Doña Cristina y sus dos maridos

Un rasgo fundamental de su gobierno es el desplazamiento geopolítico de Argentina. Ese será el legado principal de Cristina. La marca mayor de su paso por el poder y el factor determinante de los próximos años.

Los acontecimientos más resonantes de su segundo mandato se explican en ese cambio de ubicación en el tablero mundial. Desde el acercamiento a Irán hasta la base con leyes y militares chinos en la Patagonia, pasando por los acuerdos nucleares y militares con Rusia. En suma, las nuevas “relaciones carnales”.

Al ser reelegida en 2011, la Presidenta enterró una política iniciada por Raúl Alfonsín y restablecida por Néstor Kirchner, tras el desvío que impuso Carlos Menem al alinearse de lleno con Washington: la apuesta a la región, sin maridajes con potencias externas.

Dante Caputo definía esa proyección amplia y pragmática como “relaciones maduras”. Menem la dejó de lado y acostó el país en el lecho norteamericano.

Kirchner la restableció haciendo negocios con China, congeniando con Hugo Chávez y enterrando el Alca, mientras le daba a Washington lo que más le interesa: colaboración con sus políticas antiterroristas globales.

Cristina mantuvo ese encuadre en el primer mandato, pero lo sepultó en el segundo.

Mientras preservaba una proyección exterior amplia y pragmática, Néstor supo entenderse con George W. Bush, mientras que su viuda repudió a Barack Obama para entablar una relación bígama con Vladimir Putin y Xi Jinping.

En términos político-económicos, Cristina tiene dos maridos, como Doña Flor; pero no porque el espíritu de Néstor haya vuelto, como el de Vadi­nho en la novela de Jorge Amado, sino porque casó su gobierno con los de China y Rusia.

Los privilegios que obtuvo Beijing, en el acceso a la obra pública y al territorio neuquino, y Moscú, con la construcción de plantas nucleares –convenios energéticos que favorecerían a Gazprom a costa de YPF y acuerdos de cooperación militar que posibilitarían maniobras conjuntas– constituyen mucho más que relaciones “maduras” de un país sin ataduras.

Al seguir a Venezuela, Argentina saltó hacia la vereda donde están Rusia, China y sus socios del Oriente Medio: Irán y Siria. ¿Las razones? Las hay económicas: sin viento de cola, el modelo K (como la convertibilidad) funciona generando deuda (ahora con China). 
Y también políticas: la búsqueda de protección exterior.

Primero fue Inglaterra la que protegió a las oligarquías nativas que cuidaban sus intereses. Después, el eje geopolítico se desplazó hacia Estados Unidos y fue esa potencia la que protegió a la dirigencia local que le respondía.

Ahora serán Rusia y China los interesados en proteger al liderazgo que les dio prebendas, posicionamientos estratégicos y negocios, porque lo necesitan para que les cuide los vastos intereses que asentaron en el país.

Modelo ruso

En términos generales, en el mundo hay dos modelos económicos. Y los dos son capitalistas. El capitalismo occidental o euro-americano, en el que prima la gravitación del mercado; y el capitalismo de formato ruso-chino, en el cual el Estado gravita más sobre la economía que el mercado.

Rusia y China tienen similitudes y diferencias. Entre las similitudes, está la vulnerabilidad de los derechos humanos y los límites de las libertades individuales y públicas.

La diferencia política principal es que en Rusia, por tradición ancestral, el poder se concentra en las manos de una sola persona, que está por encima de la institucionalidad y cuyas acciones no son judicializables, aunque la ley diga lo contrario.

En China, el poder no está en un hombre sino en una burocracia; por lo tanto, no hay despotismo personalista, sino autoritarismo burocrático.

El kirchnerismo se identifica con el modelo ruso, donde el líder parece una encarnación del Estado que rige sobre una economía “cartelizada”, con empresarios que se enriquecen a la sombra del poder, al servicio del poder y en sociedad con el poder; mientras que, contra el poder, sólo hay represión y coerción fiscal y judicial.

Ese modelo nació junto con el Estado ruso y con la cultura política eslava, de la mano del fundador de ese Estado y esa cultura: Iván IV Vascilievich. Era un niño cuando se sentó en el trono del Gran Ducado de Moscovia, al que expandió por las planicies del Volga, conquistando Siberia y los kanatos de Kazán y Astracán.

Aplastando sin misericordia a quienes lo desafiaban, y enriqueciendo de manera desmesurada a quienes lo apoyaban, Iván el Terrible creó el zarismo. Desde entonces, el nacionalismo ruso tiene la ideología que más convenga a la construcción de poder y al imperialismo continental.

El tradicionalismo les sirvió a Pedro el Grande y a la implacable Catalina para expandir la potencia eslava. El marxismo les sirvió a Lenin, Stalin, Krushev y Brezhnev para dominar la periferia y Europa Central.

Cuando gobernó Mijail Gorbachov –un hombre de espíritu liberal-demócrata–, se desintegró ese gigante cuyos pies de barro estaban en la economía. Pero Putin reconstruyó el modelo zarista en el que la verdadera ideología es el nacionalismo imperial. Por eso, el actual ideólogo del nacionalismo ruso, Alexandr Duguin, rescata tanto al marxismo como al fascismo.

El kirchnerismo es un peronismo ocasionalmente de izquierda, que de haber gobernado el país en la década de 1990, habría sido neoliberal. 
Con Néstor siguió siendo no alineado, pero su viuda, tras perder el marido con el que se alternaría indefinidamente en la presidencia, como lo hace Putin con su lugarteniente Dmitri Medvedev, buscó la protección de otro “marido”. 
Y terminó casándose con dos.

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