El camino del PSOE en España: muerte y resurrección

Pedro Sánchez pasó de perdedor a gobernante legitimado en las urnas en apenas dos meses. Voto castigo a la grieta y la crispación.

Jair Don Blake era enclenque, rengo y enfermizo, pero encontró el bastón mágico que lo convertía en Thor, dios del trueno en la mitología escandinava. Pedro Sánchez parecía un Don Blake que no había encontrado el bastón, por ende, su liderazgo siempre era frágil y vulnerable. Perdía todas las elecciones y no revertía la caída del Partido Socialista Obrero Español hasta los bordes de la intrascendencia. Pero un día, como el personaje creado por Stan Lee, Larry Lieber y Jack Kirby, el líder del PSOE encontró la vara mágica que lo convirtió en invencible.

Esa vara es el cargo de primer ministro. En el llano, Pedro Sánchez era el enclenque Doctor Blake y Mariano Rajoy el villano que siempre lo derrotaba en las urnas. Varias veces lo habían velado y enterrado, pero ese cadáver político resucitó gracias al plan que había lucubrado para enfrentar al líder del PP en un terreno que no sea el electoral: promover un voto de censura.

Si Rajoy hubiera dimitido antes de llegar a ese impeachment, la jefatura de gobierno habría quedado en manos de otro conservador y, probablemente, la historia sería diferente. Pero el soberbio Rajoy, creyendo que a pesar de sus malos resultados sociales y de sus estropicios políticos sus resultados económicos lo blindaban frente a cualquier intento de destitución lanzado por una oposición fragmentada y débil, eligió no dimitir.

El líder de la derecha se equivocó y Sánchez encontró el atajo para alcanzar la jefatura del Gobierno eludiendo las urnas. Y llegar a ese cargo fue como entrar a la cueva de Noruega donde Blake encontró el bastón mágico que lo convierte en Thor.

El dirigente que en el llano era un eterno perdedor, al entrar en la Moncloa pasó a ser un hábil constructor de liderazgo. Sus medidas económicas ensancharon la capacidad de consumo y a los nacionalismos vasco y catalán los calmó volviendo a las políticas dialoguistas y concesivas que caracterizan al PSOE desde los tiempos de Felipe González.

Sólo le faltaba lo que finalmente consiguió: legitimarse en las urnas con una victoria importante.

Balance. Sánchez ha logrado llegar al poder y luego conquistarlo electoralmente, gracias a la histeria prepotente de Rajoy, la corrupción del PP y el fracaso del liderazgo de Pablo Casado, que probó la misma fórmula de polarización que llevaba varios años debilitando al partido de la derecha. Los españoles se habían hartado de lo que aquí llamamos “la grieta” y fue Pedro Sánchez quien percibió ese hartazgo y llevó el partido hacia el centro.

Al parecer, los españoles entendieron que el centralismo agresivo de Rajoy fue funcional al independentismo catalán. La decisión de anular el “Estatut” que habían acordado la Generalitat y el gobierno de Rodríguez Zapatero, no hizo más que inflar las velas de los partidos separatistas. Situación que agravó con políticas estúpidas, como impulsar un boicot a los productos catalanes.

Esas embestidas iniciaron el incendio. Pero Sánchez, desde la presidencia, empezó a izar la bandera del diálogo y la negociación. Ergo, empezó a empujar la política hacia lo que ha sido su centro desde que Adolfo Suárez ocupaba el Palacio de la Moncloa. A pesar de establecer alianzas con los “podemitas” de Pablo Iglesias, los separatistas catalanes y ultranacionalistas vascos de Bildu, además del PNV, los diez meses de gestión Sánchez tuvieron un tono moderado que contrastó con la agresividad y el dramatismo de la oposición derechista. Pablo Casado mantuvo al PP en el estado de ataque sicótico permanente que había generado Rajoy.

Contra eso votó la gran mayoría de los españoles. Por eso se impuso el PSOE que el jefe de Gobierno sintonizó en modo zen. La gente volvió a votar premiando el centro y eso permitió a Ciudadanos crecer hasta ponerse casi a la par del PP, que se desplomó por los votos moderados que le robó Albert Rivera, mientras Vox le robaba los votos de los conservadores nostálgicos del franquismo.

En España se detuvieron los vientos anti-sistema que vienen barriendo urnas europeas. Vox logró que la ultraderecha recalcitrante regresara al escenario del que había salido en 1979, cuando España se sacudió los últimos vestigios de franquismo.

También Podemos, la versión izquierdista del anti-sistema, siguió perdiendo fuerzas. No sólo se mantuvo en el estancamiento, sino que incluso retrocedió algunos escaños.

Los líderes de la centroderecha liberal no parecen percibir el hartazgo con la política de la confrontación permanente. No había concluido el conteo de los votos y Rivera, junto con Inés Arrimadas, vociferaba que no negociaría un acuerdo de gobierno con el PSOE y arremetía contra Sánchez, acusándolo de traicionar a España y a la Constitución.

A la misma hora, el presidente ahora legitimado por las urnas, enarbolaba una sonrisa victoriosa y repetía que estaba abierto a negociar sin “cordones sanitarios”, lo que equivale a decir que podría cambiar su sociedad con Podemos y con los nacionalismos vasco y catalán, por una sociedad con Ciudadanos.

La mayor parte de las bases del PSOE se sentiría más cómoda si el aliado es un partido centrista, como el de los liberales de la centroderecha. Pero, al menos en un primer momento, Albert Rivera cometió el error de imitar el derrotado confrontacionismo de Pablo Casado, en lugar de sintonizar la política más amable y consensual que les permitió a los socialistas volver a ganar.

Habrá que ver si la victoria, ese licor que aún no conocía, embriaga a Pedro Sánchez atenuando la lucidez que ha tenido desde que sacó a Rajoy de la Moncloa.

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