Diamantes (y teléfonos) de sangre

En la República Democrática del Congo, las guerrillas miden su poder en soldados y fusiles. En el país africano se concentra el 80 por ciento de las reservas mundiales de coltan, un mineral estratégico y casi desconocido.

Foto: Claudio Fantini

Foto: Claudio Fantini

“Las balas pasan de largo, sin herirte. A mí me vaciaron un cargador y seguí avanzando con mi lanza”. Hablaba con la serena firmeza de quien dice la verdad, al menos su verdad. Antes de convertirse en traductor de swahili y lingala, había sido un mai mai, o sea, uno de esos guerreros que marchan al combate tras beber “dawa” , el brebaje mágico que los vuelve invulnerables a las balas.

Me atreví a preguntarle sobre aquella delirante creencia esperando que, en la racionalidad que lo caracteriza desde que dejó las armas, respondiera que el efecto de la droga provoca la certeza de inmortalidad que hace a los mai mai tan letales en el campo de batalla. Pero, para mi perplejidad, respondió que la “ dawa ” no es una droga y que, efectivamente, convierte la carne en agua y hace que las balas atraviesen el cuerpo sin herirlo.

Estrafalaria o no, es una de las pocas convicciones que sobreviven en el conflicto del este del Congo. Una guerra letárgica y feudal que convirtió a la región del lago Kivu en un agujero negro donde se envilecen guerrillas y ejército nacional. No importa el significado de la sigla que denomina a cada bando. Como en el Medioevo, se lucha por el botín de guerra. Por eso las aldeas son saqueadas y sus mujeres violadas por la mayoría de las milicias y también por las Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (Fardoc), el débil ejército de un Estado inexistente y de un gobierno carcomido por la ineptitud y la corrupción.

La excepción son las milicias mai mai y la Fuerza de Defensa del Congo (FDC), que pelean contra las guerrillas de los tutsis y hutus ruandeses y otras fuerzas extranjeras que buscan controlar zonas mineras, como la Alliance Defense Force (ADF) que financia con coltan y oro congoleño su lucha por un estado islámico en Uganda; y la milicia cristiana del sanguinario ugandés Joseph Kony.

Pero las principales milicias vienen del pequeño vecino que en 1994 padeció un genocidio. El Frente Democrático para la Liberación de Ruanda (FDLR) es un ejército de hutus que huyeron de masacres perpetradas por el gobierno que los tutsis instauraron en Kigali, tras haber sido víctimas del etnocidio. Contra el FDLR combate la etnia hunde, que es congoleña y tiene fuerte presencia en la selva de Kimúa. A la otra gran guerrilla ruandesa, el M-23, integrada por tutsis que responden a Kigali, más que el corrompido ejército del gobierno de Joseph Kabila, la enfrenta la milicia Mai Mai Raiya Motomboki, que significa Ciudadanos en Cólera.

La suma de ejército y milicias da como resultado el caos. Nada lo refleja mejor que las calles de Goma, capital de Kivu Nord, asediada por el M-23 y devastada por pestes y por la lava que el volcán Nyiragongo derramó en 1977 y en 2002.

La guerrilla tutsi, que ya gobierna Rutshuru y asedia Sake, no ingresa en Goma por la fuerte presencia militar de Naciones Unidas. Los batallones de la India, Sudáfrica y Uruguay, entre otros, tienen la misión de proteger a la población con un poder de fuego que el M-23 no se atreve a desafiar.

Niños de la guerra. Los chicos se arremolinan en torno a las tanquetas blancas que recorren la ciudad. Saludan con el pulgar en alto, buscando un gesto o una sonrisa de los soldados y también de los pocos periodistas que logramos un lugar en el patrullaje urbano. Gritan y se golpean el pecho para ser mirados por los hombres del convoy. Y cuando ese contacto visual se da, aunque fugaz, ilumina sus caritas y los deja satisfechos hasta la próxima patrulla de “presencia y disuasión”.

La escena se repite de distintos modos. Muchos mayores se ocultan de las cámaras por creer que las fotos les roban el espíritu, o por sentir que la gente blanca los fotografía como si fueran los gorilas del cercano bosque Virunga. En cambio, los niños pugnan por ser fotografiados.

Esa lucha por la mirada ajena devela un rasgo de la naturaleza humana: la necesidad de ser identificado, individualizado, entre la masa informe de gente que se multiplica en las desoladas calles de lava y tierra. Porque en el este del Congo, la población se multiplica vertiginosamente y el equilibrio se da maltusianamente: la guerra, la pobreza y las enfermedades diezman la población y hacen que muy pocos pasen los 50 años.

La vida es aun más dura en el campo de desplazados de Mugunga, a mitad de camino entre Goma y Sake. La gente se amontona en un terreno impiadosamente cubierto de piedras de lava. Lejos de sus aldeas, la vida consiste en formar largas filas para obtener un poco de agua, un medicamento, una ración mínima de comida o lo que sea.

No es el Estado sino la ONU y las ONG que aún permanecen en ese rincón africano parecido a una lágrima del infierno.

Riqueza trágica
La irrupción del automóvil sobre fines del siglo XIX hizo del caucho la riqueza, pero también la tragedia de ese país cuyo mapa fue dibujado en Bruselas. Hoy el caucho tiene un reemplazante. La conciencia internacional se calma ignorando lo que es el coltan y colocando a la ONU en esa tierra de nadie.

Naciones Unidas instala una burocracia que en buena medida trabaja para sí misma, pero también mueve la economía, realiza la asistencia social que no hace el gobierno de Kabila y despliega sus cascos azules, sin los cuales los congoleños de Kivu estarían más desprotegidos ante las guerrillas que secuestran a los niños para convertirlos en soldados.

En la región del lago Kivu no existe la autoridad sino el poder, un poder que se mide en fusiles y soldados. El peso político de cada jefe es directamente proporcional a su poder de fuego. Y cada poder feudal controla áreas estratégicas de producción minera. Oro y diamantes financian grupos armados de todos los colores étnicos, religiosos y políticos. Pero la razón principal de que el este del Congo sea un agujero negro condenado al caos y la violencia es el coltan.

En Kivu es posible comprender por qué, teniendo tanto valor estratégico por usarse en la telefonía celular, la industria aeroespacial, la fabricación de laptops y otros cientos de dispositivos electrónicos, la palabra coltan es desconocida para buena parte de la humanidad.

La curiosa ignorancia general sobre un mineral tan utilizado en este tiempo parece la forma con que el mundo decidió ocultar que, además de los diamantes, puede haber sangre en el teléfono celular, la notebook y muchas otras cosas que forman parte de la cotidianeidad en el resto del planeta.

Parece absurdo que Ruanda sea el principal exportador de un mineral que casi no posee en su territorio, ya que el 80 por ciento de las reservas mundiales están en el Congo. Más precisamente, en la región que concentra el 94 por ciento de la actividad bélica que aún prevalece en la excolonia belga.

Convirtiéndose en cómplices, Estados Unidos, Europa y muchos otros compran coltan robado. Por cierto, el mundo no puede esperar que los congoleños se organicen, pacifiquen y construyan un Estado capaz de regir toda su geografía. Probablemente jamás puedan hacerlo. En rigor, los que compran riquezas expoliadas por milicias dirigidas desde Ruanda (un país eficazmente organizado y con más ambición geoestratégica que escrúpulos), no son los únicos culpables del caos congoleño. Pero ese caos los favorece.

También favorece a China, que actúa en el Congo como Henry Morton Stanley cuando preparaba el terreno para la dominación del rey Leopoldo II: cambiando cosas sin valor por dominios valiosísimos. Los chinos construyen caminos y puentes a cambio de montañas y valles con minerales estratégicos.

Todos se sirven del caos. El mundo calma su conciencia con la burocracia filantrópica de la ONU. No es poco en un paisaje humano devastado como el de Goma. Una ciudad herida por la pobreza, las pestes, la lava del volcán y las balas que matan a quienes no son de agua, como los mai mai cuando beben dawa.

Aporte uruguayo. El coltan es desconocido para buena parte de la humanidad y tiene valor estratégico porque se usa en la telefonía celular, la industria aeroespacial, la fabricación de “laptops” y otros cientos de dispositivos electrónicos.

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