al país puede causarle además un daño político: las usinas de propaganda y el discurso presidencial podrían incorporarlo a su vasto repertorio de victimizaciones y de argumentos para descalificar a críticos y opositores, que ahora serán esbirros de los fondos buitre, además de títeres de Magnetto.

El capitalismo financiero de la peor calaña atacando la economía nacional, con el arma que le dio la Justicia del imperialismo, hacen el combo perfecto para la construcción del enemigo que hoy necesita el relato.

Desde que perdió los superávits gemelos, la economía entró en la deriva que la arrastró hasta la actual recesión. Está claro que fue causada por ineptitudes del Gobierno. Pero la memoria colectiva es susceptible de ser moldeada por un eficaz aparato de propaganda. Y el Gobierno lo tiene.

Griesa puede agravar injustamente la crisis, pero no la provocó. La recesión es anterior a la decisión de la Corte norteamericana. Por eso puede servir de coartada a un liderazgo que muchas veces ha utilizado el patriotismo del modo como lo describió el literato dieciochesco inglés Samuel Johnson, o sea como “el último refugio de los canallas”.

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