El bosque que tapa al árbol


Mientras Griesa calle, la duda del Gobierno y la decisión de esperar hasta ultimísimo momento parecen más razonables que el “pague ya” clamado por algunos opositores y economistas críticos.


Las dudas del ministro de Economía de la Nación, Axel Kicillof, parecen más responsables que la ansiedad de quienes reclaman el cumplimiento inmediato del fallo del juez neoyorquino Thomas Griesa.

Todos hablan como expertos en esta circunstancia compleja. Se muestran seguros de que, si se paga ya a los fondos buitre, no se activará la cláusula Rufo (por la cual si un acreedor cobra más, al resto debe pagársele lo mismo) y lloverán inversiones y dólares sobre Argentina.

No dudan de que, aun aplicándose la cláusula que multiplica lo que se debe pagar, los males del default técnico serían peores y equivaldrían a las plagas bíblicas.

Semejante certeza no parece más equilibrada que las vacilaciones de Kicillof. Se le podrán criticar bobadas ideológicas como el show nacionalista con que se estatizó YPF y lo caro que le terminó saliendo al país ese espectáculo, montado para el club de fans de Cristina.

Quizás algún día nos enteremos de que fue Barack Obama quien, un par de años antes, pidió a la Presidenta quitar del medio a Repsol para abrirle a Chevron el camino a Vaca Muerta.

Al Gobierno se le puede cuestionar haber descuidado el proceso judicial que se desarrollaba en Estados Unidos y haber pasado largos años sin buscar fórmulas para evitar lo que finalmente ocurrió. Pero, parados donde estamos, no parecen más responsables los ansiosos por satisfacer ahora mismo a los fondos que el ex primer ministro británico Gordon Brown bautizó como “buitres”.

Teóricamente, no se activaría la cláusula Rufo porque el pago a los holdouts no es una decisión voluntaria sino una imposición judicial. Eso dicen los holdouts , empezando por el de Paul Singer, cuya franqueza difícilmente sea mayor que su codicia.

Por eso, quien debe decirlo es el juez Griesa. Si el magistrado neoyorquino lo expresa con claridad (en lugar de balbucearlo en voz baja como hasta ahora), entonces no habrá justificación para el default técnico o como deba llamarse el no cobro de los acreedores de un deudor que quiso pagarles.

Mientras Griesa calle, la duda del Gobierno y la decisión de esperar hasta ultimísimo momento parece más razonable que el “pague ya” clamado por algunos opositores y economistas críticos.

En cualquier caso, el Gobierno debería explicar que a la cláusula Rufo no la impuso Griesa ni los holdouts , sino Néstor Kirchner con el mismo objetivo con que eligió la Justicia norteamericana: lograr que la inmensa mayoría de los acreedores aceptara el canje que ofrecía.

De paso, en los acuerdos con China, el Gobierno aceptó que las diferencias se diriman en tribunales ingleses y franceses; así que si vienen fallos adversos, el kirchnerismo podrá culpar a las “viejas potencias colonialistas”, deseosas de impedir el desarrollo independiente de Argentina.

Amén de eso, de momento, la cautelosa duda de Kicillof y Cristina parece más responsable que la ansiedad pagadora de muchos críticos y opositores.

Pensamiento coordinado

Como capas geológicas que se superponen de modo veloz, escándalos y densidades políticas van quedando ocultas a la opinión pública.

El resurgir del tema “deuda” y las tribulaciones judiciales de Amado Boudou taparon cuestiones tan turbias como la creación de una Secretaría de Coordinación Estratégica del Pensamiento Nacional, que entró en funciones en estos días, con el país distraído por la intransigencia de Griesa y las trapisondas del vicepresidente.

La idea de coordinar el pensamiento sería más preocupante si fuera menos ridícula.

A su procedencia de un know how totalitario lo revela, precisamente, su carácter absurdo. El totalitarismo tiene un componente absurdo; por eso sus mejores descripciones vinieron desde la literatura, con George Orwell y Franz Kafka, entre otros.

Alguien debiera advertir al Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) el peligro de discriminación contra quienes un puñado de burócratas considere exponentes de pensamiento “antinacional”.

Pero el país, perplejo ante arbitrariedades como la extensión burocrática que hizo el Ministerio de Salud de la Nación para que la nuera de la Presidenta tenga un cargo sin salir de Río Gallegos, no prestó atención al acto inaugural de la desopilante secretaría.

La oposición tampoco le dio importancia. Por no atender esas cuestiones es que no puede explicar por qué hay en la clase media un núcleo fanatizado que venera a Cristina y cree que todas las críticas y denuncias sólo pueden ser creídas por gente hipnotizada por los “medios hegemónicos”.

Si prestaran atención a iniciativas como la que encabeza Ricardo Forster, entenderían qué es, cómo funciona y qué efectos tiene un aparato de propaganda.

Beatriz Sarlo, la primera en advertir que la “batalla” kirchnerista es “cultural”, presta atención a esas cuestiones. Por eso fue a la asunción del coordinador del Pensamiento y la describió en una nota publicada en Perfil .

Rescató el esfuerzo de Forster por asegurar que el ente fortalecerá la pluralidad de ideas. De ser así, debiera llamarse Secretaría de Libertad de Pensamiento. Pero lo que Sarlo observó es la incongruencia entre la promesa de Forster y su defensa de un Gobierno con “verdad de régimen”, culto personalista y desprecio al que piensa diferente.

En el final, cuenta que Forster había pasado el micrófono a un colaborador, pero lo interrumpió al advertir que en su discurso había olvidado elogiar a Néstor y Cristina. Tras pronunciar una frase aduladora, se calmó y dejó seguir hablando al otro burócrata del “Pensamiento”.

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