Defender lo indefendible

No hubo uno, sino miles de Antonini Wilson regando de petrodólares a gobiernos y dirigencias de la región.

Al kirchnerismo le habría alcanzado con afirmar que Mauricio Macri lidera un gobierno malo. Señalar una larga lista de fallas que evidencian ineptitudes y negligencias graves. Mostrar todos los diagnósticos errados y todas las promesas incumplidas del Presidente.

También podría acusarlo de ensimismamiento y de relegar a los más capaces por preferir rodearse de aduladores; esos que sólo dicen lo que el jefe quiere escuchar.

Todo eso –y aún más– podría haber señalado el kirchnerismo sin resultar demasiado exagerado al incurrir en groseras desmesuras. La gestión de Macri está plagada de talones de Aquiles. Pero el kirchnerismo ha preferido describirlo como una dictadura. Además, lo hizo desde el primer instante.

Acusándolo de ser “la dictadura”, Cristina efectuó el gesto simbólico de la negación de legitimidad: no le pasó el bastón de mando ni acudió a su investidura. Y esa evidente desmesura se vuelve más absurda al contrastar con el enfático apoyo que la dirigencia kirchnerista está dando al régimen de Nicolás Maduro.

Uno de los ataques más eficaces del macrismo al Frente para la Victoria (FPV) consiste en decir que sus gobiernos llevan el país “hacia Venezuela”.

El kirchnerismo se esfuerza en rechazar tal afirmación. Sin embargo, al escalar la crisis en el país caribeño, el FPV salió a defender al grotesco personaje que inició la peligrosa deriva.

¿Se puede hablar de dictadura de Macri y, al mismo tiempo, defender el poder represivo de una casta burócrata-militar? ¿Por qué apoyar a un régimen esperpéntico?

Una pista para dilucidar el enigma puede estar en Guido Antonini Wilson. No hubo uno, sino miles de Antonini Wilson regando de petrodólares venezolanos a gobiernos y dirigencias de la región.

Así como Washington empezó en el siglo 20 a comprar elites dirigenciales mediante becas, subsidios, negocios y favores, Hugo Chávez empezó a usar el petróleo y las arcas de PDVSA –acrecentadas por una trepada sin antecedentes en el precio internacional del crudo– para financiar la construcción de su propio liderazgo a nivel latinoamericano.

A pesar del fuerte derrumbe del precio de los hidrocarburos, Maduro siguió repartiendo petróleo casi gratis a los gobiernos aliados y repartiendo petrodólares entre partidos y dirigencias amigas.

Por cierto, ni con todo el petróleo del mundo puede construir liderazgo regional como lo hacía Chávez. Lo que financia Maduro es complicidad. Compra apoyos de gobiernos y dirigencias para que lo defiendan.

Y en circunstancias apremiantes, esos financiamientos (sobre todo los que se hacen en negro, desde arcas clandestinas) son un instrumento de extorsión. Maduro exige a los visitados por los miles de Antonini Wilson que cierren filas en su defensa.

La presión debe ser muy fuerte para que algunas dirigencias hayan tenido que salir a defender un régimen tan visiblemente corrupto, inepto y represor, en el momento menos indicado para sus propias aspiraciones políticas.

Con la Internacional Socialista reconociendo la legitimidad de la Asamblea Nacional y exigiéndole a Maduro nuevas elecciones, porque las que usó para seguir en el poder se valieron de la proscripción y el fraude, es difícil rotularse “progresista”. Peor aún dando la espalda a la inmensa mayoría de venezolanos que se sienten atrapados en una pesadilla.

Por cierto, los países que se alinearon con Juan Guaidó no lo hicieron por pasión democrática. Los posicionamientos siempre responden a intereses geopolíticos y económicos que poco tienen que ver con las argumentaciones que esgrimen los gobiernos para justificarse.

Si los miembros del Grupo de Lima de verdad repudiaran la trampa institucional y el fraude así como los sufrimientos de una población empujada al éxodo para huir del hambre y de la violencia, entonces también debieran aislar y exigir la renuncia de Juan Orlando Hernández.

El presidente de Honduras logró eso que Manuel Zelaya intentó en 2009 y le costó un golpe de Estado: remover el límite constitucional para la reelección. Y luego, igual que Maduro, se valió del fraude para robarle el triunfo a Salvador Nasralla, su tenaz oponente.

La caravana migrante es, a escala reducida, la versión hondureña del éxodo venezolano, pero los gobiernos del Grupo de Lima no embisten contra Hernández.

La hipocresía diplomática es la regla. También la hipocresía política de las dirigencias que defienden un régimen calamitoso por estar en su misma vereda ideológica, o por haberle vendido apoyo y lealtad pagados con muchos miles de petrodólares.

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