Culpables del caos en Irak

 

El ayatola Sayyed Alí Hoseini Jamenei, máximo líder de Irán, acusó a Estados Unidos de estar detrás de la aplastante ofensiva con que EIIL (Estado Islámico Irak-Levante) conquistó un cuarto del territorio iraquí.

Es difícil imaginar a Obama y a Chuk Hagel, su casi imperceptible secretario de Defensa, lucubrando una jugada tan riesgosa y a contramano del plan para sacar al ejército de las guerras que entusiasmaban a Bush, Cheney y Rumsfeld.

Lo que está a la vista en esta fulminante cruzada ultra-islamista, es la chequera saudita. El reino designó a Bandar bin Sultán para organizar la financiación de los rebeldes que luchan contra el régimen chiita sirio. El mismo príncipe que había organizado la financiación de los mujaidines que pelearon contra los soviéticos en Afganistán, colocando como tesorero a Osama Bin Laden (o sea engendrando indirectamente el Talibán y Al Qaeda), ahora vuelve a financiar los grupos más extremos del salafismo y el wahabismo.

Mientras Turquía ayuda al sunismo moderado que lidera Salim Idris, y Qatar al brazo sirio de la Hermandad Musulmana, Arabia Saudita arma al Frente al Nusra y al EIIL, dos ramas de Al Qaeda.

Por cierto, hay una responsabilidad norteamericana en este caos iraquí. El régimen sunita laico de Saddam Hussein era enemigo del ultra-islamismo wahabita y salafista. La invasión derribó esa dictadura y Paul Bremer, el interventor en Bagdad, disolvió el ejército generando el agujero negro por el que entró Al Qaeda.

Bin Laden creó «Al Qaeda Mesopotamia» a través del jihadista jordano Abú Mussab al Zarqawi, quien logró fama mundial decapitando americanos en cámara y librando contra los marines la feroz batalla de Faluya.

La misma milicia, ahora comandada por Abú Bakr al Bagdadí, fogueada en la guerra siria y financiada por Arabia Saudita, lanzó en Irak lo que los estrategas alemanes del siglo XIX llamaron «blitzkrieg» (guerra relámpago), conquistando capitales provinciales como Mosul (en Nínive) y Tikrit (en Salahadín), y llegando hasta las puertas de Bagdad.

También hay una responsabilidad iraní. Teherán, que había visto con buenos ojos la caída de Hussein y la disolución de su sanguinario ejército, bregó para que el poder quedara totalmente en manos chiitas, obstaculizando la inclusión de sunitas.

Cuando Francia se retiró del Líbano dejó una estructura de poder encabezada por maronitas y sunitas, relegando a chiitas y drusos. Esa estructura injusta estalló en 1975, iniciando una guerra civil de quince años. El gobierno de Irak es más equilibrado que la dictadura baasista, pero está lejos de ser justo con los sunitas. Por eso Irak está viviendo su propia «libanización».

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