Demagogia globalizada: rebrote europeo de la derecha

Con el aval del ideólogo de Trump, la ultraderecha que quiere desarmar la UE crece a pesar del extravío británico tras el Brexit.

La historia está de nuestro lado”, proclamó a las ultraderechas europeas. Los seguidores de Le Pen lo aclamaron como si fuera De Gaulle llamando a Francia a ponerse de pie frente al nazismo y el régimen de Vichy. El hombre que lanzó esa frase con eco de grandeza histórica, es Steve Bannon. El ideólogo de Donald Trump. Pasó por Europa huérfano del poder que había tenido en la Casa Blanca y que perdió en un santiamén. Pero lo acompañó el aura de haber ayudado a llegar al Despacho Oval a un personaje tan vulgar y grotesco como ajeno al establishment político norteamericano, dotándolo de un programa racista y xenófobo, además de nacionalista y “desglobalizador”. Por eso exhortó a la ultraderecha europea a “llevar como una condecoración” las acusaciones de racismo y xenofobia que les hacen.

Referente. ¿Quién se atreve a reivindicar lo despreciable? El ideólogo de Trump. ¿Por qué? Porque sabe que la desglobalización es una etapa que agrieta a los sistemas imperantes y, por ende, debilita a los establishments y a las dirigencias convencionales. Un tiempo en el que la carta ganadora es la promesa de patear tableros. Las ideas horribles resultan más atractivas que las ideas racionales, porque la racionalidad política no revierte la creciente incertidumbre sobre el futuro que atormenta al hombre actual, ni detiene la creciente desigualdad que produce el proceso de concentración de riqueza que se da a nivel global. La frustración que produce la impotencia política de los partidos tradicionales y las dirigencias convencionales, lleva votos a los extremistas, los demagogos y los impresentables. El anti-sistema, de izquierda en las económicas menos desarrolladas y de ultraderecha en las potencias de Occidente y en Europa Central, es la tentación del momento. No importa cuan impresentables sean sus dirigentes, ni cuan absurdas e intolerantes sean sus propuestas. Cuando la realidad asusta, crece la tentación de prescindir de la realidad.

Rebrote. Eso explica que sigan creciendo las fuerzas políticas euroescépticas, que proponen desenterrar las antiguas monedas nacionales y enterrar la moneda única o, lisa y llanamente, abandonar la Unión Europea como decidió hacerlo Gran Bretaña. Con los británicos deambulando erráticos en el laberinto del Brexit y descubriendo que hay más incertidumbre afuera de la UE que en su interior, lo mismo crece la base electoral de quienes claman por salir del sistema europeo, o al menos de la eurozona. Teresa May choca contra la pared una y otra vez, en su intento de lograr un Brexit sin costo económico para los británicos. Las encuestas insinúan que, de votar de nuevo, se impondría el “remain”. Pero la realidad le dice al Reino Unido que es tarde para arrepentirse y que tendrán que pagar muy caro su salto al vacío.

Con semejante lección a la vista, los italianos votaron masivamente a dos fuerzas adversas a la UE: el Movimiento 5 Estrellas y Lega.
La fuerza política que quedó en mejor posición para formar gobierno desciende de la Liga Norte, a su vez descendiente de la Liga Lombarda, el partido con que el desmesurado Umberto Bossi quería partir Italia a la altura del río Po para crear un país “rico” y separado de la “Roma ladri” y los “terrones” pobres del sur.

Matteo Salvini es tan extremista como Bossi, pero entiende que en este tiempo su radicalismo le sirve para gobernar toda Italia, y no sólo la porción más rica. Por eso quitó del nombre la palabra “Norte” que regionalizaba su partido, rebautizándolo simplemente Liga, para darle alcance nacional. Y logró ríos de votos incluso en ese sur al que tanto había menospreciado en sus discursos. La clave fue despotricar contra la moneda única y contra la Unión Europea, pero sobre todo proponer deportaciones masivas y el cierre de las fronteras a los inmigrantes que llegan de Africa y Oriente Medio.

Las mismas claves, aunque con menos agresividad, manejó el Movimiento 5 Estrellas, obteniendo como resultado nada menos que convertirse en el partido más votado. Pero más revelador es el caso de Salvini, que venció a Forza Italia porque su líder, Berlusconi, ya no era el engendro anti-sistema que despreciaban las elites europeas y al que, en el 2011, Merkel y Sarkozy lograron reemplazar por un gobierno de tecnócratas presidido por Mario Monti.
Salvini lo venció en el andarivel derechista porque Berlusconi ahora proponía como primer ministro al europeísta y presidente del Parlamento Europeo Antonio Tajani.

Referente. El hombre que derrotó a Berlusconi es un apologeta de Vladimir Putin. Y a sus votantes no les importó el envenenamiento del ex espía Serguei Skripal, ejecutado, como tantos otros asesinatos con las huellas digitales del estado ruso, en el territorio británico. Tampoco les importó a los votantes de Salvini las injerencias fraudulentas perpetradas por hackers rusos en el referéndum sobre el Brexit y otros actos comiciales europeos, además de la elección que convirtió a Trump en presidente.

Igual que las ultraderechas de Francia, Alemania y otros países europeos, Matteo Salvini admira al jefe del Kremlin tanto como a Marine Le Pen y al magnate que habita la Casa Blanca. Por eso recibió a Steve Bannon y se alagó con sus elogios. También lo recibieron los partidos anti-sistema de Alemania, aplaudidos por Bannon por haber logrado que a Merkel le costara meses formar un gobierno y que democristianos y socialdemócratas quedaran obligados a una no deseada “gran coalición” para frenar el avance del anti-sistema que crece por derecha e izquierda.

El asesor jefe de la campaña electoral de Trump fue expulsado del gobierno, pero no por haber perdido el afecto político de su asesorado, sino por haber perdido una batalla contra el aparto republicano. Bannon sigue siendo el ideólogo de las políticas xenófobas, proteccionistas y aislacionistas de Trump. La guerra comercial que puso en marcha sigue la línea trazada por su inspirador más controvertido.

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