El amor, el odio y la grieta

Cambiemos debe tener claro que el amor y el odio a Macri son sentimientos políticos adulterados.

Alegrarse o deprimirse según soplen las encuestas podría llevar al Presidente y a su “archienemiga” a una bipolaridad inútil. Hay un sector del electorado cuya volatilidad les produce ciclotimia. Pero se trata de una espuma de opinión pública que, si bien podría definir una elección, no sirve para la comprensión profunda de lo que muestran las encuestas.

Hay que dejar de lado la espuma que sube y baja. Por ejemplo, en el último sondeo de Poliarquía, el nueve por ciento que subió el apoyo a Mauricio Macri no sirve para la lectura en profundidad que debe hacer el oficialismo. Lo que sirve es entender que el electorado se divide entre un 60 por ciento que tiene posición tomada y un 40 por ciento que no la tiene. Y que el 60 por ciento se divide en 30 por ciento para Cristina y otro tanto para Macri.

Esos respectivos núcleos duros se caracterizan por fervientes adhesiones y viscerales desprecios. El rasgo esencial de las adhesiones es que el 30 por ciento que tiene Cristina no se lo debe a nadie. En cambio, Macri le debe el suyo a Cristina.

¿Qué significa esto? Que el “amor” a Macri es una de las formas del “odio” a Cristina, del mismo modo que el “odio” a Macri es una consecuencia del “amor” a Cristina.

No hay razones para enamorarse políticamente de Macri. Tampoco para odiarlo. Desde la sensatez y el equilibrio, se puede, a lo sumo, esperar con ansiedad que termine su mandato por considerarlo mediocre; un mal gobierno. Pero odiarlo es desequilibrado. Ese odio existe, pero es una consecuencia del amor a Cristina. Esto implica que no existe por sí mismo, sino en virtud de otro sentimiento político.

Sólo existen en sí mismos el amor y el odio a Cristina. ¿Por qué? Porque su marido y ella reintrodujeron la épica en el discurso y porque expertos en propaganda construyeron un culto personalista.

Cristina sumó su capacidad oratoria y su talento escénico apasionando a los muchos que necesitan adhesiones fervorosas.

Otras franjas la apoyan, pero sin la pasión que genera la propaganda. Adhieren por razones lógicas, no emocionales: se beneficiaron con la distribución de la renta o valoran las reformas que ampliaron derechos.

Esas franjas no quieren a Macri, pero no lo odian, porque tampoco aman a Cristina. Simplemente la votan porque lo consideran conveniente, sin justificar el autoritarismo ni la corrupción. Y sin reparar en que el fracaso económico que el endeudamiento y la inflación revelan del macrismo es equivalente al fracaso económico que la descapitalización y la adulteración de estadísticas revelan del kirchnerismo.

Cambiemos debe tener claro que el amor y el odio a Macri son sentimientos políticos adulterados. La admiración es irreal, porque él no irradia cultura política, su discurso es pavorosamente insustancial, y su gobierno, una gris medianía que agravó la mala herencia recibida.

Además de las razones negativas, hay razones positivas en la sensación de amor por Macri: su gobierno no tiene épica. Carece de relato que lo muestre como héroe. En las antípodas, el kirchnerismo hizo de la épica un instrumento clave. Y donde hay épica, hay mesianismo.

En manos de expertos, la épica describe la batalla en la que los héroes luchan contra los enemigos del pueblo y la patria. Así se justifican verticalismo y concentración de poder. También la demonización de los adversarios y de los críticos, convirtiéndolos en enemigos.

A los adherentes fervorosos, se sumaron franjas sociales beneficiadas con la distribución de renta y la ampliación de derechos. Pero en el núcleo duro, lo que predomina es la veneración.

Shlomo Ben Ami describió dos tipos de líderes: los aspirantes a estadistas y los aspirantes a héroes mitológicos. Del razonamiento que el historiador israelí aplica a los liderazgos en conflictos bélicos, se puede inferir que quienes aspiran a estadistas son módicos en sus gestos y aceptan límites a su poder, mientras que quienes aspiran a héroes mitológicos hacen del ego un combustible potente y convierten al Estado en escenario de grandes teatralizaciones.

Por eso terminan arrastrados por la egolatría a la intolerancia con la crítica y a la sed de poder ilimitado.

Quizá el único mérito de Macri es no parecer un aspirante a héroe mitológico. Con eso le alcanza para aparecer como la contracara de Cristina, apropiándose de un amor y de un odio que no le pertenecen.

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