De Cuba a Venezuela: revolución envejecida

El régimen castrista cumplió 60 años estrenando una nueva Constitución y cerca de perder el pulmotor petrolero chavista.

Los personajes más entrañables de Leonardo Padura envejecieron con la revolución que también envejeció con ellos. Mario Conde llegó a sexagenario, igual que el régimen, sin saber si hizo bien en quedarse a padecer la lenta decrepitud del sistema colectivista de planificación centralizada, o si debió montarse a una balsa y navegar hacia un lugar donde su destino no sea decidido por líderes que posan de próceres vivientes de la historia que impusieron.

La Cuba que describe Padura a través del ex policía que hace changas detectivescas, es más real que la evocada en las liturgias diseñadas por la propaganda. La densa frustración que cargan los personajes de novelas como “Herejes” y “La transparencia del tiempo”, señala uno de los rasgos de la Revolución que acaba de cumplir 60 años: implicó un triunfo de Fidel Castro. La formidable victoria de haber subsistido en el poder a las mil conspiraciones de la CIA. Pero el éxito de Fidel no implica necesariamente un éxito de Cuba. Y lo demuestra ese paisaje de privaciones, medianía, desencanto y simulación que describen los libros de Padura.

La realidad puede volverse más dura aún, si finalmente terminara cayendo el régimen chavista. Juan Guaidó y la Asamblea Nacional se han convertido en un contrapoder que aísla y debilita a Nicolás Maduro, el heredero de Chávez que acrecentó aún más el control cubano sobre Venezuela y, por ende, la asistencia petrolera que le permitió a Cuba salir del ahogo que padeció durante el llamado Período Especial.

Si finalmente Guaidó gana la pulseada a Maduro, la caída del chavismo implicará para Cuba una nueva desaparición de la Unión Soviética.

El 2019 comenzó con la revolución cumpliendo 60 años y aprobando una nueva Constitución, que prueba el extravío al que condujo Fidel, el monarca que durante medio siglo dictó los parámetros del bien y del mal.

Cambios. En el Artículo 5, la Constitución dictada en 1976 imponía “el avance hacia la sociedad comunista”, que implicaba el colectivismo de planificación centralizada, eliminando la existencia incluso de los negocios más pequeños. Recién en 1992, cuando la eclosión de la URSS dejó a la vista la improductividad pavorosa de la economía castrista, una reforma constitucional dio un paso tímido hacia la aceptación de la realidad, al reconocer el trabajo por cuenta propia.

La realidad no se ajustaba a la imaginación ideológica de Fidel. El cuentapropismo y el mercado negro eran la verdad no admitida por el discurso oficial. El cuentapropismo en la reforma constitucional del ’92 fue la primera admisión de lo que negaba el liderazgo. Sin el subsidio soviético, comenzó el Período Especial, que implicó apertura a la inversión privada extranjera y la acentuación de un ajuste que volvió aún más austera la vida de los cubanos. En las economías colectivistas y en los populismos extremos, el ajuste se da mediante la “libreta de racionamiento” y la escases de productos. Ya por entonces, el hermano menor de los Castro sabía que el socialismo colectivista había fracasado en el mundo; que abolir la propiedad privada fue un error de consecuencias calamitosas y que, igual que China y Vietnam, Cuba debía abrirse a la propiedad privada y al capital extranjero.

Esos países asiáticos se desarrollaron y sacaron océanos de gente de la pobreza, salvando el poder de sus respectivos partidos comunistas. Para sobrevivir, enterraron los dogmas de sus creadores, Mao Tse-tung y Ho Chi Minh. Raúl entendió que el régimen sólo podía perdurar siguiendo la ruta asiática. En especial, fue la Doi Moi (reforma vietnamita) lo que tomó como modelo. Raúl borró el Artículo 5 y su proclamado “avance hacia el comunismo”. La palabra comunismo sobrevive en el nombre del partido único pero no en la Constitución, que además incluye la palabra mercado y el concepto “propiedad privada”.

También habla de “Estado de Derecho” aunque el paso en esa dirección no sea significativo sino, más bien, como la asunción de Díaz Canel como presidente: una formalidad.

La revolución sólo había tenido dos presidentes sin el apellido Castro: Manuel Urrutia, quien renunció a los pocos meses para no ser títere de Fidel, y Osvaldo Dorticós, quien ocupó ese cargo imaginario hasta que la Constitución de 1976 sinceró la situación y lo eliminó.

Apertura. En síntesis, la nueva constitución avanza en la dirección que Raúl impulsa desde el “periodo especial”, aquella apertura que su hermano trabó ni bien apareció Chávez regalando petróleo venezolano para construir su propio liderazgo a nivel regional. Ese petróleo regalado reemplazó, en buena medida, el subsidio soviético, pero terminó fundiendo a PDVSA y al Estado venezolano.

En la nueva Constitución está el camino a recorrer, pero la marcha establecida es mucho más lenta que la impulsada por Nguyen Van Linh al iniciar la apertura capitalista en Vietnam. Otra diferencia es que la reforma vietnamita incluyó una terapia de shock, que se concretó en 1989.

No sólo en la economía la apertura marchará con el freno de mano puesto. Mariela Castro, la hija de Raúl que, por su propia condición sexual, lucha por la aceptación oficial de la existencia de la comunidad gay, creyó haber logrado que la Constitución legalizara el matrimonio mixto reemplazando la fórmula “unión entre hombre y mujer” por la fórmula “unión entre dos personas”. Pero finalmente se terminó imponiendo la tradicional homofobia comunista, impidiendo ese avance crucial en un régimen que persiguió con saña a la homosexualidad.

No obstante, poco a poco la realidad real se va imponiendo sobre la realidad relatada. En Cuba no habrá shock capitalista sino un pasmoso gradualismo que seguirá separando la imaginada economía oficial y la economía en la que la sociedad, simulando no ser vista por un Estado que simula no verla, sigue haciendo capitalismo como puede y con lo que puede.

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