Cuba, hora cero

Díaz Canel no es el primer jefe de Estado que no se llama Castro Ruz en la Cuba de la revolución. El primero fue el liberal Manuel Urrutia.

Asumió cuando Fulgencio Batista fue vencido por los milicianos que habían iniciado su rebelión en 1953. Pero apenas siete meses después, renunció por no aceptar ser títere de quien acaparaba vorazmente todos los resortes del poder: Fidel Castro.

Urrutia se exilió y lo suplantó en la presidencia Osvaldo Dorticós, quien ocupó el cargo hasta 1976. Pero adentro y afuera de la isla, todos sabían que no gobernaba, porque el dueño del poder era Fidel. Incluso, tanto su hermano Raúl como cualquier otro alto jefe del ejército, tenían más poder real que esa figura decorativa que lucía el cargo de presidente.

Las dictaduras suelen nombrar presidentes para que sean pantallas del poder que concentra el dictador. En España, por ejemplo, el general Franco lo tuvo a Luis Carrero Blanco, hasta que la ETA lo asesinó en 1973.

A Dorticós no le importaba simular una posición que no tenía. Por eso, en este momento particular de la historia cubana, dos preguntas están sobrevolando la isla caribeña: ¿Díaz Canel será otro Dorticós? ¿o intentará ejercer de verdad la presidencia?

Si opta por intentar gobernar, no la tendrá para nada fácil. Sucede que Raúl no se retiró a cuarteles de invierno, sino al cuartel donde funciona la jefatura del ejército. Y además del mando militar, permanecerá al frente de la Secretaría General del Partido Comunista. En esos despachos está el poder real.

De todos modos, a esta altura de la decadencia de la economía cubana, con Fidel muerto y con Raúl envejecido, a Díaz Canel no le sería imposible empezar desde mañana mismo a construir un poder propio.

Así como hay muchos burócratas aferrados a sus parcelas desvencijadas de privilegios, también hay muchos muy consientes del lento pero inexorable naufragio del modelo castrista. Ellos esperan del nuevo presidente lo que los reformistas esperaban de Gorbachov, el primer líder soviético nacido después del Octubre Rojo de 1917.

Díaz Canel nació en 1960, después de la gesta de la Sierra Maestra y de la entrada triunfal en La Habana. Siempre mostró veneración por esa mitología con hitos como el ataque al Moncada, la travesía del Granma y la resistencia triunfal a la invasión por Bahía de Cochinos.

Pero quizá entienda que resulta indispensable, por lo menos, cumplir con las metas de apertura y reforma que Raúl había prometido y después cumplió a medias. El hermano menor de los Castro llevaba años intentando convencer a Fidel de la necesidad de seguir por el camino vietnamita, donde la economía renació a partir de la aplicación de la “Doi Moi”, que en lengua viet significa “renovación” y que en los hechos fue reemplazar el colectivismo de planificación centralizada por la apertura a la inversión privada, interna y externa, con reglas de mercado.

Cuba está en su hora cero. Nada se puede descartar. Ni que Díaz Canel sea otro Maduro, el heredero de Chávez que se aferró a la ideología y hundió Venezuela en una trágica bancarrota. Ni que sea como Balaguer, aquel oscuro mandadero del siniestro Rafael Trujillo, que ni bien murió el dictador dominicano, puso fin a uno de los regímenes más criminales de Latinoamérica.

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